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Senadores

Juan Espadas y Feijóo se escañan en la Cámara. No sabemos si la revitalizarán o sestearán

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El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóoy el portavoz del Grupo Parlamentario Popular en el Senado, Javier Maroto, en el Senado.

El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóoy el portavoz del Grupo Parlamentario Popular en el Senado, Javier Maroto, en el Senado. / Europa Press

Se ha dicho muchas veces que el Senado era un cementerio de elefantes o de dinosaurios, un retiro plateado para que se asentaran culiferros, gentes en el ocaso de su vida y carrera o jarrones chinos con dudosa aparcabilidad.

Pero aparte de que ahora en el Senado hay savia joven y briosa, resulta que también se escañan en tan histórica cámara, los que aspiran a un gran futuro. El Senado como vivero y no como moridero. Juan Espadas y Feijóo, por ejemplo. El equilibrista gallego necesita un sueldo y un escaparate y un lugar en el que confrontar con Sánchez. Bueno, también necesitaría que Vox de Castilla La Mancha no le jodiera la campaña andaluza al PP. Por su parte, el aspirante a la presidencia de la Junta por el PSOE también necesita un sueldo y un rango protocolario para que en los actos institucionales no lo sienten en la décima fila como si fuera el portero de la finca o el que viene a dar un recado.

Y ahí están los dos, tiernos aspirantes a no aspirar y aspirantes a estar poco en el Senado. Pero paradójicamente dando impulso a esa institución, que en el imaginario del españolito medio es como el olimpo o el cielo pero sin tener que hacer los cien metros lisos ni mucho menos una maratón. Sin tocar el arpa con túnica blanca siquiera.

El Senado no es para el que se lo trabaja pero sí estación de paso para el poder o pasaporte para intentar otras más altas magistraturas. Aún recuerdan en esa Cámara los desvelos de un muy anciano Fraga, que ya de vuelta de todo y jubilado de la presidencia de la Xunta, llegaba cada mañana al alba y trabajaba en iniciativas y en estudiar leyes y reglamentos y debates hasta bien entrada la tarde, volviendo locos a los funcionarios. No es el caso de Feijóo ni de Espadas. Que trabajar trabajan, sí. Para sí mismos. Sus señorías.

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