CASOS SIN RESOLVER | DECIMOQUINTA ENTREGA

Sonia Iglesias: cuando el sospechoso de un crimen se muere solo queda la "justicia divina"

La policía está convencida de que su marido, Julio Araújo, mató a la mujer gallega en 2010. El hombre murió diez años después, sin confesar el asesinato ni qué hizo con el cadáver de su mujer, aun desaparecida

Sonia Iglesias desapareció el 18 de agosto de 2010.

Sonia Iglesias desapareció el 18 de agosto de 2010. / Caso Abierto

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La última vez que la policía buscaba el cadáver de Sonia Iglesias, Julio Araújo, su marido y el sospechoso de haberla matado, estuvo allí, bajo la lluvia, inmutable y callado. Los agentes registraron el panteón familiar del cementerio de San Mauro, en Pontevedra, donde creían que podía haber ocultado el cuerpo años atrás. Fueron varias horas, pero Araújo, como durante todos los años desde que su mujer desapareció, no perdió los nervios.

Sin embargo, días después de aquel registro fallido, Julio Araújo ingresó en el hospital. Había cogido una neumonía que se complicó por el cáncer de pulmón que ya padecía y que le llevaría a la tumba en septiembre de 2020.

Julio Araújo, marido y sospechoso de haber matado a Sonia Iglesias, durante uno de los registros. / CASO ABIERTO

El cuerpo

"Aunque la justicia 'divina' se encargó de Julio, nosotros no fuimos capaces de dar justicia a Sonia ni a su familia; teníamos que haber dado a su familia el cuerpo de Sonia", se lamenta uno de los investigadores que pasaron por el caso. De hecho, lo intentaron hasta el último minuto de vida del sospechoso del crimen.

Cuando el cáncer ya devoraba al sospechoso, los investigadores le ofrecieron decir solo dónde estaba el cadáver de Sonia, su mujer. Si lo hacía, no le pasaría nada. Pero Julio Araújo murió sin hablar

Los policías y el sospechoso sabían que él iba a morir, no quedaba tiempo, ya no le importaban la cárcel ni el futuro. Le ofrecieron que dijera sólo donde estaba el cuerpo de su mujer, que lo hiciera por dar paz a la familia, a su hijo. Podía hacerlo mediante un anónimo, que una tercera persona lo contara, no quedaría rastro de su confesión. Araújo no contestó. Hasta la muerte.

Pontevedra mantiene vivo el recuerdo de Sonia Iglesias. Cada 18 de agosto salen a la calle clamando respuestas. / CASO ABIERTO

Araújo murió sin contar nada sobre el paradero de su esposa, que había decidido echarlo de casa y romper la relación con él, según descubrieron los policías encargados de la desaparición de la mujer, ocurrida el 18 de agosto de 2010 en Pontevedra.

Sonia, 38 años, madre de un niño y que trabajaba como dependienta en una tienda de Massimo Dutti en la ciudad gallega, no llegó a su puesto de trabajo aquella tarde. Su marido, Julio Araújo, que no trabajaba y tenía problemas con la bebida, fue la última persona que la vio.

Juntos hasta el final

Según su versión, que mantuvo hasta su muerte, los dos salieron de su casa, en la calle Campo de la Torre, hacia las diez de la mañana. Julio condujo el coche de Sonia, un Daewoo Kalos, hasta una zapatería en la calle Arzobispo Malvar. Luego, Sonia se bajó del coche y dejó en la tienda un par de zapatos para reparar. Regresó y se subió al vehículo, pero apenas un par de minutos después, como había un pequeño atasco, se bajó y se fue andando hacia el centro de Pontevedra. Pero Sonia no llegó a su trabajo (no faltaba nunca) y nadie volvió a verla desde aquel día, solo su asesino.

Una hora después de que Sonia desapareciera, a las 11.40 de la mañana, Julio Araújo llegó a su casa y llamó desde el teléfono fijo a un primo suyo, José Antonio. Tuvo una hora para cometer el crimen y hacer desaparecer el cuerpo. Cuando los policías le hacían ver eso, durante diez años de interrogatorios, conversaciones informales y pinchazos de teléfono, Araújo siempre respondía: "Esa hora en la que no me tienen localizado es su problema, no el mío". Hasta su muerte.

Iba a echarlo de casa

La policía descubrió que Julio Araújo tenía también un motivo. Su mujer, harta de él, que no buscaba trabajo y pasaba el día entre bares y máquinas tragaperras, le había anunciado que después de la comunión de su hijo, que se celebró el 15 de agosto, él tendría que dejar la casa familiar. El hombre no tenía dónde ir, ni oficio, ni beneficio.

Sonia, además, había conocido a un hombre, un ciudadano que pasaba largas temporadas en Venezuela, y con el que se había ilusionado para empezar una nueva vida. Ese hombre también fue investigado y los agentes bautizaron la búsqueda de Sonia, su cadáver y su asesino con el apellido de un cantante de aquel país muy famoso en España aquel verano de 2010. La búsqueda se llamó, aun no ha acabado, Operación Baute.

Durante las primeras semanas hubo múltiples batidas con amplia colaboración ciudadana GUSTAVO SANTOS

La cartera, en un poblado de droga

La primera pista sobre el destino de Sonia la dio un joven toxicómano, Francisco, que había ido al poblado de O Vao a pillar cocaína. En la cuneta de la carretera que lleva a ese hipermercado de la droga, el hombre encontró un billetero con cinco euros y la documentación de Sonia Iglesias Eirín.

Por un momento, además, la ciencia pareció ayudar a los investigadores y situó el teléfono móvil de Araújo en la zona del Monte Castrove, un lugar alejado, ideal para deshacerse de un cuerpo, pero luego se comprobó que ese dato no era cien por cien definitivo; un diez por ciento de las llamadas de móvil hechas desde otras zonas de Pontevedra pitaban en esa zona.

Un Daewoo gris

Las cámaras de seguridad de varios establecimientos del centro de Pontevedra tampoco sirvieron para resolver el crimen. Dos cámaras grabaron a un coche idéntico al de Sonia, que conducía Araújo la mañana en que ella desapareció. Iba en dirección opuesta a su casa y hacia la calle Santo Mauro, donde habían vivido juntos sus primeros años de relación, una casa abandonada entonces y que Araújo se negaría a vender pese a su delicada situación económica.

Las imágenes mostraban un Daewoo Kalos gris plata con cuatro puertas y retrovisores negros, pero no permitían ver la matrícula, de forma que esa prueba tampoco fue definitiva.

El registro de la finca en 2018 se extendió al subsuelo de la capilla de San Mauro. / G.SANTOS

La trampa del preservativo

Araújo negó siempre que su mujer fuera a echarlo de casa ni a separarse de él. Incluso elaboró una historia barroca. Dijo que no solo no iban a separarse, sino que estaban bien, tanto, que habían tenido relaciones sexuales el día de la desaparición de su mujer. Y dijo que había dejado el preservativo usado en la basura, que no había tenido tiempo de tirar. Los investigadores recuperaron el condón, pero allí solo había ADN del hombre, nada de Sonia ni de ninguna otra mujer. La policía está convencida de que fue un intento más por despistarlos.

"Sonia está muerta"

Un agente de la comisaría de Pontevedra recibió en 2016 un chivatazo que reabrió la esperanza para la familia de Sonia, que ha luchado incansable todos estos años. La novia de un hermano de Julio, el sospechoso, había estado en un restaurante de Sanxenxo. Perjudicada por el alcohol, la escucharon decir: "Sonia Iglesias está muerta, la mató su pareja, Julio Araújo. Él y su hermano la llevaron a un cementerio y la enterraron en un nicho propiedad de la familia". El hermano de Araújo confesó a la policía que había estado en el poblado chabolista de O Vao comprando droga el día que Sonia desapareció. Y el día que otro yonqui encontró su cartera en una cuneta cercana.

Mientras la policia registraba varios nichos en el cementerio en busca del cadáver de Sonia, el sospechoso aguantó en silencio, bajo la lluvia. Ese día contrajo una neumonía que debilitó mucho su salud

La familia Araújo tenía 28 nichos en el cementerio San Mauro, 17 de ellos oficialmente vacíos. Los investigadores colocaron cámaras junto a las tumbas y en la zona y acabaron registrando los nichos y la casa abandonada, que estaba muy cerca de allí. Bajo la lluvia, sin éxito y ante la mirada de Julio Araújo que aquella tarde contrajo la neumonía que aceleró su muerte.

El hijo

En enero de este año, un juzgado de Pontevedra declaró oficialmente fallecida a Sonia Iglesias Eirín, después de que el único sospechoso de hacerla desaparecer muriera sin hablar. Es la forma de que su hijo, que ya es mayor de edad, pueda recibir lo que su madre querría que fuera suyo. Todos estos años, el chaval creció, desde la desaparición de Sonia, con el que fue su presunto asesino, su padre.

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Los policías que investigaron la desaparición de Sonia Iglesias viven, algunos ya jubilados, con esa espina clavada. La justicia terrenal, ellos, falló, fallaron. Solo la justicia divina hizo su trabajo. La madre de Sonia, su suegra, llegó a encararse con Araújo y preguntarle si había encargado a alguien, "un portugués", que matara a Sonia porque pensaba que él no era capaz de hacerlo con sus propias manos. Sin respuesta.

Las movilizaciones para arropar a los padres y a los demás familiares de la mujer se suceden desde el inicio. / Gustavo Santos

Algún investigador no olvidará la mirada de Julio Araújo ante sus preguntas, sus amenazas y sus ofertas durante cientos de encuentros para que contara dónde estaba la madre de su hijo. Otro recuerda lo que contestó una noche cuando un amigo le llamó preocupado para preguntarle si se sabia algo del paradero de Sonia, su mujer desaparecida: "Sin novedad en el frente, mi teniente".