Opinión | RENOVACIÓN PODER JUDICIAL

Gobierno de los jueces

No es posible sostener, en un régimen democrático de cooperación de poderes como el nuestro y los del entorno, que el ideal es un poder judicial autodeterminado, endogámico, elegido por sus propios integrantes

Fachada del Tribunal Constitucional.

Fachada del Tribunal Constitucional. / Alejandro Martínez Vélez / Europa Press

Quienes vivimos personalmente el tránsito de la dictadura a la democracia fuimos ilusos en diversas cuestiones. Una de ellas, la del carácter cuasi angélico de la profesión judicial, que no solo aseguraba la probidad de sus ejercientes sino que volvía irrelevante la filiación política de cada uno de ellos a la hora de actuar, de dictar sentencia. Hoy, aun manteniendo el respeto cuasi supersticioso a las togas, ya sabemos que los jueces son humanos, que tienen ambiciones como el común de los mortales, y que se dejan influir por la ideología, no solo en la formación de bloques de afinidad, sino también en sus relaciones con la política. Y, lo que es más grave, también en las sentencias, como se observa en los tribunales colegiados.

A muchos nos invade un estupor rayano en la indignación cada vez que surge con naturalidad una noticia en la que se informa de que fulano de tal ha sido absuelto (o condenado) por un tribunal colegiado aunque no por unanimidad. En estos casos, se advierte en un porcentaje muy alto de casos la fractura ideológica ya que surgen los bloques. Y supongo que muchos no podemos llegar a entender que el bien o el mal estén radicalmente en manos de la derecha o de la izquierda (o viceversa). Y nos desconcertemos cuando pensamos que tal o cual sentencia podía haber sido la inversa de haber contado el reo con un tribunal distinto.

Sentado esto, no es posible sostener, en un régimen democrático de cooperación de poderes (Montesquieu sigue rigiendo, pero adaptado a la modernidad) como el nuestro y los del entorno, que el ideal es un poder judicial autodeterminado, endogámico, elegido por sus propios integrantes. Eso sería magnífico si los jueces cumplieran la utopía de ser políticamente neutros, o si la ideología no influyera en las conductas, pero en este país los propios jueces afirman, y la observación de las asociaciones judiciales confirma, que la mayoría es conservadora. Y tomando en cuenta estas evidencias, el numantinismo demostrado por el sector conservador de la judicatura hace impensable ceder a su deseo de que “los jueces elijan a los jueces” por una razón muy obvia: los órganos colegiados del poder judicial y el TC –que no es propiamente poder judicial- no tienen que ajustarse al abanico ideológico de la judicatura sino al abanico ideológico del país en su conjunto. Y ese abanico evoluciona con el tiempo, a un ritmo distinto del anterior.

Los órganos colegiados del poder judicial y el TC –que no es propiamente poder judicial- no tienen que ajustarse al abanico ideológico de la judicatura sino al abanico ideológico del país en su conjunto"

Dicho más claramente, del mismo modo que hay una relación directa, que se renueva cada cuatro años, entre la sociedad, el Parlamento y el poder ejecutivo, es exigible un acompasamiento periódico entre la sociedad y el poder judicial. Y no hay mejor modo de lograrlo que eligiendo los jueces a sus candidatos y designando los parlamentarios a los cargos institucionales de la judicatura y de Tribunal Constitucional. Como ahora pero con mayor altura y más rigor en el cumplimiento escrupuloso de las reglas.