Sin rastro desde el 21 de febrero de 2020

Juan Andrés, el jornalero de Almería que desapareció cuando iba a trabajar a los invernaderos

Los días previos acudió al psicólogo: "Me quieren matar" | Su familia denuncia que el juzgado tiene un retraso de dos años para poder retomar la búsqueda

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"¿Mañana hay faena?". "Sí, mañana te recojo donde siempre". Juan Andrés Barranco afirmó con un gesto. Estaba en casa de su amigo, su compañero, como cada día antes de ir al invernadero. "¿No te quedas a tomar nada?". Dijo que no, que se tenía que marchar. "Quédate a tomar algo, ¿no?". "Me tengo que ir, mañana compro yo el desayuno en el Horno". Le enseñó dinero, 40 euros. Quedaron, en el lugar de siempre, donde un coche iría a recogerlos.

Trabajaba, por temporadas, días sueltos, en los invernaderos que abundan en Almería. A sus 40 años, su vida dio un giró, trabajó mucho tiempo en la construcción, pero todo cambió cuando se divorció. Desde entonces, vivía con su madre y con un hermano, feliz, ninguna queja, pero algo en él no iba bien. Ellos, precisamente, fueron los primeros en notarlo. Hacía dos meses que estaba diferente. "Mamá, quieren matarme", "mamá, quieren que me vaya de Adra (Almería), pueblo en el que residían. Luisa, su madre, tiraba del carro como podía. Su hijo, su Juan Andrés, pasaba un mal momento.

"Mañana trabajo", le dijo a su madre antes de irse a su habitación. La mañana del 21 de febrero de 2020, todo estaba en normal, en calma aparente. Salió de casa sobre las siete de casa. Su compañero llegó a las 7:30 horas a la cafetería donde habían quedado, junto al Ayuntamiento. Juan Andrés no aparecía. No llegó. Lo llamó, no hubo respuesta. El teléfono se apagó. Dejó de emitir señal a las doce del mediodía. No ha vuelto a encenderse. 

"Empezó a tener conversaciones extrañas, decía que le estaban persiguiendo", afirma su primo.

Tímido, reservado, introvertido, "por las tardes, sobre todo los días que no trabajaba, le gustaba ir a la lonja, ver como los barcos traían el pescado, como lo descargaban. A veces, incluso, ayudaba a uno de sus amigos, que tenía un barquillo, a descargar", cuenta Juan Jesús, primo de Juan Andrés. "Su vida era muy tranquila. Trabajar en los invernaderos, tomar algo con sus compañeros, y pasear, ir por el campo, observar a los pájaros, le encantaban los pájaros".

Juan Andrés, en una foto compartida por la familia.

Apagado, desorientado y agitado. Los meses previos, Juan Andrés no era él. Sufría, tenía una sensación absoluta de que alguien le controlaba. Se agravó. "Empezó a tener conversaciones extrañas, decía que le estaban persiguiendo, que iban a por él, que le hablaba la tele, que le hablaba el teléfono", lamenta Juan Jesús.

Lo achacaron al shock y estrés del divorcio, "aunque ya habían pasado algunos años, lo pasó realmente mal". Avanzaba a pasos cortos, retomó su vida, como pudo, pero ya no era el que fue. Dos meses antes de desaparecer mostró su peor estado: "Estaban haciéndole una valoración, un estudio. Le hicieron pruebas para ver si tenía algún problema neurológico  y no encontraron nada, eran problemas mentales". El tratamiento no llegó, los resultados se los enviaron la semana que desapareció.

En su visita al médico, un par de días antes de desaparecer, pidió ayuda: "quiero que me dejes ingresado, no estoy bien", recuerda Juan Jesús. "El médico le dijo que cómo le iba a dejar ingresado, que primero le iba a hacer pruebas y cuando llegaran los resultados verían". "No dejaba de mirar sus redes sociales", sentía que todos le atacaban, que nadie le entendía. "Me quieren matar, me están controlando". En su mente, una idea constante: la de la persecución, la del asedio, "viene a por mí la Guardia Civil".

Juan Andrés con su hermano, en una foto del álbum familiar.

Una foto de su padre en la mesa de su habitación

Cuando se perdió su rastro, la alerta no tardó en sonar. Juan Andrés no regresaba a casa. A mediodía saltaron las primeras alarmas, pero su familia pensó que quizá tardaba en llegar a comer porque tenía mucha faena. Por la noche, una llamada a su móvil, apagado, confirmó lo peor. "No ha venido a trabajar", le dijo su compañero a la familia. En su habitación, en la mesa, una foto: la de su padre -fallecido-. La había tenido en las manos antes de salir.

"Después de toda la información recabada, dedujimos que esa noche no durmió", cuenta su primo. "Estuvo conectado a Internet, buscando información. No sabemos qué, porque esos datos nos lo tenemos, nos lo denegaron por la Ley de Protección de Datos. Pero estuvo toda la noche en Internet".

Denunciaron su ausencia en el cuartel de la Guardia Civil. La actuación policial tardó en arrancar. Era mayor de edad y su desaparición fue mal clasificada como voluntaria -no se tuvo en cuenta su estado mental-. La primera batida se hizo el 28 de febrero, una semana después de que se perdiera su rastro. Iniciada la investigación, llegaron avistamientos del día en qué desapareció. La geolocalización de su móvil, el punto donde se pierde su pista, llegó un mes después.

Deambulaba solo, en sentido contrario al trabajo

Las pesquisas permitieron reconstruir alguno de los pasos que Juan Andrés dio aquella mañana. Caminó, solo, en sentido contrario a la plaza en la que había quedado. "Sobre las diez, o diez y algo, lo vieron dos personas", cuenta Juan Jesús. Lo sitúan dos kilómetros en sentido contrario a donde tenía que dirigirse". Estaba bien. "Después, lo ven otras personas, dos horas más tarde, en la carretera de Adra-La Parra, que llega hasta Turón (Granada)". El último avistamiento que se confirma es a las seis de la tarde.

"Un matrimonio afirma verle desorientado, como perdido, pero sin heridas ni síntomas de necesitar ayuda". La ruta que trazan los diferentes testigos se dirige hacia la sierra.

Otro testimonio llamó la atención de los investigadores, aunque no se pudo confirmar: ya de madrugada, un hombre "afirma haber visto a una persona que coincide con las características de mi primo, pero que como era de noche, muy oscuro, no puede confirmar que es él". Estaba próximo a Turón, ya en Granada. La Guardia Civil granadina rastreo sin éxito, "se miró, por si acaso, se rastreó".

Se han realizado tres batidas en dos años para intentar encontrar a Juan Andrés.

Tres batidas, tres testigos y ninguna respuesta. Han pasado dos años y no hay más. Su familia, rota desde entonces, dibuja sobre plano la ruta que tomó Juan Andrés. La de la ausencia. La del adiós. Cada domingo baten, ellos mismos, en jornadas de mañana, los posibles pasos que dio.

Pozos y minas

Accidente, enajenación, desorientación. Las posibilidades son todas, porque no hay indicio ni hipótesis oficial. "Oficialmente del cuerpo investigador no hay nada", lamenta Juan Jesús. "Desde la última búsqueda no hay ni siquiera comunicación".

La incertidumbre da opción a todo. "Pensamos que se ha podido perder caminando en una zona escarpada. En nuestra batidas hemos visto zonas de riesgo, pozos, minas. Quizá, despistado, se ha caído y nadie más lo ha visto", lamenta Juan Jesús. "Nos lleva a pensar que pueda estar en algún pozo –que hay muchos- o en alguna zona dónde no se haya mirado o se haya podido acceder".

El imaginario de la familia, tras dos años de dolor, contempla el accidente, el suicidio, pero también se agarran a reencontrarse con él. "Es difícil, pero siempre te queda la cosa de que pueda haber tenido alguna enajenación, algún problema mental, que le haya inducido a salir de allí, y esté bien".

Baten cada domingo

La última batida oficial fue en julio de 2020. "No cuestionamos el trabajo de los agentes que han estado allí. Solo podemos agradecerles su labor, pero sí que es verdad que, para la familia, para cualquier familia, siempre será insuficiente". Les dijeron que era la última. No podían volver a buscar. Ellos no han parado. Hacen rutas y rastreos para dar con Juan Andrés.

Para afinar, para no repetir, para seguir la senda, necesitan saber qué batió el cuerpo investigador. "Pedimos el sumario y, cuando lo recibimos, vimos que las actuaciones policiales -más allá de los interrogatorios- no aparecen. Las búsquedas, dónde se han hecho, cómo se han hecho, no están", cuenta Juan Jesús.

El Instituto Armado les derivó a la vía judicial. Acudieron al Juzgado de Instrucción 2 de Berja, encargados de la desaparición de Juan Andrés. "Tras más de mes y medio sin respuesta, el procurador respondió: el juzgado lleva un orden estricto de entrada y están tramitando expedientes de 2019. Con lo cual, dos años de espera, por esa regla de tres. No podemos esperar tanto para empezar a buscar".

Mientras le juzgado responde, su familia camina como puede, buscan en zanjas, en pozos. Baten sin descanso. "Sin quitarle importancia al resto de casos, creemos que merece una excepción. Lo único que pedimos es que se agilice la gestión, que igual no sirve para nada, pero es la única esperanza que ahora mismo tenemos de encontrar a mi primo".

Juan Jesús, el resto de la famlia, buscan a Juan Andrés, pero no está. Luisa lanza un ruego, al juzgado, al cuerpo policial, "no nos abandonéis". "Ella no sonríe, no come, no vive", lamenta Juan Jesús, ha perdido más de 20 kilos, y mucha vida, desde que su hijo desapareció.

Luisa Sánchez, madre de Juan Andrés, al año de desaparecer su hijo.

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