ESPEJO DE PAPEL

Joan Ollé y todos nosotros

La muerte de Joan Ollé tiene antecedentes, como todas las muertes, y entre los que preceden a su propia muerte está, sin duda, la tristeza

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Joan Ollé y todos nosotros

Cuando la pandemia empezaba a agotarse de sí misma, Juan Eduardo Buenavides, escritor peruano que arraigó en Tenerife y luego se fue a vivir a Madrid, escribiendo novelas e impartiendo clases sobre cómo hacerlas, quiso agasajar a Alfredo Bryce Echenique, que estaba por la ciudad. Entonces avisó a unos amigos que son comunes y aquellos que fuimos convocados fuimos llegando con la puntualidad de sus respectivos países, uno con la puntualidad chilena, otro con la puntualidad igualmente peruana, y así sucesivamente. 

Fui el primero en llegar, pero no subí a la casa porque bajo la llovizna del tiempo indeciso, me parece que estaba empezando el otoño de 2021, me sonó en el móvil una llamada que en seguida tomé, pues era de Joan Ollé, un amigo de hacía mucho tiempo, con el cual colaboré para que él llevara a escena La verdad de las mentiras, uno de los grandes exponentes de Mario Vargas Llosa como ensayista. Sobre Joan, acusado por quienes fueron alumnas suyas de haber cometido abusos sexuales en la escuela teatral que dirigía en Barcelona, pesaba una ya larga y terrible sospecha que al fin se iba aclarando. Aunque no del todo, aunque seguían resquicios de carácter judicial, que son aún más livianos que las sospechas que la sociedad alimenta, Joan estaba ciertamente más liberado en esa comunicación que se producía, en mi caso, bajo la lluvia. 

Tan aliviado estaba, tan esperanzado en el futuro que se abría ante él, un hombre de 65 años, un gran profesor del teatro, un dramaturgo de primera división, que ya andaba con nuevos proyectos a la espera de que otros más grandes vinieran cuando detrás de aquello que le había pasado viniera para él un deseado alivio. Él quería, me dijo, juntar a escritores y periodistas que discutieran sobre lo que sabían ante estudiantes o profesionales que se concentraran semanalmente o en la red o en persona. Quería mi concurso, seguramente porque yo le había ayudado en otro tiempo en aquella tarea de levantar (como se dice en el teatro) aquel proyecto de Mario Vargas Llosa que luego, entre otros, hicieron posible en Madrid y Barcelona (y en otras capitales) Basilio Baltasar y Sergio Vila-Sanjuán, que ahora, por cierto, acaba de publicar un libro sobre la experiencia de meter en el teatro al que antes fue autor o aficionado y ahora era, como actor a tiempo completo, un intérprete que se medía con la impar Aitana Sánchez-Gijón.

Aquella fue una experiencia que nos hizo amigos. Él era un ser humano estupendo; tenía la alegría de mostrarse siempre alegre, aun en circunstancias difíciles del desarrollo de aquel proyecto. Imagino cuán difíciles fueron sus esgrimas con la denuncia que tuvo que contestar, con buenos abogados, al menos con un gran abogado, Javier Melero, que además es un escritor formidable y una buena persona.

En ese tiempo de mayor dificultad ante la vida, tuve con Joan algunas conversaciones, en las que le animaba a esperar que el futuro fuera otro. Pero en ningún caso parece luego suficiente, cuando la vida derrapa, esa mano en el hombro, pues todos nosotros, los que queremos, los que queremos querer, tendríamos que ser capaces de ir más lejos en el afecto, pues quien sufre nunca te dice del todo, no puede decirlo o no sabe, cuánto necesita esa palabra que, en las Escrituras, tiene una bella traslación, impresionante: “Una palabra tuya bastará para sanarme”.

Quién no ha sufrido calumnia, que es lo hay después de la suposición o de la denuncia; quién no ha visto empequeñecer los afectos ajenos cuando alguien te retrata del revés y va con esa melodía perversa cantando una canción de odio o de maledicencia. Joan Ollé percibió de cerca y de lejos esa tristeza, pues una de las grandes fallas morales de la humanidad es la cantidad de sospecha que se acumula cuando nadie se atreve a parar al que te viene con el añadido de suspicacia. 

Él vivió ese caballo moral de la inquina desde dentro de su oficio, se le fueron cerrando esas puertas que fueron su vida, y el alrededor se fue haciendo de alambradas a las que se refería el gran periodista Eugenio Scalfari (me lo recordaba en un mensaje directo de Twiter la periodista y profesora Chelo Sánchez) cuando hablaba del asalto a los límites de la intimidad… 

Sin que su defensa pudiera ser del mismo grosor que el ataque, me decía en esa llamada, que sería la última de nuestras vidas, estaba dispuesto a volver a la batalla teatral, tenía algunos proyectos, se abría a otros, y entre ellos quería que se produjera esa discusión sobre la vida y el periodismo, que me estaba proponiendo mientras llegaba gente a la casa de Benavides, a esperar a Bryce Echenique… No llegó nunca, se había equivocado de hora, de fecha, se había equivocado, como la paloma de Alberti… 

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La noticia de la muerte de Joan Ollé nos dejó a todos los que lo conocieron y lo trataron en estado de enorme tristeza. La palabra tristeza no es un accidente que uno se encuentra en el teclado cuando quiere describir un estado de ánimo propio, o ajeno. Es la que más dice de entre todos los adjetivos que tiene el malestar, pues el problema moral de nuestro tiempo, de todos los tiempos, es la tristeza de las personas, cómo aliviarlo, cómo combatirlo, cómo luchar contra él cuando no es sólo la justicia lo que se dirime, sino la vida. 

La muerte de Joan Ollé tiene antecedentes, como todas las muertes, y entre los que preceden a su propia muerte está, sin duda, la tristeza. Esa es la tristeza con la su rostro y su voz afrontaron la decisión de mostrar alegría cuando, por dentro, le estaba afectando la noticia peor de su vida, la más notoria, la que aquella tardenoche en que me llamó también parecía ser la inauguración de otra alegría. De la última alegría.