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ENTREVISTA

Javier Limón: "Alejandro Sanz vende el Vicente Calderón en 20 minutos. Ningún artista de reguetón es capaz de eso"

El productor que más ayudó al auge que el flamenco y el jazz latino vivieron en la primera década de los 2000 publica sus memorias. Una ventana a una carrera llena de grandes nombres en la que no han faltado los premios, las amistades de todo tipo, algunos errores y muchos viajes persiguiendo sonidos a lo largo del mundo. A veces, cargado con una báscula.

Javier Limón, en el bar Válgame Dios, donde se celebró la entrevista.

Javier Limón, en el bar Válgame Dios, donde se celebró la entrevista. / Alba Vigaray

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No es fácil seguir a Javier Limón. Al músico madrileño le cuesta soltar el móvil y habla con la misma velocidad y entusiasmo con los que parece haber discurrido toda su carrera. Solo en las próximas semanas, la promoción de su nuevo libro y su trabajo con diferentes artistas le harán pisar Madrid y Barcelona, Nueva York, Boston y Miami, Serbia y Estambul, entre otros lugares. El ritmo frenético de siempre. Con apenas 30 años, Limón era probablemente el productor más solicitado del país, artífice junto a su amigo Fernando Trueba de un disco legendario como Lágrimas Negras (2003), un destilado de flamenco y latin jazz que firmaron Bebo Valdés y El Cigala, que vendió dos millones de copias y que le valió su primer Grammy Latino (hoy cuenta ya con 10). Estos días, a los 49, publica sus memorias, las que corresponden a esta primera fase de su vida musical que ahora se cierra.

Por no parar, no ha parado ni durante la pandemia, en la que ha seguido cruzando el Atlántico con frecuencia desde Boston, donde reside con su familia desde hace años y es profesor del Berklee College of Music, probablemente la universidad musical más prestigiosa del mundo, hasta Madrid, ciudad en la que mantiene casa y una de las sedes de su estudio de grabación. Tener la célebre Green Card, la tarjeta de residencia permanente en EEUU, le ha permitido sortear bastantes restricciones. En Berklee ha fundado y dirige el Mediterranean Music Institute y la iniciativa Berklee Latino para estimular el conocimiento de la que es su especialidad: las músicas de raíz de las cuatro esquinas del planeta, desde Andalucía hasta Perú y Oriente Medio, con especial acento en el flamenco y en los sonidos de la gran comunidad cultural iberoamericana.

En sus Memorias de un productor musical (Debate), Limón recorre los diferentes momentos que le han llevado hasta lo que es hoy. Y que arrancan con el chaval de la Colonia del Manzanares que tiene sus primeros contactos con el flamenco durante los veranos en la casa familiar de un pueblo de Huelva, que pasa a regañadientes por el conservatorio y que descubre el rock estudiando un año del bachillerato en EEUU. El universitario que retoma el contacto con los cantes y las bulerías por un amigo de la tuna de la escuela de Ingenieros Agrónomos, la carrera que abandonó porque le llamaba la música y porque “enseñaban a torturar animalitos, como inyectarle a una vaca su peso en agua”.

Sus mentores en el flamenco fueron primero Pepe de Lucía y luego el hermano de este, Paco. Fundó su estudio Casa Limón a principio de los dos miles en un viejo almacén de peletería en el barrio de Batán, donde puso ladrillos y pintó paredes con sus manos. Allí ha grabado sus propios discos, pero sobre todo por allí han ido pasando todos esos nombres con los que ha colaborado y que han engalanado su carrera: además de Bebo y de El Cigala, Paco de Lucía y Enrique Morente, Andrés Calamaro, Jerry González, Buika, Serrat y Sabina en su disco juntos, José Luis Perales, la flamenca Montse Cortés, la fadista Mariza o la sitarista británica de origen indio Anoushka Shankar, entre muchos otros.

De todos ellos está salpicado de anécdotas el libro, donde se relata mucho del trabajo realizado en el estudio pero en el que Limón también rememora sus noches en locales como el Candela o el Café Berlín, los viajes por medio mundo y sus aventuras en la radio o la televisión. Eva, su mujer, y su amigo Toni Garrido le dicen que ha contado demasiado. “Me preguntan que por qué he metido los errores, como cuando perdí unas voces que había grabado de Morente [el cantaor estuvo un mes sin hablarle], o cuando le coloqué mal los micrófonos a Paco de Lucía”. Él considera que ha contado lo que tenía que contar, aunque se ha guardado cosas “que podrían hacer que alguien se sienta mal” o que podrían dejarle mal a él. “Porque todos tenemos cosas que ocultar, ¿no?”, pregunta con sorna.

Después de leer su libro, da la sensación de que la mejor época del flamenco ya ha pasado. ¿Es así?

Yo creo que va por épocas. El cante flamenco tuvo su mejor momento con Tomás Pavón, la Niña de los Peines, Vallejo… aunque el mejor de la historia me sigue pareciendo Camarón. La guitarra, con Paco de Lucía y alrededores (Vicente Amigo, Tomatito…). Y el baile, ahora. Farruquito es el mejor bailaor de la historia, y la parte vanguardista con Israel Galván, Rocío Molina, etc, está también muy modernizada. Dependiendo de la disciplina, ha habido épocas. Pero también creo que ahora, puntualmente, como se han ido de golpe Morente y Paco, hay una sensación de vacío similar a cuando se fue Miles en el jazz, o Piazzola o Gardel en el tango… Cuando Messi deje de jugar, habrá un espacio hasta que aparezca otro. Eso es normal, los liderazgos conllevan esos pequeños momentos de vacío.

¿El flamenco tiene la reputación y el cariño popular que merece?

El flamenco siempre ha tenido un aspecto muy popular en España: Lole y Manuel, Los Chunguitos, Ketama, Niña Pastori… La sensación de que es parte de la sociedad y de la cultura. Pero por otro lado, sí que internacionalmente ha habido épocas en las que Carmen Amaya hacía películas en Hollywood y era amiga de Marlon Brando, y Paco de Lucía hacía 40 conciertos en EEUU. Ahora no hay ningún artista flamenco, ninguno, que haga una gira como esa en EEUU. Así que yo creo que ahora mismo hay un momento de impás. Hay que esperar que los grandes nombres como Kiki Morente, Israel Fernández, José del Tomate, etc, cojan su sitio. Porque talento hay para que, con un poco de experiencia, se consoliden internacionalmente.

Paco de Lucía ha sido su maestro, su mentor y su amigo, pero cuenta que le trataba distinto en privado y en público. ¿Cómo era eso?

Lo digo en positivo: Paco tenía un encanto personal entre nosotros, cuando estaba con sus amigos, que luego, como era tan genial y tan serio tocando, podía aparentar, como Fernando Fernán Gómez, que era un tipo serio. Pero era muy bromista, muy cachondo. Y creo que la gente no sabe eso de él.

Javier Limón con Paco de Lucía.

/ Cedida

Es muy divertida la historia de cómo le compra un ordenador a Paco de Lucía y le enseña a manejar el Protools [un programa de edición musical]. De repente, todos los flamencos, muchos ya con una edad, le empiezan a pedir lo mismo, y ahí están los músicos más analógicos del mundo haciendo su transformación digital.

Un flamenco no sabe leer ni escribir música. Tú en una partitura ves que si una cosa está más arriba es más aguda y si está más abajo es más grave, y de izquierda a derecha ves la duración del ritmo y del tiempo. Gracias al Protools, ellos pudieron ver lo mismo. Y ver la música es una experiencia bonita porque puedes dejarla plasmada sin tener que grabarla todo el rato, o memorizarla. Es una manera de escribir música, con todo lo que ello conlleva. Y aprendieron rápido. Los flamencos son gente de calle. Al final, se apañan.

Hubo unos años, sobre todo durante la primera década de los 2000, en que su nombre se convirtió en el gran sello de calidad de la música española. Todo lo que tocaba era bueno, o al menos lo parecía. ¿Lo vivía así?

Yo no paraba de trabajar. Lo de la calidad lo he entendido siempre como fruto de las cualidades físicas objetivas. Una mesa tiene su peso, su porosidad, su brillo, su volumen... Si pesa 20 kilos, no pesa 24. En la música, la armonía, el ritmo, los textos, la estructura o el arreglo son cosas que se deben cuidar. Hubo un momento, a raíz de Lágrimas Negras, en que mucha gente vio que se podía hacer música con calidad y cuidada, sin depender del sonido comercial que la música anglosajona nos marcaba. Y se hicieron unos cuantos discos que estaban muy bien. A mí me encantaba ver a Jerry González tocando en un disco de Luz Casal o a Horacio el Negro acompañando a Perales.

Todo aquello le pilló muy joven, no tenía ni 30.

Sí, empecé muy joven. O no tanto. Como dicen en inglés, “he’s not that young”. Mi hijo con 16 sacó su primer disco, y con 19 va a sacar el segundo. Joven es Billie Eilish, que tiene 20 años ahora. Así que era joven relativamente, ha habido gente más precoz que yo.

En el libro habla mucho de aquel Madrid de los primeros 2000s como un Madrid en plena ebullición musical. ¿Este Madrid de la “libertad” de Ayuso está teniendo algún impacto en lo musical?

Madrid siempre ha tratado bien a la escena musical nocturna, no creo que sea para reivindicar como algo nuevo ahora. En los 2000 había una jam session cada día. El domingo en el Barco, el miércoles en el Cardamomo, en el Café Berlín a diario… Ahora el nuevo Café Berlín está lleno todos los días también. Yo creo que, al margen de la pandemia, Madrid es una referencia mundial de vida. La libertad de Madrid la provocan los madrileños o la gente que vive en Madrid, no creo que nadie esté haciendo una gestión extraordinaria para que Madrid sea o no sea libre.

¿Pero musicalmente cómo ve a la ciudad?

Salgo mucho menos que antes. Pero creo que quizá había un poquito más de inquietud en aquella época por la parte que a mí me toca del flamenco y del latin jazz.

Dice en el libro: “mantenerme callado y sobrio en un estudio de grabación, es tarea de arduo sacrificio para un servidor”. Entre eso de día y las juergas de noche, debió de pasar unos años fino…

Pero porque era joven. Antes me podía tomar un litro de vodka y estaba perfecto. Ahora me tomo dos tequilas y tengo que dormir cuatro días. Nunca he probado las drogas porque no me han interesado, pero bueno, yo lo que sé es que he trabajado mucho mucho, muchas horas, y también me lo he pasado muy bien, trabajando y sin trabajar. Esa combinación es posible.

En el estudio, ¿había mucho alcohol y mucha droga?

Con total seguridad, si la hubiera habido, no lo contaría. Porque esa es la confianza que los músicos me han brindado a mí. O sea que respondo: nunca hubo drogas en mi estudio [risas].

Pero si en el libro deja caer que sí…

Pero como decía Morente, no soy esclavo de lo que pensaba hace 10 minutos [risas].

¿Cómo se sobrevive a salir de juerga con Calamaro?

Yo me iba a dormir. A veces. Pero creo que Andrés Calamaro es un tipo tan brillante y tan inteligente que todo lo que dice a la hora que sea está sujeto a estudio y a reflexión. Había veces que yo hablaba con él y luego, al día siguiente, me quedaba en la cama pensando todo lo que me había contado. Un tío maravilloso. Nosotros grabábamos todos los días de 10 de la mañana a 4 de la tarde, con un horario estricto, y comíamos siempre papas con huevos. No sé si él habrá tenido esas épocas, supongo que sí, pero yo con Andrés no he vivido tanto desenfreno. Las que yo he trabajado con él era de una disciplina férrea. Incluso demasiado estricto.

Javier Limón presenta estos días sus 'Memorias de un productor musical' (Debate).

/ Alba Vigaray

Habla mucho de la importancia de la psicología del productor. Dice: “la psicología se aprende a guantazos”. ¿Cuáles le han caído?

Suelen estar relacionados con la inexperiencia de algunos artistas a la hora de componer y de escribir letras, y que en lugar de fiarse de los que sí llevamos unos años se creen en posesión de verdades absolutas que no lo son. Muchos artistas jóvenes acaban el disco y dicen “estoy muy contento porque me ha dejado mucha libertad”. Siempre me ha hecho mucha gracia, porque los grandes artistas no buscan libertad en un productor. Es como si vas al médico y le pides libertad. Tú no necesitas eso, lo que necesitas es que el médico te cure. “Tómese usted lo que quiera, sea libre”. No, tú en un productor buscas que te diga: repite esto que está desafinado. Oye, que este texto no está bien… Es un rasgo que la experiencia sanea bastante.

¿Y enfadarse en el estudio, con quién se ha enfadado?

No con mucha gente.

¿Con Antonio Orozco?

No. Con Antonio Orozco simplemente él quería hacer un disco diferente al mío.

¿No se entendieron?

Nos entendimos perfectamente [risas]. Lo que pasa es que él quería hacer un disco y yo otro. Pero creo que al final quedó muy bonito.

Llama la atención que en el libro solo menciona el reguetón una vez, y no es para dejarlo muy bien. ¿Qué opina de este fenómeno?

El reguetón depende de cómo se analice. Si lo analizas rítmicamente, tiene su gracia. Si analizas las letras… pues no son de un gran valor. Pero lo que yo digo es que música mala siempre ha habido. “Mami qué será lo que quiere el negro”, “Vaya vaya aquí no hay playa”... [canta el estribillo de cada una]. Siempre ha habido canciones que no están creadas con el ánimo de buscar una calidad musical o un impacto cultural. Pero eso ocurre en todo: con un Mcdonalds, nadie dice “vamos a hacer un análisis gastronómico”. No está hecho para eso. Está hecho para tomarse una hamburguesa a las dos de la mañana. Yo me he tomado una hamburguesa, he escuchado reguetón, he escuchado La Barbacoa, he bailado la Macarena, y no pasa nada.

¿Entonces?

El problema es cuando tú te crees que eso tiene un impacto o un valor. Por ejemplo, los del reguetón se quejan siempre de que en los Latin Grammys no tienen ninguna presencia. Este año se ha peleado J Balvin con René de Calle 13. Pero claro, es que los Latin Grammys los votan los músicos, los compositores, los productores… Gente que lleva un montón de años estudiando, que cree en la música buena. Así que ellos prefieren darle un premio a Jorge Drexler o a Natalia Lafourcade, o a Ruben Blades, o a Alejandro Sanz... Por algo será.

Da la sensación de que la música urbana hubiera ocupado casi todo el espacio de la música latina. ¿Cómo lo están viviendo los grandes veteranos de este género que conoce, como Chucho Valdés, Calamaro o Juan Luis Guerra?

Los artistas que mencionas son de un nivel brutal, están en un circuito donde la música urbana ni la huelen. Chucho Valdés hace sold out en el Carnegie Hall, Caetano Veloso hace sold out en el Royal Albert Hall. Alejandro Sanz vende el Vicente Calderón en 20 minutos. Ningún artista de reguetón es capaz de vender eso. Hay una cierta manera de escuchar música relacionada con el Spotify, con las redes sociales y la gente joven. Artistas como el de Despacito, que tiene más views en YouTube que seres humanos hay en el planeta, y luego no vende 800 entradas aquí… Hay un poco de burbuja. Lo que sí es cierto es que hay una presencia de ese tipo de música urbana/latina en la música en general que antes no existía. Hace 5 o 6 años Sony Music Latin eran 20 chavales y estaban a ver si podían perdurar. Ahora entre US Latin y México facturan el 60% de todo el mercado de la música en Latinoamérica, España y Portugal. Pero todavía hay una barrera brutal entre el mundo anglo y el mundo latino, muy difícil de franquear. Ahí es donde hay que incidir. Y solo podemos luchar con la calidad: así la han roto Santaolalla, Dudamel, Iñárritu, Almodóvar, Paco de Lucía, Caetano Veloso, Juan Luis Guerra… Esa gente ha trascendido, tiene el respeto de toda la comunidad latina, anglo y de todo tipo. Santaolalla es uno de los mejores compositores del mundo y es latino, Dudamel es el mejor director de orquesta y es latino…

¿Qué relación tiene con la nueva generación de super estrellas españolas, como C. Tangana y Rosalía?

Muy buena. C. Tangana es muy amigo mío. Un tipazo. Me encanta que de repente saque un single con Toquinho, con Bárbara Lennie. Que le dé bola a Drexler, a Calamaro, a Antonio Carmona. Que le guste el flamenco. Tiene las ideas clarísimas y escribe muy bien. Y el tío tira de raíz, le da valor. Hasta está produciendo a jóvenes flamencos. Rosalía es un fenómeno. Va a los Goya y canta un tema de Los Chichos, apoya el flamenco… me encanta.

Es un gran defensor de las músicas de raíz, y en los últimos años estamos viendo cómo por fin artistas jóvenes y "modernos" reivindican géneros como la copla o el folclore gallego. ¿Cómo ve ese fenómeno?

Me gusta mucho porque, como decía Juan Ramón Jiménez, “raíz y vanguardia y vanguardia y raíz”. “Raíces y alas, pero que las alas arraiguen y las raíces vuelen”. Me encanta que los jóvenes conozcan los estándares de jazz y sepan quién es Duke Ellington, Amália Rodrigues, Camarón... Qué es la samba brasileña, o el candombé. He estado con Inma Cuesta esta mañana, porque estamos haciendo música juntos, y hemos escuchado a Mercedes Sosa, a Chabuca Granda, las composiciones de Consuelo Velázquez, a Chavela Vargas, landó peruano, ranchera.. Ella lo ve como lo más moderno del mundo. Es una chica de 40 años, pero referencia absoluta de las nuevas generaciones. Además canta muy bien. Y me gusta mucho que a ella, que es muy famosa y podría decir “que me produzca un músico de electrónica” o “voy a hacer canciones pop”, le guste su ranchera, su bolero, su copla, su landó peruano… Que lo vea moderno, progre y guay.

Ha contado que este libro lo publica ahora porque se acaba una época de la música en su vida y empieza otra.

Se acaba una época más solitaria. Y la que se abre es una Casa Limón 3.1, porque somos yo, mi hijo Javi y mi hijo Pablo, además de mi mujer Eva, que es una productora ejecutiva ya consagrada. Una especie de panadería en la que estamos los tres en el horno y ella fuera negociando las contabilidades. Y es muy bonito, porque yo paso temas a mi hijo que él arregla, él me pasa otro para arreglar yo… Luego, musicalmente, hay nuevas herramientas, como el programa Ableton, o nuevos plug-ins que tienen una texturas sonoras muy especiales. Yo siempre había escuchado a James Blake, pero no me había visto a mí trabajando con esos sonidos. Mi hijo me enseña.

¿Eso quiere decir que está explorando la música electrónica?

Sí. O más que música electrónica, yo diría música tratada. Música más procesada.

¿Las plataformas han cambiado la forma de trabajar de un productor?

Se trabaja totalmente distinto. Por tres razones. La primera es que en la parte de la grabación, tú tienes un montón de herramientas ligadas a la forma de publicar la música a través de las plataformas que te hacen mezclar de otra manera. Yo ahora mezclo pensando que la música se va a escuchar también con un móvil. Por otro lado está la parte comercial, la globalización: antes tú sacabas un disco en España y luego si acaso te ibas con el disco a México. Ahora haces: “¡pum!”. Y la música llega a todo el mundo. Hay que pensar en una audiencia global. Lo tercero es la imagen: la propuesta visual ahora es parte fundamental de la conversación desde el primer momento. Morente, por ejemplo, mientras trabajaba en los discos ya pensaba en la presencia escénica.

"Con las plataformas tipo Spotify, el trabajo del productor es totalmente distinto", explica Javier Limón.

/ Alba Vigaray

Tres de las personas que han tenido un mayor papel en su vida, tanto en lo musical como en lo personal, ya no están: Bebo Valdés, Enrique Morente, Paco de Lucía. ¿Qué herencia le han dejado?

Sí, y les echo de menos de verdad. De Bebo, diría que la elegancia, la educación, la cortesía, la amabilidad en el trato, en la manera de hacer música. Siempre era impecable en todo. De Enrique Morente, la capacidad de hacer del desorden una genialidad. Había veces en que él lo veía todo demasiado ordenado y lo desordenaba. Y de Paco, lo contrario: hacer del orden, de la manera de ordenar los sonidos en el ritmo, una genialidad.

Cuenta también en el libro que perdió 60 kg en 4 años, algo inimaginable si se le ve ahora.

Yo era muy gordo. Un día veo que peso 120 kg y digo: “Joder, qué exagerado. Voy a pesar 100, al menos por la salud”. Luego al llegar a los 100 pienso: mira, ligo más. Y entonces me propongo quedarme en 80 y tantos. Ahí ya me quedo un buen rato. Y me compro ropa más elegante. Un tío de 1,70 y pico con 80 y tantos kilos está ok. Un día le digo a Blanca Lí: “Blanca, deberíamos tener sexo” [risas]. Y ella me dice: "O pierdes 10 kilos o nada". Blanca y yo nos íbamos de vacaciones a Formentera con nuestras parejas y nuestros hijos. O sea, que no iba demasiado en serio, pero dije: “¿ah sí?”. Luego no hicimos nada. Todo se quedó en una broma. Desde entonces, entre coquetería y tal… Yo hoy me he pesado seis veces. Cada vez que me levanto por la noche, por ejemplo, me peso.

¿Es un tema que le obsesiona?

Cada vez que viajo sin báscula tengo ansiedad los tres días.

¿Pero viaja con una báscula?

Alguna vez he viajado con báscula. Pero la suele haber en los hoteles. Cuando no la hay me jode, y cuando la hay me alegra. Para los que hemos sido muy gordos, obesos de verdad, es una obsesión. En mi cabeza, yo soy gordo. Ahora mismo me metería un plato de espaguetis, unas albóndigas y una tarta de chocolate.

¿Le cuesta mucho cuidarse?

Muchísimo. Corro 5 kilómetros diarios. Mira las pulsaciones [saca el móvil y se toma el pulso con una aplicación]. 53. Y eso que me he tomado diez cafés hoy y que estoy hablando contigo a toda hostia.

Contaba antes lo de Blanca Li y también sorprende que en el libro no tenga problema en hablar de diferentes momentos de flirteo, cuando durante todo ese tiempo ha estado casado.

A ver, yo soy fiel a mi mujer. Eso lo cuento, y creo que se entiende, porque el mundo de la noche es muy divertido, tiene mucha picardía. Pero yo llevo con mi mujer 30 años, estamos felizmente casados, tenemos una vida súper sana y súper divertida, viajamos juntos… Y me considero bastante buen marido. Es que tengo una mujer que es cojonuda. No conozco a nadie de mi edad que lleve 30 años con su pareja. A nadie. Yo empecé en el 92 y estamos en 2022. Y follando. Que no esperamos ni a casarnos para perder la virginidad. ¿Que si somos una relación abierta? No. Somos una relación consolidada. Por eso el libro está dedicado a ella y a mi madre. Y a mi padre que murió. Pero sobre todo sin mi madre y sin mi mujer yo no hubiera podido hacer nada. Es muy difícil trabajar con tu pareja y mantener una relación bonita. Nos ha costado. Hemos discutido muchísimo. Y seguimos discutiendo, nos matamos vivos. Pero ella realmente es una mujer excepcional.  

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