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El pasado 12 de octubre estuvo rodeado de ruidos mediáticos. La cacofonía llegaba de todos lados, de ambas orillas del Atlántico, tanto del más acá como del más allá. En ese río de pasiones desbordadas, de nacionalismos e ideologías trasnochadas, abundaban los adjetivos calificativos, generalmente de grueso calibre, y faltaba la mesura y la ponderación analítica.

De repente, prácticamente todos nos vimos sumergido en una discusión propia de una corrala de vecinos o de un patio de escuela, donde el que grita más fuerte parece tener la razón. Por eso, más que de discusión lo correcto sería hablar de cruce de argumentos o de un discurrir argumental por cauces paralelos.

Y si bien se podría llegar a admitir que esta es una discusión, en realidad no lo es. Ni siquiera es un debate, aunque pretenda serlo. Teóricamente se argumenta sobre una gesta de hace 530 años, aunque solo se habla de un presente con ingredientes que aluden a problemas actuales, como los derechos humanos, el genocidio, la descolonización o la pérdida de identidades colectivas.

Por si faltara algo para que todo el entramado chirríe aún más, la mayoría de estas cuestiones se dirime airadamente en las redes sociales, donde el ruido aumenta en tanto se incrementa su tráfico. Es el lugar preferido por los ignorantes para, bien amparándose en el anonimato o incluso a cara descubierta, proclamar medias verdades, hacer aseveraciones falsas como si fueran la verdad revelada o incluso proferir grandes burradas.

Fue tanto lo que se discutió que no solo no sabemos lo que se discutió, tampoco sabemos a cuál debate responder. Cruzamos argumentos de todo tipo, comenzando por el merecido o inmerecido perdón. Simultáneamente planteamos numerosas preguntas, aunque la mayoría con su respuesta incorporada: ¿Fue el 12 de octubre un descubrimiento, un encuentro o un encontronazo? ¿Fue una gesta española o europea? ¿Fue el principio de un proceso de conquista y aculturación o de liberación de unos pueblos indígenas explotados por otros salvajes opresores? ¿La expansión de los conquistadores por el Nuevo Mundo provocó un genocidio? ¿Cuál era el tamaño de la población americana antes de 1492? ¿Los territorios americanos eran colonias o solo “otros reinos”, equiparables a los dominios peninsulares?

Todo esto resume en la vigencia de la Leyenda Negra, por un lado, o de la Rosa, por el otro. Pero, a los ardientes defensores de cada postura extrema no les gusta ser asociados con ninguna leyenda y menos con burdas invenciones. Lo suyo son los hechos, duros y comprobables, frente a la falsificación y distorsión de la historia, que solo hacen los de enfrente. En román paladino, la paja en el ojo ajeno.

"Esta cacofonía no dejó espacio para la moderación, para la convergencia, para un lugar de encuentro. Era difícil, casi imposible, encontrar espacio para el diálogo"

Esta cacofonía no dejó espacio para la moderación, para la convergencia, para un lugar de encuentro. Era difícil, casi imposible, encontrar espacio para el diálogo. Al final, dado el bajo nivel del debate, uno termina conformándose con muy poco, comenzando por reconocer que gracias a compartir un pasado, una cultura y una lengua nos une mucho más de lo que nos separa.

En defensa de las posiciones más duras, el “y tú más” se erigió como una barrera contra el entendimiento. Mientras los españoles eran los seres más sangrientos y causantes del peor genocidio de la historia o quienes llevaron la verdadera fe y la civilización a las Américas, los indígenas eran brutales antropófagos, sin respeto por la vida humana u objeto de las peores prácticas contra su integridad cultural y social.

Como he señalado, por detrás gira la discusión sobre el perdón por las tropelías y vesanias de los conquistadores contra los “pueblos originarios”, despojados de propiedades y derechos. Si bien el tema no es nuevo, la carta de Andrés Manuel López Obrador al Papa Francisco y a Felipe VI, solicitando el perdón de la Iglesia católica y del Estado español a los indígenas mexicanos, colmó el vaso y abrió de par en par la caja de Pandora.

La pregunta más repetida fue, ¿qué se celebra el 12 de octubre?, aunque otra más interesante, que podría dar lugar a una reflexión más profunda, tuvo menor presencia: ¿hay algo qué celebrar ese día? Si la primera admite diferentes respuestas: Día de la Raza, de la Hispanidad, de la Resistencia Indígena, de la diversidad cultural o del encuentro de dos mundos, en la segunda solo cabe un sí o un no, aunque con abundantes matices.

"Más allá de ellos, es difícil reconciliar posturas irreconciliables. Quienes toman partido por unas u otras se creen legítimos herederos de vencedores o vencidos"

Más allá de ellos, es difícil reconciliar posturas irreconciliables. Quienes toman partido por unas u otras se creen legítimos herederos de vencedores o vencidos. Incluso sin tener vínculo alguno con su árbol genealógico. Cualquier “americano” con ocho apellidos europeos puede sentirse tentada a decir, como muchos han hecho, “fuimos saqueados por los españoles”, o algún peninsular, sin familiar americano lejano o lejanísimo, hable del gran aporte civilizatorio que “dimos a los indios”.

Si todo es presente y nada es historia será difícil dejar de lado los sentimientos al reflexionar sobre el pasado y sus consecuencias. Y si esperamos al próximo 12 de octubre para retomar la discusión, esta volverá con los mismos argumentos oxidados de los últimos años, como el vandalismo y el antihispanismo oculto detrás del derribo de estatuas colombinas. Para evitar repetir errores semejantes es necesario que confluyan las abundantes posturas más sensatas, y comenzar un diálogo que nos aleje de tanto ruido, ligado a una efeméride tomada como excusa para blindar contrapuestos sentimientos nacionalistas.   

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