ANÁLISIS INTERNACIONAL

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Vladimir Putin

Vladimir Putin / EP

Es poco probable, pero podría haber una guerra en Europa. Una guerra entre Rusia y Ucrania. Rusia ya invadió parte de Ucrania en 2014, y se anexionó Crimea. Pero Putin considera a Ucrania parte de Rusia. Y, además de aspirar a recuperarla, como posiblemente también querría hacer con otras antiguas repúblicas soviéticas, quiere evitar a toda costa que entre en la OTAN.

La pertenencia a la Alianza Atlántica es la mayor garantía para un país del este de Europa de que Rusia no se atreverá a iniciar un conflicto militar. Eso lo saben bien los países bálticos, que pertenecían a la Unión Soviética y que, como Ucrania, tienen minorías pro rusas. Sus ciudadanos no duermen precisamente tranquilos, pero se sienten mucho más protegidos que los de Ucrania porque saben que el Artículo V de la OTAN garantiza que, ante cualquier ataque a su integridad territorial, el resto de países de la organización -- y sobre todo Estados Unidos -- deberían acudir en su ayuda. Y, de momento, ese compromiso es creíble.

En un artículo del pasado julio, Putin dejaba claro que Rusia no iba a tolerar una Ucrania cuya identidad nacional fuera anti-rusa, por la sencilla razón de que, según su visión, rusos y ucranianos son un mismo pueblo, con la misma historia, la misma lengua y la misma religión.

Pero más allá de que finalmente los más de 100.000 soldados rusos ubicados en la frontera ucraniana avancen, algo que la inteligencia estadounidense ve como probable pero que todavía es bastante incierto, para los europeos lo más relevante es entender qué quiere Rusia.

No es fácil dejar de ser una gran potencia, y menos todavía sentirse humillada. Pero eso es lo que siente una gran parte de la población rusa. El relato dominante, alimentado por Putin desde su llegada al poder hace más de dos décadas, es que, con el fin de la guerra fría y la disolución de la Unión Soviética en 1991, las potencias occidentales incumplieron sus promesas de respetar un perímetro de seguridad para Rusia y expandieron la OTAN (y también la UE) hacia el este.

Durante aquella última década del siglo XX, en la que la hegemonía estadounidense campaba a sus anchas y se hablaba del triunfo del modelo liberal de capitalismo y democracia, en Rusia, la transición a la economía de mercado dio lugar a la oligarquía, a un colapso de la producción y el país terminó haciendo un inesperado impago de su deuda pública en 1998. No era el modo en el que los rusos tenían previsto ser tratados tras más de 40 años de ser una de las dos súper-potencias mundiales.

Desde entonces, el objetivo de Rusia ha sido levantarse, recuperar su espacio geopolítico y su influencia, y hacer lo posible por resistir la hegemonía liberal, el multilateralismo y la globalización, tan queridas por los europeos y que hasta hace tan solo algunos años parecían constituir un modelo incontestable. Para ello, Rusia disponía de gas y petróleo, capacidad militar y un potente aparato de desinformación, pero sabía que no tenía demasiado tiempo: Al contrario que China, Rusia no es una potencia emergente sino en declive, con una demografía menguante y una economía basada prácticamente en el monocultivo de los hidrocarburos, que tienen sus días contados por la amenaza del cambio climático (el PIB de Rusia, para que se hagan una idea, es menor al de Italia).

Pero poco a poco el escenario internacional fue favoreciendo a Rusia. La crisis financiera global, el aumento de la desigualdad, el auge de China y la creciente rivalidad geopolítica entre grandes potencias hicieron que tanto las estructuras de cooperación internacional como las democracias occidentales se fueron agrietando. El Brexit y la elección de Trump fueron las señales más visibles y, en 2019, Putin declaraba que el modelo liberal estaba obsoleto y había perdido su atractivo. Al mismo tiempo, intentaba hacer todo lo posible para desestabilizar y debilitar a la UE y a Estados Unidos fraguando lo que ya conocemos como guerra híbrida (noticias falsas, ciberataques, manipulación de flujos de refugiados…).

Así, por ejemplo, Rusia contribuyó mediante la desinformación a la victoria de Trump en Estados Unidos en 2016 y también hizo lo propio en Cataluña en 2017 (evidentemente, a Putin no le interesa la independencia de Cataluña, pero sí le interesa generar caos interno tanto en España como en la UE).

Putin juega con ventaja

En realidad, como subraya el historiador Timothy Snyder, en un mundo en el que la ley de la selva va sustituyendo al derecho internacional, la cooperación multilateral y la diplomacia, Putin juega con ventaja. Es quien más preparado y más dispuesto está a usar todas las herramientas de la realpolitik para lograr sus objetivos, y además es admirado por muchos líderes de extrema derecha.

A esta Rusia autocrática sólo la detiene el lenguaje del poder, que sí habla la OTAN pero que la UE todavía está desarrollando, y está por ver hasta dónde le disuaden las amenazas occidentales de sanciones económicas mientras Europa del este sea dependiente del gas ruso.

En definitiva, Rusia gana peso en el escenario internacional y debemos acostumbrarnos a que torpedee las iniciativas de cooperación, fomente la confusión y el caos, intente debilitar internamente a las democracias liberales e insista en hablar en bilateral con los países europeos, siempre dispuesta a romper la baraja y a usar herramientas de poder duro que hasta hace bien poco considerábamos propias de un mundo anárquico de imperios rivales que en Europa creímos haber dejado atrás. El invierno en el este de Europa va a ser largo y frío.

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