En la transición

Disparos de falangistas, un carajillo en el suelo y John Wayne: el atentado que forjó la leyenda negra de 'Fachadolid'

Asistentes a un mitin de Fuerza Nueva en el Teatro Calderón de Valladolid en 1977.

Asistentes a un mitin de Fuerza Nueva en el Teatro Calderón de Valladolid en 1977. / ARCHIVO MUNICIPAL DE VALLADOLID

  • Ultras radicales de extrema derecha protagonizaron un atentado contra el café 'El Largo Adiós' en enero de 1981 que supuso un antes y un después en la oleada de ataques

  • La revista 'Interviú' acuñó el término 'Fachadolid' para denunciar la violencia de los ultras, poco numerosos, pero muy violentos

  • Historiadores insisten en que el tópico es "injustificado" y subrayan que la izquierda ha gobernado la ciudad más tiempo que la derecha

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Eran las seis de la tarde del seis de enero de 1981 y Jorge Simón, estudiante de último curso de Derecho, se desplomó al recibir el disparo en la columna vertebral. La taza del carajillo de té con ron que tomaba rodó por el suelo de pizarra mientras la veintena de clientes de El Largo Adiós corrió a refugiarse detrás de la barra. 

Jorge tenía entonces 26 años. Era dirigente estudiantil del Partido de los Trabajadores (PTE), un movimiento de extrema izquierda de tientes maoístas, y aquel día tuvo la suerte de que el segundo de los cuatro disparos solo le llegó a rozar la cabeza. 

Justo detrás de donde estaba sentado antes de caer había una fotografía colgada de una de las paredes de una escena de 'El dorado', donde John Wayne está en plena trifulca con Robert Mitchun. La imagen, con un marco negro desgastado, sigue hoy en el mismo sitio del café, frente a la catedral de Valladolid. 

"Jorge se acaba de ir ahora mismo, viene de vez en cuando a tomar un café o una caña, apoyado en su bastón, pero no le gusta hablar de aquello", suelta Celinda Castrillón, la hija del actual propietario, Joaquín, mientras suenan los primeros acordes del 'Chan Chan' del Buenavista Social Club y un grupo de amigos pide la cuenta.  

Dos jubilados toman un café muy cerca de donde se encontraba Jorge Simón en 1981 cuando recibió los disparos en El largo Adiós. A la izquierda del espejo, abajo, está la famosa fotografía de John Wayne.

/ ALBA VIGARAY

El café mantiene todavía en la ciudad cierta fama de cenáculo progresista e intelectual. Pocas cosas han cambiado, de hecho, desde 1981. Una fotografía enorme de Antonio Machado, sentado, apoyando las manos en un bastón, sigue presidiendo la barra, de apenas tres metros y medio. 

Como si fuera una pieza de museo queda una máquina registradora de la marca National datada en 1921. El rollo de papel está amarillo, macilento, víctima del humo de tantos cigarrillos fumados en el interior a lo largo de los años. Los azulejos blancos con figuras geométricas son también los mismos. 

En un recodo detrás de la barra, si uno se fija con atención, se puede leer todavía "Hay diccionario". Es de la época en la que los universitarios -esta era zona de facultades- acudían a estudiar aquí y pedían al camarero de turno poder usarlo para aclarar sus dudas. 

Pintores, músicos, escritores o filósofos eran clientes habituales, y ahora, en menor medida, lo siguen siendo, aunque es cierto que "si antes era un bar de bohemios, ahora la clientela abarca a todo el mundo", explica Celinda. Muchos, sobre todo los más jóvenes, desconocen lo que aquí pasó hace cuatro décadas. Su trascendencia sociológica.

El atentado contra el café, perpetrado por falangistas violentos escindidos de Fuerza Nueva, significó un antes y un después en un Valladolid convulso en plena Transición y se encuentra en la génesis de la leyenda negra de 'Fachadolid'. Una leyenda contra la que la ciudad sigue luchando.

El término, sin embargo, se ha quedado grabado en la memoria colectiva y, "como todo tópico, es imposible de borrar pese a que no corresponde a la realidad, sino a una memoria tergiversada", explica Asunción Esteban Recio, historiadora de la Universidad de Valladolid y coautora del ensayo 'Fachadolid'. 

Entrada de El Largo Adiós, a finales de la década de los 70, cuando abrió frente a la catedral.

/ ARCHIVO MUNICIPAL DE VALLADOLID

Es la historia del atentado de El Largo Adiós, también conocido como El Cafetín, el reflejo de una España en permanente tensión, que se desperezaba de los largos años de la dictadura entre la pasión y el miedo, y donde radicales de extrema derecha querían devolver las agujas del reloj al pasado. 

Esta historia es en verdad la historia de España, pero es una historia particular, única. 

Aquí aparecen Gregorio Peces Barba, padre de la Constitución y diputado entonces por Valladolid; Gustavo Martín Garzo, reconocido escritor -Premio Nadal- y fundador de El largo Adiós; y Alfonso Milans del Bosch Jordán de Urriés, legionario condenado a cuatro años y cinco meses de cárcel por aquel ataque a la cafetería. 

Mes y medio después, su tío, el teniente general Jaime Milans del Bosch, sacó los tanques a las calles de Valencia para apoyar al teniente coronel Antonio Tejero durante el intento golpista del 23 de febrero de 1981.  

"Tras el atentado de El Largo adiós y el que hubo contra la sede del PSOE, se produjeron una avalancha de detenciones que explican por qué en Valladolid no hubo trama civil el 23-F. No había jóvenes de extrema derecha en las inmediaciones de la Academia de Caballería, uno de los centros militares, donde los altos mandos estaban muy al tanto del golpe, porque estaban todos detenidos. El atentado fue la gota que colmó el vaso", aprecia Enrique Berzal, historiador contemporáneo y autor de numerosos libros y artículos sobre la dictadura y la transición. 

Era el 6 de enero de 1981 y la pared del local estaba decorada con numerosas fotografías de actores y escritores, como Katherine Mansfield, Carson McCullers, William Faulkner, Fernando Pessoa o Raymond Chandler, una de cuyas obras inspiró el nombre del café. 

Las habían colocado ahí los fundadores del local, estudiantes y recién licenciados que en 1978, pocos meses antes de aprobarse la Constitución, cogieron el espacio a modo de cooperativa y situaron a los que eran sus ídolos en las paredes. 

El cartel de "Hay diccionario" se mantiene en una de las paredes.

/ ALBA VIGARAY

Muchos de los fundadores, la mayoría en la veintena o incluso más jóvenes, estaban en la órbita del PCE o el PTE, que luego devino en PT; otros simplemente ansiaban la libertad, común denominador del grupo.

Entre ellos estaba Martín Garzo. "Queríamos tener un lugar tranquilo, donde poder reunirnos y hablar [...] Era un lugar para leer buenos libros, escribir y recibir a los desconocidos", escribió muchos años más tarde el novelista vallisoletano en un artículo de República 19. "No era algo banal, si recordamos cómo era entonces nuestro país. Tenía que ver con la necesidad de ser razonables en un mundo en el que nadie lo era". 

Desde que abrió el local siempre tuvo mucho éxito, sobre todo "entre determinadas gentes de izquierdas, de la bohemia; siempre había gente, siempre estaba lleno", describe José Luis Castrillón, hermano del actual propietario, que cogió el establecimiento en 1983 y que conoció bien aquella época.  

Cuenta Garzo que una vez entró un caballo y se le dio de beber en un balde, o que había mendigos que, cuando la gente dejaba de bailar entre las mesas de mármol y se echaba el cierre, bien entrada la madrugada, se quedaban a dormir en alguno de los bancos. Era un lugar que representaba muy bien el momento político que se vivía: todo podía suceder. Empezaba a haber libertad.

La ciudad era un hervidero de actividad intelectual y política, de asambleas, de manifestaciones. "Se estaba cambiando el sistema político de una dictadura a una democracia y eso aflora en todos los ámbitos, en la universidad, en las fábricas... [Valladolid tenía mucha industria: Fasa Renault, Maggie, Iveco, etc.] había que democratizarlo todo; El largo adiós era uno de esos sitios de encuentro estudiantil", asegura la profesora Esteban Recio. 

Según explica, había pequeños grupúsculos de ultra derecha, sin embargo, buscando atemorizar a la población, tratando de meter miedo: "Como no se hizo un balance de la dictadura ni se juzgó, la derecha tenía mucha reminiscencia de fuerza, de peso ideológico, y de pensar que el poder era suyo. A la universidad venían con cadenas, tratando de amedrentar", recuerda.  

En un episodio más de esa campaña del miedo, aquella tarde del 6 de enero llegaron a las puertas del Cafetín tres falangistas, Luis Alfonso Esteban Rebollo, Francisco José García Ruiz y Milán del Bosch. Este último era el jefe del grupo en un operativo que ellos calificaron como "operación de castigo" contra "drogadictos y afiliados a organizaciones de izquierda".

Fotografías de artistas y espejos decoran las paredes de El largo adiós.

/ ALBA VIGARAY

Según publicó 'El País' en su día citando la sentencia condenatoria, los ultraderechistas, de 16 y 17 años, se reunieron en las escalinatas de la catedral, próxima al bar. Tras dar una señal Milán del Bosch, García Ruiz rompió las cristaleras de la puerta del establecimiento con una barra de hierro y el líder del grupo arrojó al interior un cóctel molotov elaborado con gasolina, pero que al no tener la mecha encendida no explotó.  

Mientras tanto, Esteban Rebollo realizó varios disparos hacia el interior del local, a través de otra cristalera y dos de ellos alcanzaron a Simón. Otro impactó contra una silla, y el cuarto fue a parar a una pared.

Una de las balas le produjo un hundimiento craneal al estudiante de Derecho, aunque no llegó a afectarle el cerebro, y la otra se le incrustó en la quinta vértebra, lo que le produjo una paraplejia irreversible en la pierna derecha. Desde entonces Simón tuvo que andar apoyado en un bastón, además de sufrir dolores permanentes. 

"Si hubiera sido otro, habría quedado en silla de ruedas, pero él no", cuenta Celinda. Simón, que vive desde hace tiempo en un pueblo de Valladolid, nunca ha querido hablar de aquel atentado, señalan quienes lo tratan en la actualidad. Aun así él sí ha dejado constancia escrita, en un texto publicado en el libro 'La Transición de Valladolid', editado por Julio Martínez (Difácil Editores). 

Su relato de los hechos no suena a vengativo, aunque trata de poner el énfasis en la "pobreza moral y cobardía" de todos aquellos que cometen actos terroristas. Denuncia asimismo "el calvario judicial que vivió durante siete años" en el proceso contra "aquellos aprendices de asesino" que tuvieron "poderosas fuerzas" en su favor. 

Pero, sobre todo, destaca el recuerdo que tiene la víctima de un momento de aquel suceso, concretamente después de recibir los disparos, "una secuencia impropia de un mundo de cuerdos":

- Una décima de segundo después del atentado me encuentro tumbado, consciente, en medio de un gran charco de sangre. Con una lucidez que me desconcierta, me doy cuenta de que estoy paralizado de cintura para abajo. Pasan unos minutos, no llega la ambulancia. Pasan unos minutos más, empiezo a sentir mucho frío y, por fin, llega la policía. Se acercan a mí...y me piden la documentación. 

Simón daba a entender así la permisividad de las fuerzas del Orden con los grupos extremistas de derecha, algo que en la ciudad era conocido. Aquel ataque, sin embargo, supuso un cambio de 180 grados, generó oleadas de solidaridad y los vallisoletanos salieron a las calles para mostrar su repulsa.

Manifestaciones de los vallisoletanos en repulsa de los ataques y atentados de la extrema derecha. 

/ ARCHIVO MUNICIPAL DE VALLADOLID

"A raíz de ese atentado y el que hubo contra la Casa del Pueblo hay un relevo en la Brigada General de Información, porque Gregorio Peces Barba y Juan Colino, diputados de Valladolid, van a Madrid y piden en el Ministerio del Interior cambiar a las Fuerzas Armadas, que están en connivencia con estos grupos falangistas", recuerda el historiador Enrique Berzal. 

Según el profesor universitario, los atacantes no buscaban a Simón: "Ellos iban a por el bar, que era símbolo de la extrema izquierda, del rojerío, dicho de forma vulgar; atacaban lo que significaba". 

Tras el golpe, reivindicado por un desconocido hasta la fecha Grupos Armados Revolucionarios, los terroristas, que en verdad eran del Frente de la Juventud, una escisión de Fuerza Nueva, se reunieron en la cafetería Oxford, desde donde se dieron a la fuga. Dos de ellos fueron arrestados poco tiempo más tarde, pero el sobrino del general golpista huyó. No fue hasta 1986 cuando se entregó mientras servía para la Legión en Ronda (Málaga). 

Apenas dos semanas después de aquel atentado, los ultras de extrema derecha colocaron una bomba en la sede local del PSOE, en la primera planta de la calle General Ruiz. Quedó completamente destrozada. 

Dos ancianos murieron en el ataque contra la sede del Movimiento Comunista de 1979

Este ataque cerraba un ciclo de dos años donde se produjeron más de cien atentados, palizas, torturas, secuestros, altercados y ataques, principalmente contra sindicatos y partidos políticos o miembros de los mismos. En uno de ellos, contra la sede del Movimiento Comunista, en diciembre de 1979, llegaron a morir dos ancianos que vivían en el piso de arriba tras declararse un incendio.   

Todos esos hechos los recopiló en un artículo de 'Interviú' del 25 de enero de 1981 Nicolás Sánchez, seudónimo tras el que estaba el periodista de El Norte de Castilla Fernando Valiño. "Fachadolid ha dicho basta" era el título del reportaje. 

La entradilla rezaba así: "Valladolid es Fachadolid. Toda una ciudad vive desde hace dos años atemorizada por una banda de pistoleros, niño de papá y macarras, que todos conocen menos la policía, y que han dado pie a Blas Piñar para decir en el último congreso de Fuerza Nueva: ‘La calle es nuestra’".

Imagen del reportaje publicado en Interviú en febrero de 1981.

/ EPE

"Son momentos duros en Pucela, sobre todo para los militantes de la izquierda", narra el ex periodista de 'Interviú' Alberto Gayo en el libro 'Fuera de la ley vol. 4', escrito por varios autores. "Los muchachos fascistas más violentos están manejados por nombres ilustres de familias bien de Valladolid, acomodados terratenientes y dueños de discotecas. En ese entorno de protección es fácil venirse arriba. Obligan a los parroquianos de los bares a cantar el 'Cara al sol', dan palizas nocturnas, o torturan a hijos de militantes socialistas en un pinar. Y no pasaba nada. La Policía y los jueces acababan las pesquisas casi sin detenidos".

Para Berzal, sin embargo, el apodo, claramente "despectivo", no reflejaba la realidad de la ciudad, donde estos grupos radicales "eran minoritarios y estaban fragmentados desde el punto de vista organizativo". Su peso en una ciudad que se abría de la democracia, argumenta, era residual. 

Según explica, había multitudinarios mítines de Blas Piñar y concentraciones en recuerdo de Francisco Franco o de Onésimo Redondo, pero Fuerza Nueva y los grupos falangistas apenas llegaron al 4% de los votos en los primeros comicios nacionales. De hecho, fue el PSOE el que comenzó a gobernar desde abril de 1979, igual que lo hace ahora, con Óscar Puente en la Alcaldía. 

"Era injustificado el término, pero cosechó gran éxito a causa del impacto social de aquella violencia ultraderechista tan minoritaria como ruidosa", concluye el profesor.  

Para Esteban Recio, hay dos hechos que ayudaron a forjar esa leyenda negra. Uno, que Falange española y las JONS (las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista) se fusionaron en 1934 en el Teatro Calderón de Valladolid. Otro, que Franco diera a la ciudad la llamada "laureada" por apoyar el alzamiento y que acabaría figurando en el escudo municipal. 

"Es un emblema del franquismo. Se ha pedido varias veces que se quite, pero no se ha hecho, es algo que habría que eliminar", asegura la profesora, que recuerda que en contraposición al tópico, Valladolid ha estado gobernada más años por la izquierda (22) que por la derecha (20). "El socialista Tomás Bolaños estuvo 17 años de alcalde", recuerda. En estas pasadas elecciones del 13-F, el PSOE volvió a ser el partido más votado en Valladolid con el 32,62% de los votos. PP y Vox sumaron, sin embargo, más del 48% de los sufragios.

Celinda, detrás del mostrador, junto a la máquina registradora que data de 1921.

/ ALBA VIGARAY

El tiempo pasa y quedan pocos de los clientes de antaño de El largo adiós, aunque algunos hay. "De hecho ves como tienen hijos, y estos se hacen mayores", cuenta Celinda mientras prepara unos cafés y suenan los acordes de una canción de jazz. 

La música está medida. Las listas de canciones se ajustan al ambiente que haya en el local, pero "siempre buena música", relata la camarera, "flamenco, mucho jazz, blues, salsa cubana, rock del bueno, en plan Bowie, Killers, la Creedence...". Pero siempre bajita. 

"Es que este es un local para conversar, aquí se viene mucho a la primera copa", dice sobre un 'leitmotif' que siempre fue el mismo en El Cafetín, que hasta la pandemia albergaba conciertos, presentaciones de libros y exposiciones. 

Es la hora de la sobremesa y apenas hay movimiento. Luis, un joven abogado de pelo ensortijado, desliza rápidamente el dedo por la pantalla de su móvil mientras apura una cerveza en la barra. Sabe perfectamente que es un privilegiado de tener un local así, con esa solera, y esa historia, al lado de su trabajo.

Un detalle de una de las estanterías, donde entre otras bebidas tienen absenta. 

/ ALBA VIGARAY

"Mira, el año pasado la BBC estaba haciendo un reportaje a un historiador en esa mesa de ahí. Eso te dice mucho", señala a un lado del bar, que también es conocido por algunos clientes como El Diamante, por un vino semidulce que sirven de esa marca y que empezaron a vender porque le gustaba a la madre del actual propietario.   

"Es el mejor local, el que tiene más encanto, el más diferente", asegura Sonia, que apura el café antes de volver a la oficina, pero que desconocía la historia del atentado. "Mucha gente llega y te dice que estuvo aquel día aquí y no; si hubiera habido tanta gente no habría habido solo una víctima", relata Celina, que señala con orgullo una rosa en la estantería que un cliente les regaló por el Día de la República, el 14 de abril. 

De hecho, ese día es el número que lleva el bar en la Lotería de Navidad. "Es verdad que sigue siendo un resquicio cultureta y progresista, estamos un poco encasillados", admite al final Celina. "Es que...como yo siempre digo... aquí viene gente que piensa".  

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