HE VENIDO A HABLAR DE MI LIBRO

María Zaragoza: "En una novela tan documentada, las renuncias son algo que no sólo ocurre, sino que debe ocurrir"

María Zaragoza gana el Premio Azorín de Novela con ’La biblioteca de fuego’.

María Zaragoza gana el Premio Azorín de Novela con ’La biblioteca de fuego’. / ARCHIVO

La escritora madrileña confiesa lo que tuvo que dejar fuera, no siempre con facilidad, en su obra 'La biblioteca de fuego', ganadora del Premio Azorín de Novela 2022

3
Se lee en minutos
María Zaragoza

Quizá de lo que menos hablamos los autores a la hora de promocionar un libro es de aquello a lo que hemos tenido que renunciar. En una obra como La biblioteca de fuego, que ha pasado por múltiples fases desde que comencé a escribirla y que está tan documentada, las renuncias son algo que no sólo ocurre, sino que debe ocurrir. Considero un error grave pensar que todas las piezas y los hallazgos deban entrar, con calzador si hace falta. De hecho, cuando se encuentra una pieza clave, una escena vital, un dato en la documentación que no puede faltar, a menudo este elemento nuevo desplaza otros.

Al principio de la escritura de La biblioteca de fuego, cuando no tenía siquiera ese título que tan complicado me resultó encontrar, la vida social de Tina en los primeros años treinta tenía muchísimo más peso. El brillo de los cabarés y las salas de fiestas, las tertulias intelectuales, los clubes feministas que tan bien ejercen de marco en el resultado final, formaban parte intrínseca de la trama.

En algún momento, me di cuenta de que tanta jarana descentraba la importancia de la trama: el salvamento de libros. Estos debían salvarse primero a través de una sociedad secreta ficticia —la Biblioteca Invisible— y más tarde a través de la muy real Junta de Salvamento del Tesoro. Tuve que elegir y fue duro, porque en aquellas páginas a eliminar estaba una de las escenas que más había disfrutado: las fiestas de carnaval.

Documenté durante meses qué fiestas había, dónde se celebraban, cómo era la cartelería y qué tipo de gente iba para colocar a las amigas de la protagonista en un momento divertido y laxo. Pero, sobre todo, en un momento que dibujaba la personalidad de Tina, Veva y Estrellita antes de que la guerra las transformase. De aquella escena que me llevó mucho tiempo, finalmente quedó un concepto: los 40 años de cuaresma que iban a seguir a aquellos carnavales.

La escritora María Zaragoza.

/ ARCHIVO

Si es difícil renunciar a algo que se ha disfrutado, más difícil es renunciar a aquello con lo que se tiene cierta responsabilidad. En este caso, me había propuesto contar la historia de los bibliotecarios heroicos que modernizaron nuestras bibliotecas primero, y que salvaron nuestro patrimonio después; esos invisibles y desconocidos con los que nunca se ha terminado de hacer justicia.

Cierto es que me había propuesto hacerlo a través de un personaje de ficción, pero algunos de estos personajes reales debían cruzarse con mi protagonista, Tina, y sembrar en el lector la curiosidad por sus historias, algunas de las cuales merecen su novela. Es en este punto donde tuve que hacer la mayor renuncia: renuncié a Teresa Andrés.

Cuando conocí su historia, tuve pesadillas durante meses. Me despertaba cada día a las tres o las cuatro de la madrugada empapada en sudor y viendo su rostro, con el corazón desbocado. Ella fue la responsable de las Bibliotecas Populares, la que hacía llegar los libros y la prensa a los hospitales y a los frentes.

Al acabar la guerra tuvo que exiliarse a Francia. La ocupación nazi la vivió en París, como miembro de la Resistencia, lo que hizo que tuviera que mandar a España a su hijo. Paradójicamente, España se había vuelto más segura para él que Francia.

Después de la Segunda Guerra Mundial perdió a su otro hijo. Poco después, murió ella misma de cáncer. Pero lo que más me aterrorizaba era lo consciente que fue siempre de que la habían borrado. Cuando el franquismo quiso convertir el salvamento del Tesoro en un expolio, los que lo habían realizado sobraban en el relato: había que invisibilizarlos

Cada vez que tengo ocasión la nombro: quiero que su nombre suene, aunque no sea dentro de mi libro. En un libro, por desgracia, no siempre puede ni debe tener cabida todo. Eso tuve que aceptar: que mi libro no sería la historia, sino una semilla que quizá haría brotar la curiosidad en los lectores. Que mi libro no era la respuesta sino el canal para las preguntas.

'La biblioteca de fuego'

Autora: María Zaragoza

Editorial: Planeta

528 páginas. 21,90 euros

Noticias relacionadas