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MÚSICA

Cuando Los Pekenikes eran la banda sonora favorita del porno californiano

Cines porno en los EEUU de los 70.

Cines porno en los EEUU de los 70. / ARCHIVO

En algún momento de 1969, un proyeccionista español en Hollywood decidió incluir canciones de los Pekenikes en sus películas porno: no se tiene constancia de que ellos lo supieran hasta ahora, circunstancia que da la oportunidad de poner en conocimiento del grupo lo sucedido

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Carlos H. Vazquez

Nicolás es el nombre ficticio de un ciudadano anónimo con el que usted se ha podido cruzar. En la actualidad está jubilado. Vive en un pueblo a las afueras de una histórica ciudad española, pero no va quiere desvelar su ubicación.

Tiene hijos, esposa, tías, sobrinos... Tampoco le apetece que esto que va a contar lo sepan sus familiares (o al menos no todos). “Son cosas que se van dando en la vida”, dice el protagonista, que dejó sus negocios y se marchó a Los Ángeles a finales de la década de los 70 por amor. “Estaba trabajando en una caja de ahorros y un día, saliendo con un colega, me presentó a unas amigas suyas americanas que había conocido. Él empezó a hablar con una y yo con la otra, que me dijo que estaba en España por estudios”. Además de la caja de ahorros, la otra ocupación de Nicolás era el club que había montado con otros dos socios, el primer club de la ciudad. El local fue un éxito y vendió su parte para costearse el pasaje a Los Ángeles.

Nicolás empezó a estudiar “artes liberales” (cine y televisión) en el Columbia College, en Hollywood, mientras trataba de encontrar un empleo que pudiera compaginar con las clases. “Había estado unos meses buscando trabajos que nada tenían que ver con lo que yo me había matriculado. La vida no era barata. Un amigo mexicano me dijo que conocía a un tío cubano que llevaba una sala y que buscaba un proyeccionista. Yo quería un trabajo relacionado con la industria, aunque ese fuera distante”. Nicolás se presentó y pasó la prueba.

En nombre de Pekenikes

Igor Paskual, compositor y guitarrista de la banda de Loquillo, ve a Pekenikes como “un poco Shadows”, una de las más populares bandas instrumentales de la época, en esa primera rama de grupos españoles de los 60. “Y luego está su sonido personal, que encuentran con Rafael Trabucchelli, un tipo de cosa instrumental que solamente tienen ellos y que es única en el mundo”. Tan característica, que el nombre de Pekenikes cruzó el Atlántico, llegando sobre todo a Estados Unidos y a México.

“Sigo haciendo música y Pekenikes todavía funcionan” apunta Ignacio Martín Sequeros, bajista y cofundador de Pekenikes, que en julio de 2019 conmemoraron el sexagésimo aniversario del grupo en el Teatro Rialto y ahora lo venden el DVD por correo electrónico a un precio de seis euros. Su ambición no es ganar dinero. Ignacio echa un vistazo a la portada de un LP de Pekenikes. Es un álbum de grandes éxitos lanzado por Hispavox en 1966 titulado Hilo de seda, con temas como el propio Hilo de seda, Viaje nocturno, La vieja fuente, Sombras y rejas... “Nos dijeron que íbamos a grabar el primer single que sacara Hispavox. Ya teníamos un par de temas (Hilo de seda y Sombras y rejas) y las hicimos entre Lucas [Sáinz], Jorge Matey a la batería y yo al bajo. Fue un exitazo”. “En España había conjuntos y grupos antes del súper exitazo de los Beatles”, explica al teléfono Igor Paskual en calidad de estudioso de la materia. En 1965, fueron teloneros del grupo británico en la Plaza de las Ventas.

En cuanto a lo que se comercializaba en el extranjero, Pekenikes tenían que creerse lo que les decían. Entonces, Hispavox tenía un convenio con un sello mexicano llamado Gamma, encargados de publicar el famoso LP Hilo de seda. “Cuando llegó el extracto de la liquidación de royalties del semestre con la casa Gamma, ponía que solo habíamos vendido tres ejemplares. ¿Quién se podía creer esto? Vete a discutírselo a los mexicanos. Si te decían tres, más te valía que te lo creyeras”. Ignacio se resigna, muestra las palmas de las manos.

Los casos que acaba de narrar no son los únicos. Se encoge de hombros asumiendo que se saltan los derechos del copyright con una facilidad “pasmosa” en Sudamérica, Rusia o Corea del Sur. “Están publicando con el nombre de Pekenikes para sacar discos con canciones que no son del grupo. Te lo venden por internet y no se sabe quién lo publica, así que no sabes a quién denunciar”.

El Valle de San Fernando ha sido históricamente el plató del porno de Estados Unidos

Cuidado con las luces

Volviendo al flamante proyeccionista de Los Ángeles, a Nicolás le tocaba poner películas porno. “Ya lo sabía”, alega. “Se hacía todo de una forma discreta. Veía a la gente que entraba y salía y entregaban las tortas (latas con las películas)”. Aprendió pronto, y un buen día uno de esos “señores que llevaban las tortas” le preguntó si también sabía manejar una cámara. Él estaba familiarizado con el proceso de comprar rollos de Kodak de 120 metros y cargarlos en una Bolex. Había hecho prácticas, conocía el tema. Incluso podía cargar la cámara dentro de una bolsa opaca. “Cargabas la lata y la abrías dentro de una bolsa negra a tientas. Se hacían verdaderas virguerías”.

El Valle de San Fernando ha sido históricamente el plató del porno de Estados Unidos. Allí podían encontrar gente que a cambio de 200 ó 300 dólares prestaban su dormitorio durante un par de horas. El equipo no era tampoco numeroso: Nicolás, un asistente, el productor y el elenco. El antes proyeccionista ahora era operador de cámara y también se ocupaba de la iluminación. “Más o menos se buscaba una casa elegante. Pero había que tener cuidado”, advierte. “Metíamos tres o cuatro luces de equis vatios y el resplandor salía disparado por las ventanas. Y ya sabes cómo son los americanos... Llamaban a la policía”. Aquello entonces andaba entre la ilegalidad y el no saber muy bien de qué se trataba.

Sombras y rejas

Que las películas fueran o no aceptadas dependía de que llevaran el Redeeming Social Value, sello que acreditaba que la historia en cuestión terminaba con un mensaje redentor de valor social. “Que al final la chica o el tío se arrepintiera. Pero eso no se hacía con diálogos, sino con algunos gestos”, subraya Nicolás.

Faltaba musicar el metraje. Nicolás llevó consigo a California varios discos, incluido el LP Hilo de seda de los Pekenikes. La colección aumentaría con los vinilos que se encontró en Los Ángeles: Raphael, Cecilia o Mari Trini. “Había un mercado bastante importante de música española. En Hollywood Boulevard te encontrabas las oficinas de varias discográficas, como Capitol Records, y tiendas de discos impresionantes”.

Las bandas sonoras más comunes de aquellas incipientes películas equis solían consistir en temas de blues, música de sitar, música instrumental o funk. Y entonces llegó Nicolás con sus discos y en un montaje se le ocurrió que Sombras y rejas de los Pekenikes iba a quedar muy bien con lo que pasaba en la película Meet Me In The Park. “La pareja protagonista era un matrimonio maduro. El guion decía que el señor se enamoraba de una chica joven y que sus encuentros sucedían un parque. Tuvo una cierta repercusión, pero nada del otro mundo”. Sin embargo, fue la suficiente para llamar la atención del equipo y de nuevas productoras. “A la gente le gustaba. Cuando estaba en la sala de montaje y me ponía a sonorizar, se acercaban y decían: nice song!”.

Fue así como “Los Pekenikes acabaron ilustrando con su música un montón de películas porno”, certifica Nicolás. “No sé si lo saben, pero si se enterasen ahora espero que no les importe mucho”. “Me creo perfectamente lo que cuenta. Era imposible parar el asunto”, asume con resignación Ignacio Martín. Meet Me In The Park abrió a Nicolás las puertas de la industria y empezaron a llamarle de más películas que luego sonorizaría con más temas de los Pekenikes. “Nadie me iba a reclamar por algo como la música de los Pekenikes. No era un plagio. A mí me gustó, creía que iba a quedar bien y no pensé que les fuera a hacer daño. Solo lo iba a escuchar la gente que acudía a esos cines”.

No existe hoy ninguna copia de 'Meet Me In The Park', como tampoco de las cintas que rodó con Linda Lovelace

Leyenda encubierta

Supo de esto Don Bruno, un empresario y productor que envió a su gente para que hablaran con Nicolás. Quería que the boy trabajara en Producer Studio. Don Bruno era de ascendencia italiana. Emigró a Estados Unidos y se había asentado en Los Ángeles. Trabajó en los grandes estudios y ya estaba jubilado, “pero era un tío cuco y vio que en el porno había dinero. Reunió a su familia y crearon una productora para hacer cine X que vendía sobre todo en Hawai, Chicago y Nueva York. Pagaban 1.500 dólares, que en 1969 era un dinero”.

Nicolás era invitado a las comidas familiares de su jefe. Sentía que estaba protegido. De hecho, el cobijo de Don Bruno le evitó a Nicolás una paliza. “Me defendieron una vez del novio de una actriz porque decía que yo había abusado de ella, y eso no era verdad; yo era muy estricto y hacía mi trabajo y me dirigía a ellas con mucha educación. Por primera vez vi cómo este tío (Don Bruno) hacía de jefe mafiosillo, porque acojonó al tío y a la tía en dos minutos”.

No existe a día de hoy ninguna copia de Meet Me In The Park, según asegura Nicolás. Como tampoco de las cintas que rodó con Linda Lovelace antes de que se hiciera famosa con Garganta profunda (Gerard Damiano, 1972). “La gente me pregunta por qué con mi vida no he sido millonario. Pues porque no he sido ambicioso, nunca me entraron las ansias de ganar. Pero he vivido bien”.

Ignacio Martín tampoco ha encontrado en acumular dinero un modo de vida. Hace canciones para los programas de Alfonso Arteseros y sube vídeos tocando la armónica en su canal de YouTube. “He tenido la suerte de vivir una vida con amplitud. Es como si hubiera tenido tres vidas. Tengo un asentamiento razonable de jubilación que me permite hacer las cosas que ofrezco gratis, sin la necesidad de vivir de ello”. Apura Ignacio el café, habla de ordenadores y de lo que vendrá. Se ha olvidado de que un día, a finales de la década de los 70, alguien pudo escuchar Sombras y rejas con la imagen de un old man retozando con una teen en un parque.

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