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¿Cómo hacer nuestra dieta más sostenible? Seis consejos para reducir el impacto ambiental a la hora de comer

Aunque los ciudadanos no seamos los principales culpables de la crisis climática, sí podemos realizar pequeños cambios en nuestra alimentación para contribuir a la seguridad alimentaria

Activistas veganas protestan por el consumo de carne durante la Cumbre del Clima en Sharm el-Sheikh (Egipto).

Activistas veganas protestan por el consumo de carne durante la Cumbre del Clima en Sharm el-Sheikh (Egipto). / DPS/Gehad Hamdy

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J.M.C.

Temperaturas extremas, seguridad alimentaria global, aumento de las enfermedades tropicales... Entre el 7 y el 18 de noviembre, diplomáticos de (casi) todo el mundo se reúnen en la Convención de Naciones Unidas sobre cambio climático (conocida como COP27) para debatir sobre las medidas que los distintos países deben tomar para evitar el desastre climático. Un asunto que no afecta únicamente al planeta Tierra, sino principalmente a los seres humanos que habitamos en él.

Aunque los ciudadanos no seamos los principales culpables de la crisis climática, esto no significa que no podamos hacer nada para cuidar el medioambiente. Al comer, podemos realizar pequeños cambios en nuestra rutina con el objetivo de proteger el planeta. De ahí surge el término de dieta sostenible, que la FAO define como "aquella que genera un impacto ambiental reducido y contribuye a la seguridad alimentaria y nutricional, que busca que las generaciones actuales y futuras lleven una vida saludable". ¿Cuáles son estos gestos con los que volver más viable nuestra alimentación? Os dejamos aquí una serie de consejos:

REDUCE LA CANTIDAD DE CARNE

Opciones veganas, vegetarianas o flexitarianas son cada vez más populares entre los jóvenes, con mayor conciencia por la crisis climática. No es simplemente una moda caprichosa, sino una realidad ambiental: la producción de carne tiene un impacto mucho mayor que el de vegetales o cereales. El uso excesivo del agua, la sobreexplotación utilización de terrenos o el consumo masivo de vegetales para alimentar a los animales tiene su impacto. En la producción de un simple filete de ternera se consumen casi 4.000 litros de agua. Y, aunque preocupa principalmente la producción vacuna, no es la única: según un estudio de World Animal Protection, reducir a la mitad el consumo de pollo y cerdo equivaldría a eliminar 45 millones de coches de la carretera durante un año.

La ganadería intensiva aumenta el gasto energético, mientras que la extensiva ocupa terrenos que podrían ser utilizados para cultivos. El pasado julio, la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) renovó sus recomendaciones para mantener una dieta sostenible, en las que redujo el número máximo de consumo cárnico a tres raciones por semana (preferiblemente blanca, como el conejo o el pollo). No consiste en hacerse vegano ni vegetariano, simplemente se trata de reducir el consumo excesivo. Nuestro cuerpo (y nuestro planeta) lo agradecerá.

MÁS VERDES

Reducir el consumo de carne roja no implica necesariamente tener que comer menos. Para suplir sus nutrientes, podemos compensar nuestra dieta con alimentos verdes, mucho más sostenibles que los productos cárnicos. Y es que frutas y verduras tienen un bajo impacto ambiental, sobre todo si son de cercanía y de temporada.

Manzanas, peras, calabacines o berenjenas consumen muchos menos recursos hídricos que alimentos cárnicos. Además, el impacto generado por los gases de efecto invernadero se reduce. Cinco piezas de fruta y verdura al día son el mínimo recomendado por los expertos, lo que vendrían siendo alrededor de 400 gramos.

NO A LOS ENVASADOS, SÍ A LOS FRESCOS

Sí, el plástico utilizado para conservar alimentos afecta al medioambiente. Los consumimos, los tiramos a reciclar y, aunque no queramos, los mares se llenan de deshechos y la contaminación se multiplica. Pequeños descuidos acaban provocando una gran huella ecológica. Es por eso por lo que deberíamos evitar el consumo de productos envasados y, si lo hacemos, tratar de comprar aquellos que vayan empaquetados con materiales biodegradables.

Además, los productos frescos son una mejor opción que los procesados. Y si es posible realizar las compras a granel, mejor. Los productos ya cocinados suelen llevar numerosos componentes para mantener sus propiedades de salubridad más tiempo y así retrasar la fecha de caducidad, para alargar la vida útil del alimento. En los frescos, el origen del producto está más cercano y los componentes son más conocidos.

PRODUCTOS DE PROXIMIDAD

Atentos a lo que compramos. Bien sea en el mercado de barrio o en una gran superficie comercial, los vendedores traen alimentos de distintas zonas. A más lejanía, el producto provoca una mayor huella ambiental debido a la necesidad del transporte. Por eso, otro gesto clave sería fijarnos en las etiquetas: a nosotros quizás nos dé igual, pero para el planeta no es lo mismo que compremos naranjas de Valencia que de Sudáfrica.

APROVECHA LAS TEMPORADAS

No solo deberíamos fijarnos en la proximidad del producto para impulsar una dieta más amable con el medioambiente, sino que también podemos planificar la compra de alimentos según en el momento: los vegetales se suelen cultivar por temporadas, por lo que siempre será más sostenible adquirirlos en su tiempo adecuado.

Para ayudarnos a conocer cuáles son los alimentos de temporada, el Ministerio de Consumo publica en sus redes sociales un listado con las frutas y verduras recomendadas. Bajo el hashtag #ComerDeTemporada, podemos encontrar una recopilación mensual de los productos frescos que mejor se adecuan a cada época del año.

EVITA DESPERDICIAR

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Según estimaciones de la FAO, un tercio de los productos preparados para consumir se tira a la basura. El Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación calcula que cada español desperdició más de 28 kilos de comida en 2021. Pese al paulatino descenso en la cantidad de desechos eliminada, aún sigue siendo una cifra elevada, sobre todo teniendo en cuenta que miles de personas mueren de hambre al día en todo el mundo. Estos alimentos no consumidos terminan en contenedores, cuya reutilización es nula. La huella ambiental y social se queda, aunque el producto no haya sido consumido.

Queda claro que tirar comida no es sostenible, pero ¿qué hacer si nos sobra comida? No se trataría tanto reutilizar sino reaprovechar los alimentos no consumidos. Si sobra algo, lo mejor es guardarlo para otro día y consumirlo de igual manera, para lo que sería recomendable congelarla y así evitar que se ponga mala. También se puede practicar la cocina de aprovechamiento, lo que suele hacerse en el mundo de la hostelería: aprovechar los productos y no comprar más hasta que consumamos gran parte del que tenemos.