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ENTREVISTA

El grito de Conchita: pánico escénico, tres días en coma, una canción sanadora… “Es jodido cantar mientras te dices cosas feas”

Conchita tocará en el Teatro Lara de Madrid este sábado, donde dará los últimos coletazos a ’La orilla’. 

Conchita tocará en el Teatro Lara de Madrid este sábado, donde dará los últimos coletazos a ’La orilla’.  / ALBA VIGARAY

  • La artífice de 'Nada que perder' o 'El viaje' no es la chica tímida y melancólica que intentaron vender desde el inicio de su carrera: a lo largo de 15 años, ha sabido transformar los episodios más oscuros en arte, consiguiendo que sus temas se vuelvan auténticos cánticos a la vida

  • Este sábado, toca en el Teatro Lara de Madrid para despedir 'La orilla', un disco que la ha devuelto al primer puesto de ventas y la ha reivindicado de nuevo en el panorama musical

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Entre Conchita y usted hay un hilo rojo de no sé cuántos kilómetros de distancia. Parece que no está ahí, aunque se siente firmemente. Las historias a las que lleva dando voz 15 años se han convertido en una especie de imán capaz de atraer al más fuerte del universo. Le ha cantado al amor, a la soledad, a la suerte, al dolor… sentimientos íntimos a los que, en cierto modo, ella ha sabido dar luz. De ahí que muchos estemos ligados a sus canciones sin que lo sepamos. Desde que lanzó aquel ligero Tres segundos, su presencia en nuestras vidas ha sido más o menos intensa. Incluso, ha podido tensarse, desgastarse, estirarse... Pero, como en la famosa leyenda japonesa, el cordel jamás podrá romperse.

Hay algo en sus melodías que, a pesar del tiempo pasado, ha permanecido en nuestra mente. Quizá, sea ese empecinamiento por reconstruir el mundo. O su tenacidad por no dejarse caer. Porque ella no es la chica melancólica que quisieron vender en sus dos primeros elepés (Nada más y 4.000 palabras). Al contrario. No hay más que escuchar lo que vino tras su bajada a los infiernos. Porque sí, Conchita subió como la espuma en cuestión de meses… pero se descalabró en pocos días. Y eso la destrozó y la reforzó a partes iguales.

Conchita hará un recorrido por toda su carrera en el concierto del Teatro Lara.

/ ALBA VIGARAY

De ahí salieron tres de sus discos más importantes: Zapatos nuevos (2012), Esto era (2014) e Incendios (2016). Cambió de rumbo y, entonces, la chica cursi de la radio se volvió el altavoz de nuestros miedos y placeres.

Por eso la consideramos casa. Ella pertenece a una generación de cantautoras que nos ha hecho reflexionar, llorar, patalear, gritar, batallar. El mejor ejemplo lo encontramos en El viaje, el bonito relato que le escribió a su hijo tras entrar en coma durante el embarazo. Una preeclampsia severa desató uno de los episodios más angustiosos de sus 42 primaveras.

Sin embargo, ella nunca perdió la esperanza. Y lo que durante una temporada le provocó demasiadas lágrimas ahora se ha convertido en uno de sus temas más reconocidos: más de 20 millones de personas ya le han dedicado alguna escucha. La orilla, el álbum donde se incluye, la ha vuelto a reivindicar en el panorama musical. Y en el particular, pues ella nos ha entendido mejor que ninguna.

P. Desde el principio se le ha asociado a una imagen de chica mona y delicada, pese a que muchas de sus composiciones son crudas y directas. ¿Le ha molestado?

R. Sí. Me ha fastidiado porque suelo ser una persona optimista por tendencia. Siempre que me sucede algo malo, intento encontrar una rendija de luz a la que agarrarme. En mi primer trabajo, se confundió la timidez con la tristeza. Y eso me produjo rabia. De hecho, llegué a pensar en montar un escándalo. No importaba lo que hiciera, sólo me faltaba la aureola. No obstante, creo que se me está quitando ese sambenito por fin.

P. ¿Su nombre artístico influyó?

R. Si volviera para atrás, me lo cambiaría. Fue un error garrafal. Yo sola me puse una zancadilla. Ahí me equivoqué. Hoy me hubiese llamado Eme. Soy María Concepción, pero en las tarjetas aparece M. Concepción. Mola, ¿verdad?

Antes del petardazo, la artista se curtió en los garitos de Madrid. Los mismos de los que salieron Rozalén, Vicky Gastelo o Zahara. Por aquel entonces quería ser maestra, pero la música se la llevó por delante. “Hice dos sustituciones y, cuando quisieron renovarme para una tercera, me llamaron para entrar en el estudio de grabación. Mi sueño era hacer canciones y que la gente las corease en los conciertos”, recuerda.

Nada más llegó al mercado en 2007. En total, 13 cortes entre los que se encontraban los populares Nada que perder y Puede ser. Estos dos fueron los que impulsaron su carrera hasta los primeros puestos de ventas. El éxito fue tal que se mantuvo 70 semanas entre los más demandados. “Fue una sorpresa. Yo estaba rodeada de compañeros que sacaban proyectos con los que no pasaba nada”, señala. Sin esperarlo, dominó las emisoras, recorrió el país y arrasó con los premios. Y todo ello con un cancionero sincero que huía de cualquier connotación comercial.

Como curiosidad, éste incluía una colaboración con Antonio Vega en Ahora qué: “Nunca me marcaron nada desde la discográfica. Siempre he hecho lo que he estimado mejor para mí. Recuerdo que me llevaron a una estilista que me enseñó unos vestidos cortísimos y me negué”.

P. ¿En alguna ocasión le dijeron que no iba a triunfar?

R. Directamente, no. Es verdad que una vez fui la prioridad de EMI y, de sopetón, dejé de serlo. Como consecuencia cambiaron la gente y el trato. Todavía estoy esperando una llamada en la que me pregunten cómo estoy. Es un aprendizaje más. He pasado por todo tipo de situaciones y eso es lo que ha hecho que hoy sea tan agradecida.

P. Luchó.

R. Sin duda. Mi subida fue muy rápida, pero la caída lo fue aún más. Esto ha servido para darme cuenta de que, en la música, te puede ir bien, mal o regular… y también de que es posible remontar.

Con estas palabras, la cantante se refiere al derrumbe que vivió con su segunda incursión. 4.000 palabras pasó desapercibido, a pesar de haberse publicado muy cerca del primero. Querían aprovechar el tirón de los últimos singles, pero algo falló. “¿El qué? Nunca lo sabré. Desaparecí. Si no sonabas en la radio, no existías. Y si no vendías equis copias a las tres semanas, dejabas de interesar al sello”, explica.

El primer sencillo de esta nueva fase fue Cuéntale, un tema que no ha vuelto a entornar y al que echó la culpa durante bastante tiempo. “Aun así, a la gente se le da más oportunidades”, añade.

P. ¿Cómo gestionó aquella montaña rusa?

R. No fui a terapia, tenía que haberlo hecho. Acudí después, cuando estaba mejor. Lo enfrenté sola como pude. Y la verdad es que fue heavy. Lo pasé muy mal, no te voy a mentir. Intenté buscar luz donde no había. Así que me puse a componer sin parar. Eso me sanaba.

P. ¿Ese desplome le dejó alguna secuela?

R. Desarrollé un pánico escénico brutal. Me hablaba muy mal a mí misma encima del escenario. Es jodido cantar mientras te estás diciendo cosas feas. Además, mi forma de enfrentarme a ello no fue la más adecuada: en vez de parar, seguía. La bola se fue haciendo mayor y, cada vez, me encontraba peor. Recuerdo estar tocando y pensar: ¿qué hago aquí? Todo esto ya no lo hago. Tal vez, porque he pasado por situaciones más duras que me han obligado a relativizar.

Un ejercicio que le vino fenomenal para recuperar la autoestima fue escribir para David Bisbal, Luz Casal, Sergio Dalma, Pastora Soler... Escucharlas en su garganta le devolvió parte de la ilusión. Aunque aún faltaba algo más. Así que decidió transformar su sonido y quitarse de encima los prejuicios que había ido coleccionando. La guapa de la fiesta fue su primera declaración de intenciones. “Cambié de productor y empecé a componer de otro modo. Antes sólo cogía la guitarra cuando estaba de bajón”, dice. Sin embargo, la esencia permaneció intacta: el amor siguió empapando cada una de sus letras.

Esto era fue el primer elepé que editó al margen de una multinacional. Quería controlar la totalidad del proceso creativo, de ahí que se atreviese con la autoproducción. “Estaba decepcionada. Necesitaba salirme de esa rueda”, asegura. “He currado con gente brutal, pero también con personas que igual que venden discos podrían despachar lavadoras. Y no debería ser así, pues están jugando con material muy sensible”.

P. ¿No sonar en las radios le ha preocupado?

R. A estas alturas estoy pasada de vueltas. Si vives agobiado por lo que no puedes controlar, tu existencia se convierte en una angustia. Mi objetivo es hacer lo que está en mis manos lo mejor que sé.

P. ¿Le han cuadrado siempre los números?

R. En la peor época, me puse a componer para otros. Y eso fue un salvavidas. Ahora bien, la gente está muy equivocada con las cifras. Recuerdo una vez que toqué ante 200 personas y un chico dijo: “Joder, qué tía. 200 entradas a 10 pavos son 2.000 euros”. Esa noche no gané nada. Tenía que pagar la furgoneta, las comidas de los músicos, los hoteles, el 21% de IVA, el 10% de la SGAE… Odio cuando me desean suerte para un concierto. Suerte, no. Cómprate una entrada.

Ese empeño hizo que, en 2016, renaciese. Incendios fue un golpe sobre la mesa más que necesario. En él, hablaba de la necesidad de crecer y salir adelante. Un anhelo que, como una premonición, alcanzó de sobra: las radiofórmulas la requetepincharon, la prensa volvió a interesarse y las salas la reclamaron. “Hicimos un trabajo brutal”, subraya. Fue una etapa muy dulce tras años en la trinchera. Y aunque lo que vino después fue especialmente duro, las mieles no han dejado de saborearse.

P. El verano de 2018 fue muy complicado para usted.

R. Sí. Tuve preeclampsia y atonía de útero, dos de las patologías más peligrosas entre las embarazadas. Es una especie de alergia al bebé que provoca que tu cuerpo lo rechace. Me puse muy malita a los seis meses y medio. La única cura posible es sacártelo. Así que, cuando hice siete, me intervinieron y salió mal. Me fui a negro. Estuve en coma tres días y le conocí una semana después. En la actualidad, soy otra persona. He aprendido a recolocar cada cosa en su sitio. Estaba muy equivocada antes.

P. ¿Le avisaron de que podía ocurrir?

R. Cuando me dieron el diagnóstico, me dijeron que tuviera cuidado y que midiera la tensión con frecuencia. Lo hacía, pero desconocía lo peligroso que podía llegar a ser.

P. ¿Qué fue lo primero que pensó al ver a su hijo?

R. Fue increíble porque no era consciente de haberlo tenido. No le vi salir, me durmieron antes. En ese momento, me di cuenta de qué había pasado: pasé de luchar por mí a luchar por él.

Ya en casa, durante una tarde que no paraba de llorar, decidió sacarlo al jardín para enseñarle el mundo que le estaba esperando. De repente, se quedó dormido. Entonces, Conchita sintió la necesidad de hacerle una canción que le animase a seguir adelante. Así nació El viaje, una balada casi susurrada que ha conquistado a más de 20 millones de oyentes: “No es un tema comercial, era algo entre mi bebé y yo. Y, sin querer, se ha vuelto gigante”.

Este regalo se halla en La orilla, un álbum que la devolvió al número 1 de ventas y del que está dando los últimos coletazos. Su idea es grabar el siguiente este verano. Mientras tanto, se limita disfrutar lo bueno que le ha traído.

P. En Que merezca la pena habla de la necesidad de compartir, disfrutar, cooperar… ¿Se lo aplica a diario?

R. Pasar por la vida dejando mierda es un error. Hay que ayudarse y echarse una mano. Todos deberíamos intentar hacer las cosas más sencillas.

P. Un camino para volver tiene un significado precioso.

R. Habla sobre la muerte de una manera muy especial. De pequeña imaginaba que, si existía un camino de ida, tenía que haber uno de vuelta. Cuando falleció Lewin recordé esa sensación. Me quedé en casa una semana y la fui componiendo poco a poco. Necesitaba respirar cada cierto tiempo. Tuve la sensación de estar haciéndola con él.

En cualquier caso, Conchita no intenta dar lecciones de nada en sus letras. Tan sólo busca erizar la piel a golpe de emociones. “Escribo para quien quiera escucharlas, pero también para mí. No sé si soy muy espiritual en ese sentido. Supongo que sí”, reflexiona. “Siempre hay que hacer lo que uno siente. En mi caso, por ejemplo, hay causas sobre las que me pronuncio porque estoy convencida de ellas. Y, cada vez que lo hago, pierdo seguidores. Luego hay otras sobre las que prefiero mantenerme al margen porque entiendo que puede haber una disparidad de opiniones”.

Por ello, aún no se ha atrevido con un discurso político tan explícito como el de Zahara. Aunque, ojo, no se cierra la puerta: “Si estoy segura de qué digo y cómo lo digo, ¿por qué no?”.

P. ¿Quién le ha dado el mejor consejo?

R. Juan Luis Giménez, el productor de mi primer disco, me dijo una vez que lo más importante es ser agradecido. Y tenía razón: terminar un bolo y dirigirte a tu técnico para felicitarle por lo bien que ha salido es una auténtica maravilla.

P. ¿Qué le gustaría que pensara su hijo cuando la escuche en el futuro?

R. Espero que se sienta bien y orgulloso de su mamá. El sábado será la primera vez que me vea en directo y me hace muchísima ilusión. Tengo ganas de que crezca y sea consciente de lo que ha generado con su canción.

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