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Viaje a la geografía inventada por la literatura

¿Qué ocurre cuando un grupo de escritores y fotógrafos sale en busca de lugares que sólo existen en las páginas de una novela?

Alrededores de Drew (Misisipi), Estados Unidos, la zona que inspiró la Yoknapatawpha de Faulkner.

Alrededores de Drew (Misisipi), Estados Unidos, la zona que inspiró la Yoknapatawpha de Faulkner. / Rex Miller (Cedida por Ediciones Menguantes)

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Víctor Núñez Jaime

Una tarde de calor sofocante, el periodista Luis Fernández Zaurín hizo una pausa en su recorrido por las polvorientas calles de Tuxcacuesco, un pueblo dejado de la mano de Dios en el interior del estado mexicano de Jalisco. Había llegado hasta allí dispuesto a encontrar Comala, la zona donde trascurre Pedro Páramo, la célebre novela de Juan Rulfo que sentó las bases del realismo mágico. Guardó su cámara de fotos en la mochila, se sentó en el tranco de una puerta y enseguida vio acercarse a un hombre arrugado y sin dientes. Ambos se dieron las buenas tardes y Fernández Zaurín —la insolación instalada en la cabeza calva y colorada— le peguntó al anciano por un tal Pedro Páramo. “No lo conozco en persona, pero he oído hablar de él”, le respondió con total naturalidad, muy serio y de sí mismo. “Tiene muchas tierras, se podría decir que casi todo el pueblo es suyo, pero apenas viene por aquí.”

¿Hasta qué punto puede la ficción modificar, alterar o influir en la realidad? ¿En qué medida puede una geografía concreta ser la base real de un mundo fantástico? Guiados por estas preguntas, un grupo de escritores y fotógrafos salió en busca de los territorios donde autores como Juan Carlos Onetti, Andrea Camilleri o Juan Benet situaron las historias que contaron en sus libros. Sabían, de antemano, que ninguno de esos sitios existía, por lo menos tal y como fueron descritos por sus creadores pero, como dice el escritor de viajes Gabi Martínez, miembro de este batallón de exploradores de la imaginación, todos se dispusieron a “narrar una realidad construida con seguridades falsas”. Sus crónicas o cuentos o ensayos, y sus mapas e instantáneas en blanco y negro, resultado de esa aventura, han sido reunidos en Regiones imaginarias (Ediciones Menguantes), una antología que convierte en cercanos y tangibles un puñado de lugares ficticios de la literatura contemporánea.

“El proyecto surge de las incansables conversaciones recurrentes que manteníamos acerca de aquellas regiones imaginarias que se dejaban entrever en las páginas de ciertos libros que nos habían transportado a lugares tan vividos como transparentes”, explican en el prólogo del volumen los periodistas Bernardo Gutiérrez y Luis Fernández Zaurín, quienes tomaron como referencia la Guía de lugares imaginarios, del escritor, traductor y editor argentino Alberto Manguel. “Fue una pequeña brújula inicial que nos ayudó a definir nuestros márgenes: mientras que los mundos recogidos por Manguel estaban despegados de la realidad, las regiones que más nos fascinaban a nosotros tenían, de alguna manera, un ancla en zonas concretas del planeta. Por poner un ejemplo: Mordor, de El señor de los anillos, no nos servía; Región, presente en muchas obras de Juan Benet, sí. Este criterio, junto con el de intentar reunir geografías de culturas diversas, fue clave a la hora de seleccionar las regiones imaginarias para el proyecto”, destacan este par de cronistas veteranos.

Macondo, epicentro de la obra de Gabriel García Márquez, tiene clarísimas resonancias caribeñas; Comala, como dejó escrito Juan Rulfo en Los murmullos, antecedente de Pedro Páramo, está inspirada en Tuxcacuesco, un pequeño pueblo de Jalisco; Santa María, de Juan Carlos Onetti, es un espejo de ciertas áreas de Montevideo y el Río de la Plata; en Vigata, de Andrea Camilleri, se degustan los mismos platos que en Sicilia, por lo que resulta fácil deducir su ubicación; Región, creada por Juan Benet, esta supuestamente situada en las inmediaciones del rio Porma, al norte de la provincia de León, aunque no falte quien la adscriba al Bierzo; Yoknapatawpha, de William Faulkner, es reconocible en diversos rincones del Misisipi estadounidense, y en el condado de Lafayette en particular”, especifican los dos coordinadores de esta miscelánea de Regiones imaginarias.

El libro contiene, además, los mapas elaborados por José Luis González Macías que, después de documentarse y leer los textos de sus colegas, dibujó lo que él mismo denomina mapas subjetivos. “Faulkner, Benet y Narayan sí dibujaron mapas de los territorios que crearon y yo los tomé como referencia, pero los demás tuve que imaginarlos completamente”, apostilla el diseñador e ilustrador. “Me documenté y al final hice un mapa subjetivo. O sea: tuve como base una cartografía real y luego, por encima, jugué con la imaginación. No sirven para ir sobre el terreno, pero sí para aterrizar la imaginación.”

Malgudi es el escenario de la mayoría de las obras del escritor indio R. K. Narayan, reconocido por ser capaz de captar la realidad social de principios del siglo XX en su país con novelas como Swami y sus amigos. Él mismo dijo que limitarse a pensar que Malgudi es una aldea en el sur de la India es una verdad a medias: “Sus características son universales y puedo detectar personajes de Maguldi incluso en Nueva York.” La encargada de localizar el mítico lugar fue la periodista Elisa Reche, quien trabajó como corresponsal en Asia para varios medios españoles. “Recorrí buena parte del sur de la India donde, a diferencia del norte, la vida transcurre con más calma y parece que hay una resistencia a la modernidad. Al final, bueno, no encontré Maguldi, pero pude reconstruirla con varios retazos de esa zona y también haciendo un ejercicio de memoria de mi etapa asiática”, cuenta ahora la actual directora de la edición murciana de eldiario.es.

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En busca de Santa María, trazada por Juan Carlos Onetti, llegó a Uruguay el narrador Use Lahoz. “La obra de Onetti es especial por su escenografía, ambientación y lentitud. Es un escritor diferente, con un estilo propio, repite la ubicación de sus historias y eso lo vuelve identificable al instante. Yo hice mi propia recreación de Santa María, pero cada uno puede recorrer el Río de la Plata y hacer la suya”, dice Lahoz. “Al igual que los autores que crearon territorios imaginarios, Onetti demostró que la realidad es digna de ser novelada, que la ficción es determinante para el conocimiento y el entretenimiento del lector, y también para que integre un lugar a su vida.”

Algunos de los textos del libro fueron publicados por primera vez en un sitio web creado en 2017. “A partir de ahí este proyecto fue consolidándose. Ahora estamos planeando hacer un libro sólo enfocado en la España imaginaria, porque la literatura de este país ha dado muchos sitios inventados por autores como Leopoldo Alas ‘Clarín’, Luis Mateo Díez o Antonio Muñoz Molina”, adelanta Bernardo Gutiérrez, quien para este libro se encargó de ir en busca de Macondo. “Es una creación de Gabo, pero hay gente que cree que vive en Macondo o que dice que conoció a los personajes de Cien años de soledad tal y como Gabo los describió”, cuenta sobre su experiencia viajera. ¿Por qué resulta tan verídico el retrato de un lugar desde el prisma de la fantasía? “Porque las grandes historias nos llevan a lugares auténticos”, responde el periodista Luis Fernández Zaurín. “Yo recuerdo que la primera vez que leí Pedro Páramo sentí miedo. A media novela descubres que todos están muertos y eso me revolvió. Pero, al mismo tiempo, me dieron ganas de conocer ese lugar. Bueno, pasaron varios años hasta que logré mi propósito, pero hoy puedo decir que conozco Comala.” 

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