CRÍTICA

Los blues de John Edgar Wideman

Esperanzas secretas y vidas destrozadas de generaciones de afroamericanos en una obra marcada por la experiencia familiar

El escritor John Edgar Wideman.

El escritor John Edgar Wideman. / ARCHIVO

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Luis M. Alonso

Ralph Ellison, autor de El hombre invisible, novela cumbre de la lengua inglesa en el siglo XX y una de las visiones más feroces sobre la sociedad americana de las primeras décadas de esa centuria, escribió que el blues surgía del impulso por mantener vivos los detalles de las experiencias más dolorosas a fin de trascenderlas. Así podrían definirse las historias de John Edgar Wideman (Washington, 1941), otro de los grandes narradores afroamericanos de la diáspora negra.

Nadie en las letras estadounidenses tiene su música, ninguno suena como él en esa exploración de Homewood, su barrio nativo de clase trabajadora en Pittsburgh, las instituciones penitenciarias de Pensilvania y el intento repetido de entrar y comprender el drama de su propia vida familiar, en la psicología de los personajes y la evocación de las entonaciones específicas de cuantas voces inventadas surgen de su literatura, el entramado irregular del mito, la memoria y la experiencia material.

En Brothers and Keepers (1984) escribió sobre su hermano que cumplía condena en prisión. La narración comienza en Laramie, Wyoming, donde Wideman, un escritor establecido y respetado, enseña literatura y escritura creativa en la universidad. Es 1975 y recibe una llamada telefónica de su madre desde Pittsburgh. A Robby, prófugo, el menor de cuatro niños negros, le buscan por robo a mano armada y asesinato. Tres meses después, aparece en Laramie con dos compañeros, pasa la noche y sigue su camino. Al día siguiente es arrestado, conducido de regreso al Este para ser juzgado y, luego de dos años en prisión, sentenciado a cadena perpetua. En 1981 se le deniega una apelación ante la Corte Suprema. Al final del relato, Robby obtiene un título de ingeniería en la cárcel.

En 1994, el drama familiar se reproduce, John Edgar Wideman publica un conmovedor ensayo sobre la relación mantenida con su hijo, que aun siendo menor de edad comete un delito y es condenado también a pasar el resto de su vida entre rejas. El autor ya tiene consigo todos los mimbres del dolor personal para trenzar sus historias. Su narrativa son experiencias, esperanzas secretas y, a veces, vidas destrozadas de generaciones de afroamericanos que se pasean por la cuerda floja. En ningún libro obtiene el éxito de Ayer te estuve buscando (1983), la tercera parte de una trilogía llamada de Homewood, que se compone también de la colección de relatos Damballah (1981) y la novela Hiding Place, que vio la luz ese mismo año. 

Estilo sincopado

A medida que pasan las décadas y se suceden las víctimas, Wideman continúa produciendo buenas obras de ficción y no ficción. Su estilo sincopado podría compararse mejor con el de un músico de jazz: el solo de un saxofonista que se desliza de una melodía a otra, conectándolas de manera que primero parecen improbables y más tarde inevitables. Las oraciones de Wideman unen objetos e ideas dispares, las conchas marinas durante un paseo por una playa, o las navajas rajando los pollos del señor Tate se convierten después en mechones de pelo ensortijado en una barbería de Pittsburgh. Esta escritura resbaladiza -no confundir con inconsistente- le permite explorar al autor los pasadizos secretos de la psique de sus personajes, los lugares que fluyen por sus conciencias. 

La estructura no lineal hace que Ayer te estuve buscando, publicada ahora por la editorial Piel de Zapa, se parezca más a un volumen de cuentos que a una novela tradicionalmente concebida. La historia sigue los pasos de un joven afroamericano, Albert Wilkes, que regresa al vecindario de Homewood. Pianista de jazz de vida algo despreocupada, se vio obligado a abandonar el hogar después de matar a un policía blanco. Prófugo a lo largo de siete años, vuelve a casa para reintegrarse y renovar sus relaciones con las personas que forman parte de la comunidad.

Poco a poco se va poniendo al día sobre las cosas que pasaron mientras permaneció ausente. Se encuentra con su viejo amigo John French, y a partir de ahí el protagonista empieza a librar una batalla entre la posibilidad de recobrar la disipada existencia anterior: la música, beber hasta altas horas y mantener a la familia, su esposa y su hijo. Wilkes y French pertenecen a una generación ya madura, en el pasado colmada de promesas que no supieron aprovechar. También son fruta madura que afortunadamente no llegó a ser rara, como en la conmovedora canción de Billie Holiday (Strange Fruit, 1939) que evoca los cuerpos negros colgando de los árboles mientras los balancea la brisa sureña. Wideman, drama y lirismo, es enteramente blues.

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