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NUEVAS CORRIENTES CREADORAS

Flamencas con acento extranjero, el lado más cosmopolita de la Bienal de Sevilla

Dos espectáculos liderados por una bailaora chilena y otra británica que aportan sus propias raíces culturales ponen de manifiesto las nuevas comunidades en las que crece y evoluciona este arte

Florencia OZ e Isidora O’Ryan en un momento de su espectáculo ’Antípodas’, presentado en el Teatro Central el 11 de septiembre

Florencia OZ e Isidora O’Ryan en un momento de su espectáculo ’Antípodas’, presentado en el Teatro Central el 11 de septiembre / CLAUDIA RUIZ CARO / BIENAL DE SEVILLA

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"Cualquier manera de acercarse al flamenco es legítima", decía Chema Blanco, director de la XXII Bienal de Flamenco de Sevilla, a EL PERIÓDICO DE ESPAÑA unos días antes de que comenzase el festival. Con 68 espectáculos, la Bienal tiene esta edición un programa muy diverso. Pero un elemento novedoso se abre paso: dos propuestas están capitaneadas por artistas extranjeras. Florencia OZ (Santiago de Chile, 1987) y Yinka Esi Graves (Londres, 1983), ambas bailaoras, ocupan un espacio minúsculo en el abrumador cartel de la cita sevillana, programadas en un espacio reducido (la sala B del Teatro Central) y a una hora poco habitual (a mediodía del domingo). Sin embargo, los dos espectáculos han llamado la atención. No son las primeras extranjeras en la Bienal, pero esta vez es diferente, porque ambas tienen un discurso propio. "Florencia y Yinka están porque tenían que estar, para explicar su relato", aclara Blanco.

Antípodas, de Florencia OZ, subió a las tablas del Central el pasado 11 de septiembre. La primera vez que la chilena mostró la propuesta que desarrolla con su hermana melliza Isidora O’Ryan (OZ es apellido artístico compuesto por las primeras letras de sus dos apellidos, O’Ryan Zúñiga) fue en el Festival de Jerez de 2021, donde su obra obtuvo el Premio Artista Revelación. Pero para ella, que vive en Sevilla, estar en la Bienal era más que un sueño. "Es algo que nunca imaginé, porque claro, soy de Chile. Es tan importante que no cabía ni en un deseo". 

Dirigida por el también bailaor y coreógrafo David Coria, al que conoció trabajando en el Ballet Flamenco de Andalucía y con el que suele colaborar desde entonces, Antípodas no es sólo un encuentro en el escenario con Isidora, violonchelista y cantante, sino también una reflexión sobre su visión de este sonido desde su raíz. "Yo no quería llevar la bandera de Chile, pero hay música tradicional chilena, la cueca, que lleva el compás de la bulería de manera natural. Mi hermana no canta flamenco, y es el punto de encuentro al que pudimos llegar", explica Florencia. El trabajo con ella, que hasta ahora residía en Chile, ha hecho que esta también se mude a la capital andaluza.

Cristina Cruces, catedrática de Antropología Social de la Universidad de Sevilla e investigadora de flamenco, considera que el origen chileno de las protagonistas de la obra aporta riqueza a su baile. Sus tradiciones añaden novedad y frescura, y no sólo le dan a su propuesta una personalidad propia, sino que suman al patrimonio flamenco. "Experimentalmente son magníficas, y tocan la raíz de todo", opina.

Una semana después de Antípodas salía al escenario Yinka Esi Graves con un montaje que no es un espectáculo al uso. The disappearing act: una conversación desde un cuerpo disidente es una conferencia teatralizada en la que reflexiona sobre el origen de su baile, sobre la raíz del movimiento y la música, y que teoriza e indaga en el imaginario de lo que será su próximo espectáculo de gran formato. Sobre las tablas la acompañan la guitarra de Raúl Cantizano, el cante de Rosa de Algeciras y la batería de Remi Graves, y se proyectan dos cortometrajes (The Island y The Bridge) dirigidos por Miguel Ángel Rosales.

Graves es afrodescendiente nacida en Londres. Sus abuelos llegaron a la metrópoli procedentes de Jamaica y Ghana. La artista lleva algunos años trabajando sobre sus orígenes desde el flamenco. Ya en 2016 participó en la película documental Gurumbé: canciones de tu memoria negra, también de Rosales, en la que antropólogos, investigadores y artistas reflexionaban sobre la negritud en la conformación de la Sevilla y el flamenco actuales.

Incorporaciones a la comunidad flamenca

Tanto Graves como OZ llegaron al flamenco desde la danza en sus lugares de origen, y se vincularon con este de una forma más directa una vez instaladas en España, donde llevan alrededor de 15 años. Graves descubrió el flamenco en la universidad, después de haber estudiado ballet y danzas afrocaribeñas, y sintió la necesidad de vivir aquí: primero en Madrid y después en Sevilla. Florencia se acercó a esta música de niña, en una escuelita que había cerca de su casa en Santiago. Pero no fue hasta los 19 años, mientras estudiaba en la Facultad de Danza de la Universidad de Chile, y en una crisis con la enseñanza reglada, cuando decidió viajar hasta la capital andaluza y sumergirse en un arte que ahora es su profesión. "Mi escuela ha sido vivir en Sevilla", afirma rotunda. 

No es la primera vez que artistas flamencos no españoles se presentan en la Bienal. La relación entre los extranjeros y esta música viene desde el origen. Aquellos viajeros, fundamentalmente franceses, que en el Romanticismo descubrieron esa forma de expresión que se desarrollaba en la Baja Andalucía y contribuyeron a fijar lo que hoy se reconoce como este arte, atrajeron sobre todo a bailarinas y guitarristas de otras latitudes.

La lista de guitarristas flamencos de origen extranjero es interminable, sobre todo a partir de los años 70, y se mantiene hasta hoy. Muchos, además, desarrollaron una importante tarea en la enseñanza. Pero ninguno ha llegado a forjar una carrera relevante con nombre y compañía propios, sino que siempre se dedicaron al acompañamiento del cante o el baile bajo los patrones establecidos.

Ahora, considera Cristina Cruces, los nuevos espectáculos no huyen del encuentro con otros orígenes, que en el caso de Florencia OZ y Yinka Esi Graves, además, tienen que ver con el origen mismo del flamenco, que se conformó a partir, entre otras cosas, del encuentro con las músicas nativas de América Latina y África. Esto hace que el arte se enriquezca y que sus autoras destaquen frente a propuestas menos novedosas.

Son más flamencas a veces que las grandes comunidades históricas, esas familias en las que se transmitía el flamenco de padres a hijos y cuya gente joven, ahora, está escuchando reguetón o músicas urbanas"

Para la investigadora, la diferencia fundamental está en que las comunidades flamencas, donde se vive y aprende este arte, se han transformado. Y en las actuales, los artistas extranjeros ocupan el mismo lugar que los locales. "Son nuevas andaluzas", afirma. "Están plenamente integradas en la comunidad flamenca y desarrollan sus propuestas personales aquí. Florencia, por ejemplo, ha trabajado en el Ballet Flamenco de Andalucía, es habitual en los tablaos, vive en el mundo de los bolos... Son más flamencas en la vida real de lo que muchas veces lo son las grandes comunidades históricas, esas familias en las que se transmitía el flamenco de padres a hijos y cuya gente joven, ahora, está escuchando reguetón o músicas urbanas". Cruces añade una anécdota: "Hace poco estuve en una boda y las niñas no sabían cantar ni seguir el compás por seguiriya ni por soleá. Hay un desplazamiento, una nueva idea de comunidad flamenca".

Hoy en día, la enseñanza del flamenco está más profesionalizada, y que las escuelas en las que puede aprenderse hayan reglado los estudios y ampliado sus aforos también ha servido para atraer a más extranjeros deseosos de conocer los entresijos de esta forma de expresión. Amor de Dios en Madrid o la Fundación Cristina Heeren en Sevilla funcionan como conservatorios de flamenco y una parte de su alumnado es de fuera. Pero, para Cruces, "lo que marca la diferencia es la vivencia. Esta es una música que nace y que adquiere sus formas y su sentido en unas condiciones de existencia determinadas, con unas claves históricas y una territorialidad. Lo cual no quiere decir que el flamenco no sea universal. Por supuesto que sí. Pero es verdad que el modo de vivirlo, el modo de expresarse, es algo que tiene que ver con la tierra".

A pesar de todo, aún existen resistencias a que, en un arte tan profundamente vinculado con el territorio, artistas de otras latitudes alcancen el mismo éxito que los locales. Graves reflexiona en su obra sobre cómo los cuerpos negros -los afrodescendientes- tienden a ser invisibilizados, incluso en el papel determinante que las culturas africanas tuvieron en la construcción del flamenco a través fundamentalmente de sus ritmos y sus percusiones en la Sevilla de los siglos XVII y XVIII. OZ, por su parte, reconoce que en algunos momentos puntuales ha sentido rechazo a la hora ser contratada como bailaora por ser chilena. "Yo creo que eso me ha ayudado un poco -reflexiona-, porque me ha hecho bailar sintiendo que nunca iba a ganar la aprobación de determinadas personas. Y eso -concluye- me ha acabado dando más libertad creadora".

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