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FESTIVAL

Primera jornada de Mad Cool: el reinado de Metallica y el poderío musical de 'Stranger Things'

Ambiente durante el primer día del festival Mad Cool.

Ambiente durante el primer día del festival Mad Cool. / Ricardo Rubio / Europa Press

El festival más ambicioso de la capital arrancó marcado por el magnetismo absoluto de la veterana banda de heavy metal, que todavía es capaz de arrastrar masas. Wolf Alice o Carly Rae Jepsen fueron otros de los nombres destacados de la jornada

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Otra vez estuvo a punto de no sonreírle la suerte a Mad Cool. En su primera jornada, a la hora que el festival abría sus puertas y los primeros asistentes empezaban a acceder al recinto, un intenso chaparrón se precipitaba sobre Madrid acompañado de fuertes rachas de viento, haciendo presagiar lo peor. Es decir, lo que tantas veces ha pasado en un festival acostumbrado a las desgracias -verdaderas tragedias a veces- y a los problemas de organización.

Al final, la sangre no llegó al río, y el viento y la lluvia no causaron ningún estropicio reseñable. Ni los escenarios ni las decenas de estructuras de colores que salpican el recinto de Valdebebas, necesariamente inspirado en algún videojuego de plataformas tipo Mario Bros donde buena parte de la diversión consista en esquivar obstáculos, se resintieron de unas incidencias climáticas que duraron apenas media hora, y que enseguida volvieron al estado natural de las cosas de Madrid en julio: calor, mucho calor.

Treinta minutos y 32 euros de taxi después de dejar el centro de la ciudad y dar tres vueltas al globo por culpa de unos incomprensibles cortes de calles diseñados por la policía municipal, este periodista se asomaba a primera hora de la tarde a una entrada al recinto que funcionaba, esta vez sí, con fluidez. Esa misma fluidez una vez dentro, tan añorada en otros festivales este año, sería la nota predominante a lo largo de toda toda la jornada, con la excepción de los momentos que rodearon a su cierre.

Fue después de terminar el concierto de Metallica, con su legión de fans hambrientos, cuando se colapsaron los puestos de comida y conseguir un simple perrito caliente se convirtió en una odisea. Pero lo peor esperaba fuera del recinto: a quien firma estas líneas le tocó hacer dos horas y media de cola para conseguir un taxi, y la pelea por los VTCs apunto estuvo de provocar escenas cercanas a Mad Max. Alguien comentó que unos amigos habían pagado 150€ por un Uber al centro. De las opciones de transporte disponibles, las lanzaderas a Plaza de Castilla parecían ser las que mejor funcionaban.

Salvo en ese tramo final, en ningún otro momento del día se apreciaron aglomeraciones. Ni en las barras de bebida -por momentos daba la sensación de haber más grifos de cerveza que asistentes- ni en los puestos destinados a convertir el ‘dinero normal’ en ‘dinero de festival’, ese invento del demonio que muchas citas similares, tanto grandes (Primavera Sound) como pequeñas (Paraíso) ya han dejado atrás hace tiempo, pero que en Valdebebas todavía tiene alguna incomprensible justificación.

La delgada línea roja que separa a algunos festivales de los parques de atracciones.

/ Ricardo Rubio - EP

En una primera jornada que caía a mitad de semana laboral, no era fácil atribuir la falta de largas colas a una mejor organización o a un público que, al menos a lo largo de la tarde, no era todavía tan numeroso. La organización hablaría después de aforo completo y 70.000 asistentes. Entre ellos se podía distinguir a tres sectores claramente identificables: los estudiantes que acaban de iniciar sus vacaciones, los extranjeros residentes o de visita en Madrid, que en esto se está 'barcelonizando', y una tipología más madura, inevitablemente ataviada con camiseta negra, que desde primera hora empezó a tomar posiciones ante el escenario principal para ver al plato fuerte del día: los fans de Metallica.

Esta quinta edición de Mad Cool llegaba acompañada de buenas noticias para el festival y sus organizadores. Después de las dos últimas, en las que no consiguió resultados positivos (las pérdidas declaradas fueron de 1,2 millones de euros en 2018 y 1,6 millones en 2019), este año todo parece remar a su favor. En el capítulo de ingresos, y más allá de los espónsors privados, el festival ha conseguido dos buenos pellizcos de lo público: 1,4 millones de euros del Ayuntamiento de Madrid y 900.000 de la Comunidad. A cambio, ambas instituciones tienen su respectivo escenario en el recinto, el Madrid is Life y el Region of Madrid, a los que es más que probable que el público, siempre aficionado a economizar lenguaje, acabe llamando escenario Almeida y escenario Ayuso.

Además, después de años de trifulcas con el gobierno municipal, la paz parece por fin conseguida, y Mad Cool se trasladará en 2023 desde su actual ubicación norteña en Valdebebas a un nuevo reciento que, bajo la denominación de ciudad de la música, se está diseñando en el sur de la capital. Terminan así sus organizadores con la batalla que han venido manteniendo con los sufrientes vecinos del distrito de Hortaleza -la España de las piscinas también llora- y con Ifema, en cuyos planes de expansión se interponía.

Si a esto se añaden los dos festivales extra -el Mad Cool Sunset y el Andalucía Big Festival- que la misma marca va a celebrar en septiembre, y los más de cuatro millones de euros de subvención conseguidos para este último, todo parece ir bien para Javier Arnáiz, el fundador del festival, y sus socios.

Mucho rock y mucho calor

En lo musical, la tarde del miércoles arrancaba con un Seasick Steve que, con 71 años a sus espaldas y esa barba de Easy Rider que mantiene como sello de identidad, seguía defendiendo su patrimonio blues rockero como lo viene haciendo desde hace años: sentado en una silla y demostrando su maestría con las guitarras, aunque el show pareciera consistir, básicamente, en entretener a ese público rockero que horas después se entregaría a Metallica.

En el otro extremo del recinto, Villagers hacía lo que podía por defender su repertorio de indie rock amable y resultón ante un puñado de fieles capaces de sobreponerse al sol de justicia y al sonido cruzado de Seasick Steve que llegaba a pesar de la gigantesca distancia: un año más, la contaminación acústica entre escenarios se consagra como una de las marcas de la casa del festival. Cuando la banda escocesa afrontaba sus temas más acústicos y delicados, como esa Courage que dedicaron al público con el que se reencontraban después de la pandemia, el sonido ajeno se escuchaba más que su propia canción.

Uno de los platos fuertes de la tarde fueron Wolf Alice. Los británicos son hoy por hoy una de las bandas con más papeletas para ascender un peldaño más y colarse entre los cabezas de cartel de los festivales gracias a ese rock cristalino y sensible, perfectamente facturado, que contiene su último álbum, el más que solvente Blue Weekend.

Llegaban además los londinenses con su flamante Brit Award a mejor banda británica de 2022 debajo del brazo, y su carismática frontwoman, Ellie Roswell, dió lo mejor de sí para brillar por igual en los momentos que la banda se acercaba a sonidos más duros que cuando se enfrentaba a una torch song perfecta como The Last Man On Earth, sobriamente apuntalada sobre el piano y su voz. Fue una pena que su gran hit y la canción con la que cerraron, Don’t Delete The Kisses, llegase cuando el sol todavía achicharraba a buena parte de los asistentes, porque si no aquella habría sido una de las grandes fiestas de la jornada.  

Ellie Roswell, la carismática cantante de Wolf Alice.

/ Kiko Huesca - EFE

Menos brillo tuvo en el mismo escenario Placebo. A día de hoy, y después de dos discos de estudio que no han aportado casi nada interesante -el último, publicado hace solo dos meses; el inmediatamente anterior, hace casi 10 años-, los británicos parecen una banda tributo a sí mismos, y en su actuación pusieron en marcha un jukebox facilón que mezclaba algunos éxitos del pasado con sus canciones más recientes. El sonido, mediocre incluso en las primeras filas, no ayudaba.

Si Placebo fueron en su día pura intensidad y diferencia, una banda atrevida que promovió la androginia y la fluidez sexual cuando nadie lo hacía, hoy poco queda de eso. Brian Molko y Stefan Ofsdal, los dos históricos de la formación original que permanecen, han abandonado el negro y salen ahora a tocar vestidos de un inmaculado blanco veraniego, como si fueran dos jubilados de Miami que se pueden permitir vivir de las rentas de un pasado glorioso. Aunque a veces les toque hacer ciertas concesiones, como la de terminar su concierto con Running Up That Hill, la ochetera canción de Kate Bush que es uno de los hits del año gracias a Stranger Thigs y que ellos versionaron en 2004, cuando nadie se acordaba de ella.

Un océano de camisetas negras

Que el 80% del público de la jornada había venido para ver a Metallica -una estimación poco científica pero bastante realista- quedó meridianamente claro cuando, media hora antes de que su concierto empezase, se desató una enorme riada de gente que dejó el resto del recinto prácticamente vacío. Era también muy llamativo que la inmensa mayoría del público llevase la pulsera verde que correspondía a la entrada de día, y en poquísimos casos la del abono. Casi todo ese público de miércoles era también un público cautivo de Metallica.

James Hetfield, Lars Ulrich y compañía empezaron su show como lo vienen haciendo desde hace tiempo: pinchando El éxtasis del oro, el célebre tema spaghetti western de Morricone, a modo de preludio de lo que vendría después. Un arranque efectivo al que, una vez más, el mal sonido -y el viento- restó la épica que prometía, aunque el océano de camisetas negras que tenían debajo respondiese entusiasmado igualmente.

El cantante de Metallica, James Hetfield, y el batería de la banda, Lars Ulrich, durante su concierto en Mad Cool.

/ Kiko Huesca - EFE

En su salida al escenario, los componentes de Metallica arrancaron seguros y a velocidad de vértigo con Whiplash, pero cuando llegaron a la tercera canción, su fundamental Enter Sandman, a todos se les veía ya agotados, porque los años pesan. En particular a un Ulrich al que su médico probablemente haya recomendado ya que deje la batería. Aún así, estos veteranos del hard rock aguantaron dos horas de actuación a pleno rendimiento, aunque con frecuentes paradas e interludios más lentos para tomar un respiro.

Después de encadenar clásicos como Whiskey in the Jar, Fade to Black, Seek and Destroy o One, el éxtasis final llegó con otro tema aupado recientemente por Stranger Things, ese Master of Puppets que suena en el clímax final de la última temporada de la serie. Viendo todo el despliegue de llamaradas y fuegos artificiales que los acompañó en el remate de su actuación, cualquiera hubiera dicho que en el reciento de Valdebebas se celebraba el día del orgullo hetero, o al menos metalero, si no hubiera sido porque a la misma hora, en dos de los escenarios menores, una talentosa diva como Carly Rae Jepsen daba lecciones de pop con acento disco, y en otro Yves Tumor actualizaba el glam rock y el soul con una estética setentera pero absolutamente fluida. No sirvió de mucho. Metallica había venido a reinar, y la banda no estaba dispuesta a ceder su trono ni por un segundo.

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