LIMÓN & VINAGRE

Laura Borràs, formas de la locura en la política catalana

Laura Borràs en Limón&Vinagre.

Laura Borràs en Limón&Vinagre. / EPE

  •  El indiscutible mérito intelectual de Laura Borràs es directamente proporcional a su mediocridad como representante público

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 En un contexto desenfadado y festivo en pos de la normalización de la diversidad en el tórrido verano español, el Ministerio de Igualdad, que dirige Irene Montero, acaba de lanzar una campaña -no exenta de polémica por el uso indebido de la imagen de varias modelos- que pretende afianzar la loable cultura de la igualdad corporal. "Todos los cuerpos son válidos (…). El verano es para todas". Lo que pasa en las playas no debe quedarse en las playas ni ser distinto de lo que acontece en política. Igualdad para todos, para todas y para todes, y que se aplique en los escenarios arenosos de la canícula lo que con tanto esfuerzo se trata de amarrar en la vida pública.

En alguna parte dijeron que la igualdad en política se logrará únicamente cuando las mujeres mediocres consigan los mismos puestos de altura que los hombres mediocres, a lo que debería añadirse que la política igualitaria entre mujeres y hombres acabará imponiéndose cuando las primeras se imbriquen de la misma permeabilidad a la corrupción que los segundos. Laura Borràs (Barcelona, 1970), diputada y presidenta suspendida del Parlamento catalán y máxima representante de Junts, ya ha iniciado el camino. Poco a poco. La justicia ha decidido procesarla por supuestos delitos de corrupción, a saber: malversación, prevaricación, fraude y falsedad documental, por el fraccionamiento de 18 contratos por valor de 300.000 euros para beneficiar a un amigo entre 2013 y 2018 cuando dirigía la Institució de les Lletres Catalanes. El verano es para todas.

En el ámbito profesional, Borràs jamás podrá ser calificada de mediocre. Muy al contrario, es una mujer brillantísima, con currículum y experiencia sobrados de méritos, relumbrante filóloga, de vehemente y convencida vocación de enseñante y revulsivo sobresaliente de la literatura digital. Ocurre con Borràs, como tantas veces, que su indiscutible mérito intelectual es directamente proporcional a su mediocridad como representante público. No ya como líder orgánico de Junts, que allá se las apañen sus cuadros, sino como presidenta del Parlament, primero; como diputada, seguidamente; como responsable del Institut donde supuestamente se cometieron las tropelías en que muchos funcionarios públicos acaban cayendo (la ley nos prohíbe, ergo, trampeemos la ley); y finalmente, como portavoz en el ejercicio propio de su defensa, poblado de todos los errores, lugares comunes, mentiras, medias verdades y tópicos en que tropiezan una y otra vez los políticos que con sus acciones acaban decepcionando a la galería.

Yo no he hecho nada, han sido otros, ha dicho en su amparo. Lo que todos. La eterna acción, reacción para sostenella y aferrarse al machito. A la aplicación del reglamento parlamentario catalán, que establece separar del cargo a diputados por apertura de juicio oral en casos ligados a la corrupción, Borràs ha seguido el guion que tan bien conocen en Cataluña y más allá de sus fronteras, que consiste en avanzar con paso firme hacia la inextricable meta de la vulgaridad, pronunciada, hay que reconocérselo, con un impecable sentido del drama: "Me han sentenciado cinco diputados vestidos de jueces", en alusión a los componentes de la Mesa de la Cámara, miembros de ERC, CUP y PSC. O esta otra perla: "Los que me quieran muerta tendrán que matarme y ensuciarse las manos. Yo he venido a hacer la independencia, no a suicidarme por la autonomía", discurso con el que demuestra una vez más que es una autoridad en filología, pero un desengaño en política, aun a costa de dar algún resbalón en lo primero. Lo suyo es cosa de lawfare, sostiene, como si en catalán no existiera el concepto de persecución judicial, la cantinela habitual del independentismo.

Laura Borràs se autoengaña contando ‘likes’ y ‘retuits’ (suma más de 140.000 seguidores en Twitter). Su apoyo callejero no congregó a más de 300 personas"

Comienza a estar sola. Aquejada del síndrome del tamborilero del Bruch, aquel cuyos redobles retumbaban en las paredes de Montserrat haciendo creer a los franceses que el ejército español era muy superior en aquella batalla de 1808, Laura Borràs se autoengaña contando likes y retuits (suma más de 140.000 seguidores en Twitter). Su apoyo callejero no congregó a más de 300 personas, según las crónicas más optimistas. El número dos de su partido, Jordi Turull, con quien disputaba la presidencia de la formación, ha salido en su defensa [pero], aunque defiende la posición de mantenerse en el Govern, como sí exige el borrasismo recalcitrante, con Quim Torra al frente.

No le ayudan en su alegato algunos compañeros de viaje, como el diputado Francesc de Dalmases, que abroncó en un despacho a una periodista de TV-3 porque no le gustó el tono de una entrevista a la todavía entonces presidenta de la Cámara. Borràs había intentado vetar a algunos periodistas y no ser cuestionada sobre la causa por supuesta corrupción.

Lejos quedan los tiempos de aquella tesis suya de 1997 para el doctorado en Filología Románica titulada Formas de la locura en la Edad Media. Quizá ha llegado la hora de adaptarla a los tiempos.

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