CONGRESO DE LOS DIPUTADOS

El débil, el previsible y el ausente: el 1x1 de la moción de censura de Vox

El duelo entre el presidente del Gobierno y el líder de la extrema derecha eclipsa por completo al postulante a la Moncloa

Ramón Tamames y Santiago Abascal, en el Congreso.

Ramón Tamames y Santiago Abascal, en el Congreso.

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El segundo intento de la extrema derecha de desalojar a Pedro Sánchez de la Moncloa en una misma legislatura arrancó este martes en el Congreso de los Diputados. Una maniobra abocada al fracaso, bañada de electoralismo, que deja a Vox solo, refuerza el bloque progresista y lleva al PP a la incómoda abstención. Este sería el 1x1 de los principales protagonistas.

Santiago Abascal: débil

El discurso de Abascal no ha convencido ni al candidato que propone para relevar a Sánchez. Tamames no le ha aplaudido y se ha mostrado impasible durante su regreso al escaño. Ni un apretón de manos. El dirigente de la extrema derecha ha despilfarrado sus lemas habituales, desde la inmigración hasta el negacionismo de la violencia machista pasando por el yihadismo, para tratar de cercar a Sánchez junto a sus aliados parlamentarios: la izquierda y los independentistas.

En el inicio del alegato, centrado en los ataques recibidos por impulsar una nueva moción de censura, ha exhibido la debilidad de Vox, especialmente al sostener que la opinión pública escribe "necrológicas" de su partido, una maniobra que si pretendía rearmarse, terminó mostrando falta de autoconvencimiento. Los dardos al PP, previsibles: apuntó que los populares sostienen, entre bambalinas, a Sánchez, pero, pese a la crítica, les tendió la mano y desdibujó por completo sus intenciones: "Vox no es el enemigo a batir", dijo, pidiendo así "borrón y cuenta nueva" ante su principal competidor electoral. Si con la moción los ultras buscaban despuntar ante el PP, Abascal ha terminado agachando la cabeza.

Pedro Sánchez: previsible

El presidente del Gobierno caricaturizó a Abascal para noquearle. Le tachó de ser "alguien que se disfraza de profeta", "que proclama la emergencia nacional y luego se toma el merecido reposo de 100 días para terminar montando un 'show' parlamentario" y "uno que exalta los valores militares pero que se escaquea de la mili".

Consciente de que la maniobra de la extrema derecha es un balón de oxígeno para su Gobierno, una oportunidad para que el bloque de la investidura se recosa y pase página a la disputa diaria por el 'solo sí es sí' o la ley 'mordaza', aprovechó el tiempo en el atril para estrenar el argumentario de la campaña electoral, luciendo obra de gobierno -especialmente, escudo social y pensiones- ante la potencial alianza PP-Vox tras las consecutivas citas con las urnas.

Vació de "logros" a Vox y, a los populares, les avisó de que su abstención es un primer pago, y que los ultras no se sacian con ello. No escatimó ataques a Alberto Núñez Feijóo por su ausencia en el hemiciclo y por su paso del 'no' a la abstención. Su buen tono con Tamames, al que agradeció su amabilidad, no minimizó su principal ataque: "Quiénes impulsan la moción de censura son los sucesores de Blas Piñar", le avisó.

Ramón Tamames: ausente

Tamames pronunció su discurso desde el escaño, a una distancia prudencial de Abascal, con la silla pegada a su lado izquierdo, al diputado Iván Espinosa de los Monteros. Retocó el discurso filtrado y provocó poco entusiasmo en el hemiciclo. Tras más de dos horas de espera para tomar la palabra y tras el duelo Sánchez-Abascal, no logró el protagonismo que buscaba, quedó fuera de juego. Los aplausos, guionizados, escasos y concentrados en la bancada de Vox, no llegaban ni a interrumpir su discurso.

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Se centró en disparar al Gobierno por la nueva ley del catalán en las aulas y por el sustento de los independentistas para censurar que la "autodeterminación no existe", pero su ofensiva fue endeble. Se acercó a Vox en materia de memoria histórica en una suerte de revisionismo que le sirvió para culpar a Sánchez de todos los males de España, concretamente, a su "Gobierno Frankenstein" por "no respetar la separación de poderes".

Hizo lo previsto: se presentó como un 'free rider' -llegó a interrumpir el discurso del presidente en su turno- y ni mencionó al grupo que le apoya. Pero, pese a esto, Abascal sí le aplaudió, y de pie.