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Ilustración de Jaime Gil de Biedma.

Ilustración de Jaime Gil de Biedma. / PABLO GARCÍA

Como una flor disecada en el corazón de un libro, así encontró Salvador Clotas una postal que su amigo el poeta Jaime Gil de Biedma le envió desde Segovia hace 65 años. Ordenando su biblioteca apareció esa vieja postal viajera por el espacio y el tiempo con su inevitable carga de emoción y nostalgia. Apenas unas líneas estivales de un joven que se aburre de la vida tranquila de un pueblo como Navas de la Asunción.

Salvador Clotas vive en Barcelona, retirado hace años de la vida pública, en el piso de siempre en el mismo edificio donde vivió también Jaime Gil de Biedma hasta su muerte en 1990. Conocí a Salvador hace muchos años, cuando su amigo, el poeta y editor Carlos Barral publicó mi primera novela y me llevó a Barcelona para firmar en el día de San Jordi de 1971. A mi lado estaban mi compañero de bautismo en la narrativa Alfredo Bryce Echenique y el omnipresente mandarín de aquellos tiempos José María Castellet.

Desde entonces se forjó entre nosotros una gran amistad afianzada por nuestras comunes influencias literarias, sus periódicos viajes a Madrid desde 1982, donde fue diputado nacional por Barcelona durante seis legislaturas, el trabajo de mi mujer Rosa Pereda junto a él en la redacción de la revista europeísta Letra Internacional, y hasta una temporada estival que pasamos juntos en su casa menorquina de Maó en las proximidades del Talayot Trepucó.

Con su acostumbrada generosidad, Clotas fue junto al profesor José Olivio Jiménez el presentador en Madrid de mi primera recopilación poética publicada por Visor en 1984. Era un presentador de lujo, precedido por su prestigio en la cultura editorial catalana, primero junto a Barral en los tiempos dorados del boom latinoamericano y después decisivo en la trayectoria de la editorial Anagrama fundada y dirigida por Jorge Herralde.

Inteligente, ingenioso, lector voraz, Clotas conocía la gran literatura francesa y se interesaba en los movimientos más vanguardistas que a mi me fascinaban también. El estructuralismo fue religión fugaz de los últimos decenios del siglo pasado. Eso hizo que comprendiera, como lo hizo el propio Barral, una novela mía tan experimental como Gor, que seguramente hoy no encontraría editor. Amigo personal de Jack Lang, entonces ministro de cultura del gobierno socialista de Mitterrand, con el que compartía la idea de la excepcionalidad cultural, nos lo presentó una soleada tarde madrileña a un grupo de amigos empeñados en la regeneración cultural del país.

Mi relación con Jaime Gil de Biedma no fue tan profunda, aunque tuve algunas conversaciones con él en la que constaté su legendaria brillantez. Poeta muy admirado por muchos de mis compañeros de generación, su tono poético no me fue nunca muy próximo. Una admiración al personaje, a su valentía vital, a su amargo escepticismo, a sus textos memorísticos, pero siempre desde una distancia respetuosa.

Salvador nos ha prometido que vendrá este verano a Santander. Un reencuentro en vivo para sumar a ese otro imposible que Michael Küger soñó: "A veces la infancia/me envía una postal".

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