Opinión | A PIE DE PÁGINA

Ángeles González-Sinde

Ángeles González-Sinde

Guionista y directora de cine

Ser un hombre

Ella, como el chico por una vez había elegido abrirse, procuró escuchar y dejar para otra sesión los razonamientos sobre la igualdad

'Barbie'.

'Barbie'.

Desde que retomamos el curso, las noches están siendo difíciles. Cuando la actividad del día cesa, sobreviene una oscuridad interna que solo se pasa fantaseando con ganar la lotería. No le falta dinero. Tiene trabajo, aunque es autónoma y todo depende de los encargos que, a decir verdad, últimamente flojean. Al menos, se consuela, su actividad no tiene grandes gastos fijos. Su estudio está en casa, no paga un alquiler por un local ni nóminas de empleados. Si fuera así, no sabe qué haría.

El otro día hizo una entrevista de trabajo. Pensó que quizá, para dormir tranquila, le convendría un cambio profesional. La cosa empezó bien. Le explicaron que estaba entre los cuatro finalistas. Pero enseguida se torció: añadieron que estaba sobrecualificada y que además los responsables de contrataciones dudaban de que supiera conectar con los gustos e intereses de la clientela joven. Traducido, es una boomer. Se equivocó en su respuesta. En lugar de ser propositiva (en las noches insomne piensa que ser propositiva hubiera salvado la situación), intentó defenderse, demostrar con palabras su capacidad, su entusiasmo, su voluntad de aprender a pesar de su larga experiencia, de amoldarse. Vaya tontería.

Solo le entra paz, mucha paz, cuando se imagina millonaria. Como si los fantasmas nocturnos fueran económicos, el espectro de la ruina que decía un psicólogo al que iba cuando tenía ingresos fijos. Se imagina haciendo los arreglos que su desgastado piso necesita, pagando los recibos de la comunidad que se han acumulado y que, por la derrama del cambio de ascensor y la subida de la calefacción, se han disparado.

Pero últimamente a la preocupación económica se ha sumado otra. Quiere llamarlo el "espectro de Ken", pero no quiere que suene a chiste. Fue a ver, por fin, Barbie con su hijo de 17 años. Es buen chico, responsable, no tienen grandes diferencias, pero pasa el día encerrado en su cuarto. Solo sale para ir al gimnasio, al partido de baloncesto, al instituto. Tanto piso para estar cada uno a su bola, se lamenta ella. No daba un duro por la película, pero era un plan para hacer juntos y compró las entradas antes de que él se arrepintiera. Para su sorpresa, salió eufórica, se rio como hacía tiempo. Sin embargo, cuando propuso cenar por ahí, advirtió su rostro tenso. ¿No te ha gustado?

Por lo visto no. Por lo visto Barbie y en especial el personaje de Ken eran la gota que colmaba un vaso que mantiene a su hijo tan desvelado por las noches como lo está ella, aunque por otras razones. Como si su joven hijo se diera por aludido con la ridiculización de la masculinidad, como si sintiera que también se reían de él y, sobre todo, que no hay alternativas para encauzar su existencia en el mundo como hombre joven porque es visto con sospecha por ser hombre y heterosexual. Ella se quedó de piedra. Se sintió fatal (tiende a sentirse culpable fácilmente): si mi hijo no se siente incluido en el feminismo, algo hemos hecho mal, pensó. Su hijo le hablaba de ghosting, de chicas que desaparecen y te dejan tirado sin dar explicaciones, de que en las apps de ligue ellas eligen, del cuidado que hay que tener para no ser tachado de machista.

Se siente invisible, desplazado, un hombre objeto, pensó, como si los roles de su lejana juventud, los chicos en posiciones de poder, las chicas esperando ser elegidas, se hubieran invertido. Sintió ternura al mismo tiempo que unas ganas enormes de decirle "bienvenido a mi historia, así hemos vivido millones de mujeres durante siglos y seguimos viviendo", pero se calló. Para un adolescente no existe la historia. El presente, su presente, lo es todo, cree que este cambio en el que le está tocando hacerse adulto es eterno. Ella, como el chico por una vez había elegido abrirse, procuró escuchar y dejar para otra sesión los razonamientos sobre la igualdad.

Pero al día siguiente, plas, surgió lo de Rubiales, ese energúmeno, ese cenutrio y sin embargo tan reconocible, tan poco excepcional. El país en llamas. Una suerte por un lado que por fin se hiciera visible lo que tantas aguantamos cada día. Pero, por otro, horror, muchos medios quedándose en la superficie, lo banal, sin profundizar. Pensó: "¿Qué hago yo con este hijo mío? ¿Cómo le explico que el problema no es ni Barbie ni Ken, sino ese complejo sistema económico, social y político que llamamos patriarcado? ¿Que el feminismo no va contra él y puede hacer su vida mejor?".

Qué cansado, además de todo, tener que ayudar a los hombres a encontrar su lugar, piensa. Y ahí está, otra noche más, sin pegar ojo.