4
Se lee en minutos
Un grupo de migrantes en la frontera venezolana.

Un grupo de migrantes en la frontera venezolana. / AFP

La situación en América Latina es preocupante, con escaso margen para el optimismo. A la complicada herencia recibida, centrada en un mediocre crecimiento económico y en la creciente desafección con la democracia hay que añadir los devastadores efectos de la pandemia. En los meses previos a la llegada del COVID-19, especialmente en el segundo semestre de 2019, una ola de protestas se extendió por la región. Con ella afloraron las contradicciones de unas sociedades fracturadas junto con la gran frustración de las nuevas clases medias que tomaban buena nota de la inviabilidad de sus demandas políticas y sociales.

Por supuesto que América Latina es diversa, con grandes diferencias entre sus países y regiones. Por poner solo dos ejemplos extremos, no son lo mismo Brasil que Honduras ni México que Paraguay. Sin embargo, estableciendo las debidas cautelas y desagregando lo necesario es posible generalizar para entender lo que ocurre. Desde esta perspectiva, y de un modo muy sintético, se puede afirmar que América Latina es una región fragmentada, heterogénea y signada por una elevada incertidumbre. Pero, como en tantas otras cuestiones, América Latina no es una excepción en un mundo atribulado por el resurgir del populismo, los avances del autoritarismo y la emergencia de “democracias” iliberales.

"América Latina no es una excepción en un mundo atribulado por el resurgir del populismo, los avances del autoritarismo y la emergencia de “democracias” iliberales"

La heterogeneidad responde a los resultados de los procesos electorales de los últimos seis o siete años. Hoy América Latina vive un intenso ciclo electoral. Entre 2021 y 2024 todos los países de la región, salvo Bolivia que lo hizo a fines de 2020 y Cuba, por motivos obvios de su peculiar sistema político, deberán elegir a sus nuevos presidentes. A esto se suman elecciones de todo tipo, como las parlamentarias de medio término del próximo noviembre en Argentina o las regionales venezolanas, a celebrar una semana después, sin olvidar las locales y municipales, junto con referéndums y plebiscitos varios. Los problemas ya señalados, como la crisis económica y la baja confianza en las instituciones, junto con la pandemia, siguen impulsando un potente voto de castigo, o voto bronca, que afecta principalmente a los oficialismos, dando igual su origen político o ideológico.

Los resultados electorales han dibujado un mapa regional difícil de ensamblar. Por no existir, ya no existen los ilusorios “giros” del pasado, ni a izquierda ni a derecha. Esta situación se superpone con la crisis venezolana, que en vez de dividir a América Latina en dos bloques irreconciliables la ha troceado en múltiples partes. Esto dificulta los consensos necesarios para avanzar tanto en la agenda regional como en la internacional.

Se puede afirmar, con escaso margen de error, que la integración regional atraviesa un momento crítico, como prueba lo ocurrido con las vacunas. Más allá de que la UE, Estados Unidos, Rusia y China las hayan acaparado inicialmente, los gobiernos regionales fueron incapaces de coordinar sus políticas no solo para comprarlas conjuntamente o para posicionarse mejor ante la iniciativa Covax, sino también para planificar ensayos comunes o para aprobar (o limitar) de forma coordinada la aplicación de determinados fármacos.

Si la pandemia fue la oportunidad para reforzar la cooperación y el diálogo intergubernamental, los mandatarios regionales, con sus agendas limitadas y sus discursos cortoplacistas, la terminaron dilapidando. Este diagnóstico también está comprometido por el grave estado de las instituciones de integración. La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) atraviesa una fase de irrelevancia, como muestran los mediocres resultados de su última Cumbre, pese a los esfuerzos de su anfitrión (o quizá por ellos), el presidente mexicano López Obrador.

Tampoco es mejor la situación de los dos grandes bloques económicos, Mercosur y la Alianza del Pacífico, lastrados por problemas internos. Nuevamente afloran las tensiones entre los defensores de una mayor apertura comercial y los proteccionistas. El enfrentamiento entre Argentina y Brasil va mucho más allá de los feroces desencuentros entre sus presidentes. Por último, las organizaciones políticas más señeras, como Unasur, el ALBA y Prosur, son zombies incapaces de articular políticas coherentes.

Si a esto le sumamos la desigualdad, la informalidad, la corrupción, el narcotráfico y la inseguridad el diagnóstico es serio. Por supuesto que la realidad es mucho más compleja e incierta, pero hay margen para la esperanza. Desde esta perspectiva la reconstrucción post-COVID y la apuesta por el Pacto Verde, la renovación de la matriz energética y la digitalización son trenes que no se deberían perder. Pero esto dependerá básicamente de las alianzas que se tejan en cada país, junto al compromiso de sus elites, de todas ellas, con sus sociedades. De este modo, la vigencia de un nuevo contrato social será la gran clave del futuro inmediato.

Noticias relacionadas