MONARQUÍA

La incómoda presencia del emérito

La asistencia de Juan Carlos I al funeral de la reina de Inglaterra pone de nuevo de relieve el trastorno que supone para la imagen de la monarquía

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El rey emérito llega, ayer, a la abadía de Westminster para asistir al funeral de Estado por la reina Isabel II.

El rey emérito llega, ayer, a la abadía de Westminster para asistir al funeral de Estado por la reina Isabel II. / MARCO BERTORELLO / PA WIRE / DPA / EUROPA PRESS

La presencia del rey emérito en el funeral de Isabel II, incómodamente cercano a los reyes por designio del protocolo británico, ha puesto de nuevo de relieve hasta qué punto Juan Carlos I constituye un trastorno para la imagen de la monarquía española y para la normalidad institucional. Aunque se sentara al lado de los reyes por una decisión ajena a la Casa Real española, al ser la primera vez que coincidía con su hijo en un acto oficial desde el funeral por la infanta Doña Pilar en 2020, ha opacado la participación de Felipe VI y la reina Letizia en Westminster. Y provocado interpretaciones sobre cada gesto de los implicados en la tensa escena.

Desde que se marchó a Abu Dabi, tras conocerse las irregularidades cometidas en ámbitos de su vida pública y privada, Juan Carlos es una fuente permanente de perturbación. Mientras siga en el limbo jurídico e institucional, todo lo que haga seguirá afectando a la imagen de España. La ambigüedad de su posición institucional y jurídica es un quebradero de cabeza para la Corona, al estar pendiente de una demanda por acoso en el Reino Unido formulada por Corinna Larsen que añadía morbo a su viaje a Londres.

Ya incomodó cuando pretendió volver a residir en La Zarzuela al ser archivadas algunas de las causas que se le imputaban por haber prescrito o estar protegido por la inviolabilidad. Cuando el rey Felipe VI le dejó claro que la normalización de su figura hubiera producido un daño irreparable a la Corona, aceptó seguir en Abu Dabi, pero durante su estancia en Galicia para participar en las regatas de Sanxenxo se dio un baño de masas. En la entrevista privada que tuvo luego con su hijo en La Zarzuela pareció haber entendido el mensaje de que actuar por libre era un obstáculo para consolidar la monarquía.

El padre de Felipe VIdebería adoptar un perfil discreto si quiere rendir un último servicio a la Corona

Y aunque su presencia en Londres se enmarca en las relaciones familiares entre los Borbones y la casa de Windsor, podía haber declinado la invitación o haber sugerido una ubicación distinta dentro de la catedral. Más difícil lo tenía el rey Felipe para atender a la sensibilidad de una parte de la sociedad española y a la reivindicación de la derecha del retorno del emérito intentando equiparar el hecho de que sus actuaciones no hayan sido juzgadas con que el monarca haya quedado limpio de culpa. Algo evitable de haber rendido cuentas ante la justicia o de haber emitido la Corona una valoración más firme de la actuación del antiguo jefe del Estado.

En los tiempos agitados que vivimos, Felipe VI necesita un sosiego que no le dan las actuaciones incontrolables de su padre. Juan Carlos, que jugó un papel globalmente positivo en la Transición española, echó a perder parte de su crédito durante los últimos años de su mandato. Lo hecho formará parte de su biografía, pero si quiere hacer un último servicio a la monarquía y al país, le conviene adoptar un perfil discreto, alejado de toda actividad institucional en la que esté involucrado su hijo, el rey, y que pueda ser considerado, a falta de la asunción de responsabilidades penales, al menos como un mínimo acto de contrición.

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