LALIGA SANTANDER

LaLiga de los 'cebollitas': el misil de Vinicius, el alivio 'cholista' y la letalidad de Juanmi

  • El Real Madrid impone su mandato en la clasificación frente al Sevilla con un asteroide del brasileño

  • El Atlético alivia sus heridas europeas en una goleada contra el Cádiz con Lemar como protagonista

  • Los insurrectos como Ez Abde, extremo del FC Barcelona, reivindican el legado maradoniano

El centrocampista francés del Atlético de Madrid Thomas Lemar marca el primer gol de su equipo en el partido de LaLiga contra el Cádiz CF.

El centrocampista francés del Atlético de Madrid Thomas Lemar marca el primer gol de su equipo en el partido de LaLiga contra el Cádiz CF. / EFE/ROMÁN RÍOS

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A Maradona le arrancaron el corazón hace un año. Lo metieron en formol, como parte de la autopsia. Desde entonces, al Diego lo muelen a palos en su memoria, sabiendo que está sin órganos que le permitan obrar un milagro de estirar la pierna para hacer una última gambeta. Pero la obra de un artista pervive más allá de lo que los obituarios o las hemerotecas quieran enfrascar. Porque el Pelusa no es Dios por los escritos, sino por lo que dejó escrito en cada campo que amoldó a sus circunstancias. No sirve blasfemar contra el ‘10’, porque sus milagros han llegado a todos los rincones del mundo. “Si me muero, quiero volver a nacer y quiero ser futbolista”, dejó sentenciado para suerte del fútbol, que sigue siendo una carrera por igualar su sentido fantástico de la pelota que manchó fuera de las canchas, donde nunca logró una felicidad equiparable. El condicional “si yo fuera Maradona”, tan bien entonado por Manu Chao, sigue estando en las cabezas de los niños que corren detrás de la redonda, incluso cuando superan la mayoría de edad y se vuelven más lentos para llevar pegado el cuero al balón.

Eso permite presentar candidatura a ser un ‘cebollita’, el sobrenombre con el que se conoció al primer equipo de Maradona, la escuadra infantil de Argentinos Juniors, donde inauguró un espíritu y un método que se prolongaría para siempre. Pequeños, corretones, testarudos, imprevisibles… Frutos de mil capas. El que no fue un ‘cebollita’ en el patio del colegio o golpeando el esférico contra la puerta de un garaje puede llegar a ser un gran atleta en este deporte, pero nunca experimentará la magia de romper la cintura al rival, el fervor de una hinchada que pide hambrienta otro caño y, sobre todo, el sentido de ser libre en el verde, donde la estadística transforma al jugador en un robot medido en kilómetros por hora frente a las revoluciones por minuto, la magnitud maradoniana.

El Cholo "que no está muerto" y el sambódromo de Vinicius

Uno de los que mejor conoce este sistema métrico es otro Diego que también aspira a la unicidad por método y estilo, aunque en una dimensión más terrenal. Este es Simeone, que hizo la mili en el Sevilla con Maradona en el 92, siendo Carlos Bilardo el tutor del grupo. “Que no está muerto, que no está muerto”, repetía aún hace un mes el Cholo sobre la pérdida del compañero que le enseñó a elegir mejor sus disparos, entre otras lecciones rápidas, según confesó en una entrevista con el Diario Olé.

Es difícil cargar con un “ismo” cuando no funciona, porque suena presuntuoso, pero el Atlético, después del naufragio europeo ante el Milán, volvió en sí. Y lo hizo con un ‘cebollita’ en primera línea de combate: Thomas Lemar, que asestó el primer golpe al Cádiz y diseñó la jugada del segundo que remachó Griezmann, antesala de una goleada para recobrar el sentido. El Nuevo Mirandilla reclamó el orgullo de la clase obrera con sus cánticos, en memoria de las luchas del metal, pero los suyos no cumplieron con el mandato del pueblo, que sufre con cada partido como local.

Lemar es uno de tantos futbolistas pendulares, que tanto ejerce de revulsivo como se vuelve un ‘punching ball’. Encierra por tanto la segunda acepción de ‘cebollita’, que la ilustrísima Argentina, república de estadio, utiliza para referirse a los que quedan en segundo lugar, los responsables de un fallo que les lleva a pechear, el equivalente del verbo fracasar pero mucho más melódico, como todo lo que pasa por el filtro albiceleste.

Durante cursos pasados se mandó a clases de recuperación al mayor talento que tiene el fútbol español. Una brillante excepción que ha convertido la camiseta blanca del Real Madrid en un manto multicolor. Vinicius es lo más aproximado a la genialidad bohemia de los ‘cebollitas’. Una criatura que quisieron hacer en un laboratorio de estrellas, pero que ha terminado de hervirse por su cuenta. El brasileño era talento puro al que la ansiedad por la finalización convertía en una caricatura que ahora deja retratado a la mayoría.

Frente al Sevilla, Vinicius mandó un asteroide a la órbita del Sevilla que volvió a convertir al Bernabéu en un templo galáctico. Sin tanto marketing de por medio y con mucho más sudor. El remodelado feudo blanco, con apetito conservero, según se mire, es cada 15 días un sambódromo donde el atacante madridista destroza los protocolos cada jornada de un modo diferente. Y lo hace incluso en los encuentros en los que figura como un pixel en el rectángulo. Ha alcanzado el nivel en el que no necesita levantar el teléfono para pedir una ocasión, simplemente la encarga en cualquiera de sus botas para desgracia del contrincante, incapaz de pagar la factura del automovilista que impone su orden y progreso.

La visibilidad del talento y el esfuerzo: de Juanmi a Ez Abde

Se tiende a confundir la irregularidad con la falta de acierto, volviendo de nuevo al espíritu empirista que domina el fútbol de los coeficientes de acierto. No marcas, no vales. Parece más sencillo así, pero en la neolengua balompédica se llama “margen bajo de conversión”. Eso es lo que se le achacaba a Juanmi en sus últimos tiempos en la Real Sociedad, que se jactó de un gran negocio cuando lo vendió al Real Betis. Su cotización se disparó tras el triplete anotado frente al Levante, pintado con todos los colores de la gama anotadora. Un ‘hat-trick’ natural, publicado por un futbolista que ve en cada centro una oportunidad golosa. Otra ametralladora plegable que se puede usar en cualquier estadio, aunque se recomienda su uso descontrolado cerca de casa.

El mérito de triunfar con la camiseta verdiblanca o la del Napolés, como hizo Maradona en su día, tiene un hándicap más reconocido. Sin embargo, cabe no fiarse demasiado de las vitrinas, porque guardan apenas recuerdos. Es igual de meritorio sobresalir con la camiseta descolorida del FC Barcelona, que sacó lo mejor y lo peor del pibe argentino. Este debió dejar una pátina en la banda del Camp Nou que solo se puede aprovechar si uno mueve los pies a la velocidad de Ez Abde. El joven extremo marroquí estrenó titularidad en el Villarreal y lo hizo con medallas en la pechera. O eso pareció en la sucesión de curvas a través de las que desorientó al equipo de Unai Emery, enfadado con el VAR y que acabó sucumbiendo en la primera victoria a domicilio de Xavi Hernández.

“Tiene un punto de inconsciencia que le hace atacar al lateral en cada acción”, dijo el nuevo Mesías del barcelonismo, empeñado en no retroceder un centímetro en sus ideas, donde la disciplina se entrelaza con el descaro. Porque Abde no solo garabateó entre las piernas de Pedraza, sino que este, bajo el dictamen de su entrenador, le hizo correr de espaldas para agotar su gasolina antes del minuto 90. Pero cuando uno pone todo de su parte, la crítica es de terciopelo. Y si algo está intentando cambiar Xavi con todo su empeño es el destino de su club. Algunos ya construyen su relato con la “flor”, el azar que conviene y que tantas veces se trasfundido a la sangre de otro que cambió el relato como Zinedine Zidane.

El fútbol es un espectáculo aleatorio a voluntad del que menos piense en el error. A veces el control se vuelve una obsesión, como en el caso de Imanol Alguacil y la Real Sociedad. No obstante, esta férrea propuesta no es un uniforme que sirva para vestir cara fin de semana. La temporada txuri-urdin es pura aritmética y nadie puede achacarle nada más que llevar el método al límite. El plan ayuda, pero no es suficiente ante equipos como el Espanyol, que han elevado en sus hogares la bandera de la resistencia. No hay quien entre en Cornellà sin pedir perdón y de ello se encarga el que esté en la puerta. El turno es rotativo y ante el conjunto vasco le tocó al renacido Yangel Herrera, un llegador en toda su esencia. Martillo pilón para cometer butrones ante el mejor blindado.

Isi, el rayo de Vallecas y la 'chachoneta' que arranca en Mendizorroza

A veces no es fácil jugar en casa, donde se acumulan tantos deberes que a uno le tiemblan las piernas antes de salir. Valencia vive en la continua sospecha, que se dirige al palco, al banquillo y a la grada. El modus operandi de Bordalás no sorprende a nadie y todo contra el conjunto ché es cuestión de actitud. Va con chaqueta de cuerdo y cadenas, sin embargo, el que consigue mantener la mirada a este tipo duro y repeinado acaba doblegando su espíritu. Como hizo el Rayo de Iraola, un sindicato horizontal donde el trabajo se reparte en raciones igualitarias. Sin Falcao, Nteka o Trejo, ausencias que en cualquier administración habrían supuesto una crisis estructural, la escuadra franjirroja distribuyó la responsabilidad entre ‘cebollitas’ como Isi Palazón. El extremo sale de caza en cada partido, consciente de lo que le costó llegar hasta Primera. Para él no hubo ascensor social ni impulsos de agencias. Siendo un cadete le pusieron la mochila fuera de Valdebebas y después aprendió en Villarreal para terminar volviendo a Cieza. Desde ahí, escalada. De Tercera a la máxima categoría apretando los dientes hasta el bruxismo.

Tan importante es tener clara la meta como el proceso posterior. Cuando se enfunda el ‘10’ sabe que tiene que ser el múltiplo de sus compañeros. Esto conlleva dar ejemplo y mostrarse fuerte en todas las circunstancias. Como hizo Iago Aspas en el manto nevado de Mendizorroza, quien ejecutó una pena máxima con lástima, pero supo rehacerse en el rechace para certificar la victoria del Celta, que hace 16 años había triunfado en idéntico escenario y circunstancias. La chachoneta, como se conoce al transporte público de Vigo que conduce Coudet, llenó el tanque con la esperanza de llegar sano y salvo a un Balaídos que ansia una victoria local.

Pero este curso hay demasiadas escuadras empeñadas en generar agorafobia a los suyos. San Mamés fue la plaza donde Maradona sufrió la peor de sus lesiones y, aún así, fue un templo que siempre admiró. De los pocos que le hizo arrastrarse sobre un pasto que hoy sirve para un ganado famélico. El Athletic y el Granada empataron a contratiempos. Aunque mejor firmar errores en la piel que un discurso soporífero y miedoso como el del empate sin goles entre el Mallorca y el Getafe, que molestó hasta a los comentaristas más neutrales. Esa es la mayor forma de manchar la pelota, cuya prohibición entonó Maradona en 2001 durante su partido de despedida. La apatía sostenida, el miedo al fallo y la incapacidad para intentarlo siquiera son los únicos clavos que podrían crucificar al barrilete cósmico. Pero cualquiera que opta por esta mediocridad no pertenece al mismo deporte que practicaba el ‘10’, que impuso las reglas de la alegría infinita en el juego. Indestructibles e innegociables.

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