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ARTE OCULTO

El misterioso cuadro pixelado del reality de Tamara Falcó en Netflix por el que nadie pagó derechos de autor

A la izquierda, el salón de Preysler en el reality de Netflix; a la derecha, en el ¡HOLA! de 1992

A la izquierda, el salón de Preysler en el reality de Netflix; a la derecha, en el ¡HOLA! de 1992 / EPE

  • Una escena de 'La Marquesa' en casa de Isabel Preysler muestra un cuadro pixelado

  • Un reportaje de hace treinta años de la revista ¡HOLA! contó que es una obra del pintor catalán Antoni Tàpies

  • La productora no ha pagado derechos de autor y por eso no puede mostrarlo

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Un enorme cuadro borroso preside la estancia en la que Tamara Falcó reúne a familia y amigos para contarles que quiere abrir un restaurante 'pop-up'. La escena aparece en el primer episodio de La Marquesa, el 'reality' sobre su vida recién estrenado en Netflix, y transcurre en el salón de Villa Meona, nombre con el que se conoce a la mansión en la que vive su madre, Isabel Preysler.

Escena de La Marquesa con el cuadro pixelado

/ Netflix

Isabel Preysler se casó con Miguel Boyer, su tercer marido, en 1988. Boyer había sido ministro de Economía y Hacienda durante el primer gobierno socialista de Felipe González. Pocos años después de abandonar el cargo y con él ya trabajando en la empresa privada (en el Banco Exterior de España), el matrimonio ofreció un reportaje a treinta páginas en la revista ¡HOLA! en el que desveló todos los detalles de su nuevo hogar: un casoplón de 1.300 metros cuadrados en el barrio madrileño de Puerta del Hierro.

Portada del número de ¡HOLA! dedicado a Villa Meona

/ Revista Hola

El nombre de Villa Meona se lo puso Alfonso Ussía a cuenta del número de baños: trece. El periodista Juan Luis Galiacho, autor del libro Isabel y Miguel: 50 años de historia de España, ha descrito la casa como un "símbolo de la decadencia socialista felipista" cuyo origen está en el citado reportaje, publicado en noviembre de 1992.

"La ampulosidad y ostentación sorprendió a ciudadanos y políticos, que comenzaron entonces una caza de la diva y un manifiesto desprecio al antiguo dirigente socialista", afirmó en El Confidencial.

Pero gracias al despliegue que hizo ¡HOLA! podemos saber, treinta años después, qué cuadro se oculta tras los píxeles de Netflix. El tapizado de los sillones ha cambiado, pero el resto del mobiliario y la obra permanecen intactos. Se trata de un cuadro del pintor catalán Antoni Tàpies, tal y como reseñó la revista en su momento.

Isabel Preysler lo mostró en otra ocasión en su Instagram y el deficiente pixelado del documental, que deja un par de trozos 'al aire' en varios fotogramas, confirma que el Tàpies sigue ahí.

"Parece un cuadro de principios de los 60", confirma Antoni Tàpies, hijo del artista y presidente de la fundación que gestiona su legado. "Mi padre trabajaba mucho con mármol y barniz. Lo mezclaba y hacía insiciones y marcas antes de que se secara. Por lo que veo en la foto, es esa técnica".

Tàpies hijo no reconoce la obra concreta a través de las fotos ni cree que fuera un regalo de su padre a Boyer o a Preysler. "No sé de dónde salió, pero de nuestra parte no. Me imagino que lo compraron", afirma en conversación con EL PERIÓDICO DE ESPAÑA. "Y seguro que está catalogado".

¿Por qué Netflix lo borra?

El pixelado que hacen los productores de La Marquesa es muy llamativo, pero no el único que aparece en todo el documental. Hay una escena en las bambalinas de El Hormiguero, programa en el que colabora Tamara Falcó, en el que también aparecen varios cuadros borrosos.

Algunos usuarios han especulado en redes sociales con la posibilidad de que pixelen el Tàpies para evitar su robo. Pero no tendría demasiado sentido: la mansión de Preysler, en la que su hija vivió hasta los 40 años, ha salido muchas veces en los medios —Bertín Osborne le dedicó un programa en 2018— mostrando más objetos de valor. Y no es difícil encontrar la dirección.

Sin ir más lejos, Falcó muestra en el 'reality' la ubicación y el nombre de la promoción del piso que se ha comprado "con mucho esfuerzo" para independizarse. Desde la terraza de este señala la casa de su madre, que queda justo enfrente, al otro lado de la autopista M-30.

Falcó, marquesa de Griñón, respondió a la duda sobre el cuadro en una entrevista con Los 40. "Resulta que en Netflix necesitas derechos para todo y ahora tampoco te lo puedo decir, a ver si nos lo van a robar. Me encanta ese cuadro porque tiene una textura muy particular. Pero fue por el tema derechos. Hasta los bolsos necesitaban derechos que ya les tuve que decir que me dejaran en paz", dijo.

Este diario se ha puesto en contacto con la marquesa y la productora de la serie, Komodo, para confirmar la información sin haber recibido respuesta.

Los artistas gráficos tienen su propia SGAE, la VEGAP (Visual Entidad de Gestión de Artistas Plásticos), que gestiona los llamados derechos de reproducción. Si un anuncio, una revista, una serie o un documental quieren reproducir la obra de un artista representado por VEGAP, tienen que pasar por caja.

Antoni Tàpies lo está, pero Komodo y Netflix no han querido pagar lo que les corresponde: entre 900 y 1.800 euros, de acuerdo al catálogo de tarifas de VEGAP. Netflix tampoco ha respondido a una solicitud de información de este diario.

"La gente entiende bien que para reproducir música hay que pagar unos derechos. Pues esto es lo mismo", resume el hijo de Tàpies.

Si el documental hubiera querido mostrar el cuadro le tendría que haber pedido permiso a VEGAP, que a su vez le hubiera pedido permiso a él como gestor del legado de su padre para mostrarlo en pantalla. "No lo han pedido, porque si no yo lo sabría. Me imagino que el productor no ha querido pagar los derechos de autor", zanja.

El borrado de obras de arte es habitual en revistas de decoración que muestran las casas de famosos. "Yo nunca he pixelado, pero sí que he sustituido un cuadro por otro o lo he borrado directamente", reconoce un periodista que trabaja en este sector. "También puede suceder que haya artistas a los que no les apetezca estar vinculados a un contenido determinado".

Otra posibilidad, aunque poco habitual, es que el famoso no quiera que se sepa que posee una obra de arte determinada. No solo porque se la puedan robar, sino por sus implicaciones fiscales (las obras de arte están sujetas al impuesto sobre el patrimonio).

"A veces nos ha sucedido que alguien no está interesado en comunicar que es propietario y hemos tenido que descolgarlo y fotografiar la casa sin cuadro", añade este periodista. "Pero no es muy común: la gente que compra y colecciona cuadros se siente orgullosa de tenerlos y quiere que salgan". En ese caso, la revista tiene la obligación de contactar con el VEGAP y pagar la tarifa correspondiente.

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