LIMÓN & VINAGRE

Toni Cantó, el juglar caradura

Toni Cantó, el juglar caradura

 Toni Cantó, el oficinista, no es más que una anécdota insignificante que forma parte de un vasto océano de pícaros, granujas y arrebatacapas que ha inundado (y deslegitimado) la política española en las últimas décadas

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Alfonso González Jerez

Toni Cantó podría definirse –benignamente– como un Kolakowski analfabeto, aunque lo más totalitario que ha conocido son las collejas de Amparo Baró en Siete vidas, la serie de televisión que le hizo fugazmente popular. Leszek Kolakowski tiene un librito delicioso e insoportable, Por qué tengo razón en todo, que es el que le habría gustado escribir a Cantó, y no esas basurientas y amnésicas memorias que ha publicado muy recientemente.

El librito del filósofo polaco incluye una furibunda respuesta a las convicciones socialistas –y en su momento prosoviéticas– del historiador británico Edward Thompson. Más o menos le viene a decir que es un imbécil babeante. Se le puede llegar a entender. Thompson perorataba sobre el alumbramiento del socialismo –sin duda un parto doloroso– a la sombra de los Urales con la barriga llena y desde su caliente despacho de muebles de caoba, mientras que Kolakowsky había tenido que sufrir los regímenes comunistas en carne propia: persecución, cárcel, palizas, humillaciones, terror, hambre, desesperación, impotencia. 

Le sacaban de quicio los intelectuales occidentales que pontificaban sobre el fascinante experimento histórico que tenía lugar en Rusia y sus satélites frente a la grisura burguesa de occidente y su aceptación del capitalismo como destino final. A Kolakowsky el capitalismo le parecía de perlas y no solo en términos comparativos.

El director de la Oficina del Español, Toni Cantó, en una imagen de archivo. EFE/ Luca Piergiovanni

/ EFE/ Luca Piergiovanni

El relato mítico del progre que se cae del caballo camino de Damasco o de su hipoteca y descubre que todo izquierdismo es mentira y la verdad resplandece en la derecha es tan tópico y manido que hasta lo puede emplear, como se ha visto, un oportunista tan inescrupuloso como Cantó. Es un relato que se repite más que el ajo arriero y que tiene cierta gracia –y verosimilitud– cuando te lo cuenta Mario Vargas Llosa pero no cuando lo emborrona un bululó que ya solo se interpreta a sí mismo, a la enésima versión de su caricatura acomodaticia.

No es nada sospechoso convertirse en un conservador o un liberal o un ayustista, que es algo que nada tiene que ver con el conservadurismo o el liberalismo, porque solamente consiste en una estrategia de poder basada en un carisma torticero. No, lo que se le censura a Cantó es su condición de camaleón en busca permanente e incansable de un echadero. Ayer naranja, hoy azul, mañana quien sabe. Lo importante es cobrar mucho (75.000 euros ahora al frente de la Oficina del Español) y hacer poco. Es su oportunismo cínico y lacayuno lo que hace las delicias del personal en las redes sociales.

Aunque el actor ha querido mantener un perfil bajo, cuando este papel ha requerido que expectore estupideces, lo ha hecho sin dudarlo. Una de las poquísimas cosas que ha promovido y organizado su oficina es el Festival de la Hispanidad, que se celebró en Madrid alrededor del 12 de octubre pasado. Aunque su origen se remonta a 1918, durante el reinado de Alfonso XIII, cuando se la declaró una celebración de ámbito nacional, fue la dictadura franquista quien lo transformó el 12 de octubre en una festividad que chorreaba ideología nacionalcatólica bajo la denominación de Día de la Hispanidad o Día de la Raza.

El diputado Toni cantó en la tribuna de invitados siguiendo el debate sobre el estado de la Comunitat.

/ Miguel Lorenzo

En su moderantismo habitual los gobiernos de Felipe González lo rebautizaron como Día de la Fiesta Nacional. El propósito de Cantó es volver a los viejos tiempos para contentar a sus señoritas y a su electorado. Cuando compareció ante la Comisión de Cultura del parlamento regional se extendió en un discurso menendezpelayesco que dejó atónitas a sus señorías. España no había conquistado ni colonizado América. Los asesinatos, los galeones cargados de oro, plata y sangre, la destrucción de culturas y lenguas, la explotación feroz de la población indígena, su marginalidad en las sociedades novohispanas, los virreinatos y sus pequeñas cortes, todo eso son malvadas fantasías de la izquierda.

En realidad, insistió Cantó, España no conquistó ni colonizó las tierras amaericanas, sino que “las liberó de un poder absolutamente brutal, salvaje, incluso caníbal”. Los amerindios se devoraban los unos a los otros desde Florida hasta Tierra del Fuego cuando llegaron los españoles, pusieron orden civilizatorio y les enseñaron a comer tortilla y beber vino Don Simón. Por ese motivo, Cantó declaró sentirse orgulloso “de España y de la Iglesia Católica”.

Por su puesto que Toni Cantó, el oficinista, no es más que una anécdota insignificante que forma parte de un vasto océano de pícaros, granujas y arrebatacapas que ha inundado (y deslegitimado) la política española en las últimas décadas. Uno de los muchos cientos de apesebrados capaces de integrarse a toda velocidad en una organización política (el PP de Madrid) que arrastra un pestilente legado de latrocinio y corrupción que el propio Cantó denunció airadamente hasta hace muy pocos años.

Pero aun en su insignificancia, Cantó es una toxina antidemocrática que segrega una ideología idiotizadora, divisoria, iletrada y capaz de enjalbegar cualquier sinvergüencería. Abandonar el progresismo no tiene como consecuencia inevitable metamorfosearse en el pellejudo juglar de Isabel Díaz Ayuso a la que Dios, Miguel Ángel Rodríguez y el sector de la hostelería de Madrid guarden muchos años.

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