ESPEJO DE PAPEL

Emilio Lledó, enseñanzas de la lectura

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El filosofo Emilio Lledó.

El filosofo Emilio Lledó. / DAVID CASTRO

En el tiempo en que él era un adolescente aprendiendo, el maestro don Francisco le decía a Emilio Lledó y a sus compañeros que leyeran, el Quijote, por ejemplo, y que luego escribieran sobre las enseñanzas que habían extraído de ese ejercicio. Ese modo de enseñar, que precedió, como él dice, a la guerra incivil que padeció España, fue barrido por el régimen de Franco, que hizo de este un país oscuro y despiadado, desconfiado de quienes pensaran más allá de los rigores de la dictadura. 

Pero aquel muchacho, que luego ha sido el más importante intelectual español de la posguerra y hasta ahora, aprendió las lecciones de don Francisco y llevó a las aulas, de segunda enseñanza o universitarias, de España y de Alemania, ese espíritu del que muchos, muchísimos, nos hemos aprovechado como si estuviéramos bebiendo del agua clara del saber que también aconsejaba don Antonio Machado.

A Lledó siempre lo he llamado don Emilio, y siempre lo he tratado de usted. No pasa un día, no ha pasado ningún día, desde que lo conozco en que no haya agradecido aquel primer encuentro en la Universidad de La Laguna y las enseñanzas que él nos impartía desde una pizarra en la que a veces fijaba una palabra sola y ya ese era el motivo de su clase y de su alegría de enseñar. Esa palabra fue una vez la griega enzeusiasmos, de la que proviene entusiasmo, que fue su gran lección de vida y esperanza, ese binomio (vida, esperanza) que resume las palabras futuro o porvenir. 

Esas clases nos hicieron adictos a don Emilio, a su modo de explicar, y, sobre todo, a su manera de estar siendo siempre él mismo. No había impostura ante el encerado, no había impostura alguna en aquellos pasillos oscurecidos de La Laguna en invierno, no había impostura en el lenguaje corporal que incorporaba a su elegante manera de escuchar lo que tuviéramos que decirle cualquier de aquellos muchachos.

Así ha sido y así es. Este viernes por la tarde dio una charla magistral sobre la vida, es decir, sobre todos los aspectos de la realidad a los que ha dedicado su magisterio, en el Hay Festival de Segovia. Introducido, y luego preguntado, por su editora, la formidable Elena Martínez, que ha hecho de Taurus un monumento de diversidad filosófica, don Emilio glosó su libro más reciente, Identidad y amistad. Palabras para un mundo posible, que salió hace unos meses, en las postrimerías de esta enfermedad que ha llenado de grumos (ese es un término que él repite con frecuencia: estamos poseídos por grumos implacables que obturan nuestro cerebro) la vida contemporánea. Fue una conversación llena de alegría, como si este hombre que ya tiene 94 estuviera cumpliendo los años al revés y en este momento estuviera como cuando enseñaba en Heidelberg o en Barcelona, o en La Laguna, por citar de nuevo mi universidad de procedencia.

A propósito del libro y de la conversación que tuvieron Elena y don Emilio, que versó tantas veces no sólo sobre las palabras sino sobre los hechos de la historia, hubo un momento en que el maestro se ocupó, sobre todo, del viejo asunto, tan perjudicial para nuestro pasado y para nuestro presente, de los hipernacionalismos. Lo abordó Lledó después de pedirle al auditorio que le perdonara por quitarse la chaqueta, mientras se la iba quitando. Él es “muy poco nacionalista”; de hecho, no es nada nacionalista. En realidad, ama a su país sin que eso sea como una bola de plomo en la cabeza, una obligación de dar cuentas sobre los gramos de patriotismo que podrían encontrarse en su cerebro si éste pudiera ser consultado. 

Él, en realidad, se dio cuenta de que amaba a su país cuando tenía 22 años, estudiaba en Heidelberg y vio llegar a esa ciudad alemana a los primeros emigrantes andaluces (andaluces de raíz, como él) que habían llegado para superar en el extranjero las dificultades de todo tipo que habían generado las consecuencias tan dañinas de la guerra incivil.

Lledó dio clases de alemán a aquellos muchachos, y con muchos de ellos y de sus descendientes mantuvo luego una relación que continúa. Les dio clases en la Cafetería Fontanela, y ese lugar ha sido siempre para él un símbolo de su encuentro real con el país que quiere, el de esos emigrantes que cruzaron fronteras en busca del desahogo sin el cual la pobreza hubiera sido un modo de ir tachando el entusiasmo de vivir. “Esa gente”, dijo Lledó en Segovia, “es mi país y la suya es mi lengua, esa era mi patria, y la patria es justicia, belleza y bien”.

En ese mismo recorrido contra los hipernacionalismos que han asomado y asoman en España y en tantos lugares, resultó muy emocionante otra memoria alemana de su vida, la que le queda de la caída del Muro de Berlín el nueve de noviembre de 1989. Aquellas alemanias eran dos países alejados que se querían encontrar, y que estaban divididos por distintas formas de lejanía, igualmente insoportables, nacidas de “nacionalismos baratos que nunca he podido soportar”. Pero se produjo la caída del Muro “y viví esos abrazos; fue como un renacimiento, una ruptura de las seudoidentidades”, pues ser quien eres requiere espejos, y esos espejos están en el otro, en la amistad, y no en tu propio espejo. 

Vivimos en un mundo resabiado, “tertulianizado”, sobre “un río que se ha quedado helado”, marcado por “superinformaciones” que corren el riesgo de sustituir “la lectura de los libros” de los que depende la amistad. El lenguaje es reflexión que refleje la vida y que nace de las palabras. 

Don Emilio dejó en la sala, eso escuché en el streaming que ofrece el Hay Festival, la misma emoción que sentimos de muchachos cuando dejaba a un lado la tiza, la pizarra, recogía su maletita de cuero marrón y se iba a compartir el frío lagunero con gente que, como quien escribe esta crónica, no sería quien es si él no le hubiera infundido el entusiasmo de aprender. Era un tiempo helado, la verdad, al que él aportó calor y conocimiento. Como pasó en Segovia este viernes en el que el viejo filósofo volvió a ver el joven trasplantado a impartir enseñanzas de la lectura en La Laguna. 

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