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Me acuerdo de Joan Didion

Me acuerdo de Joan Didion

Su sobrino, el actor y cineasta Griffin Dunne, y el escritor Calvin Trillin, gran amigo, recuerdan sus últimos años y recorren sus lugares favoritos de Nueva York, la ciudad en la que vivió durante más de cuatro décadas

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Desde que pisé por primera vez Nueva York, en junio de 2009, soñaba con cruzarme, en alguna de las calles del Upper East Side de Manhattan, con Joan Didion (1934-2021). Cada vez que iba, casi siempre para entrevistar a algún escritor –nunca a ella, aquella posibilidad formaba parte, también, del ensueño–, procuraba recorrerlas, entre la Quinta, Madison, Park Avenue y Lexington, con una lentitud inusual, opuesta al ritmo frenético de una ciudad que vive entregada al desasosiego.

Observaba a las personas con las que me cruzaba en cada semáforo con los ojos del lector que, una vez acabado un libro que le ha apasionado, vuelve sobre sus propios pasos narrativos en busca de los párrafos que le conmovieron. Pero nunca me encontré con ella. En su defecto, me choqué, en uno de esos cruces, con Valentino (Voghera, Italia, 1932), y vi a Sam Shepard (1943-2017) escribiendo en una terraza. No fue un chasco. Ni siquiera algo desilusionante. Habría sido un final inapropiado, poco real. A Didion no le habría gustado. A mí tampoco.

Pero reconozco que, después de su muerte, el 23 de diciembre del año pasado, la frustración se apoderó de mis recuerdos, y hasta de mi estado de ánimo. Ya no podría toparme con ella. Y, por eso, al regresar a Manhattan después de tres años sin visitar la Gran Manzana, decidí seguir su rastro, físico y emocional, de la mano de quienes más y mejor la quisieron: su familia y sus amigos, claro, pero también sus lectores y sus libros, muchos escritos en esa ciudad a la que llegó, desde su Sacramento (California) natal, en 1956, y en la que falleció, víctima del párkinson, a los 87 años.

La oscuridad de la pérdida

Tras relatar, y retratar, durante medio siglo, la vida ajena, la suya quedó marcada por la muerte. Primero, por la de su marido, el también escritor John Gregory Dunne (1932-2003), y, después, por la de su hija, Quintana Roo (1966-2005). Didion se convirtió, entonces, en cronista de su propia existencia, con la dolorosa certeza de que a ella nadie la sobreviviría. Publicó El año del pensamiento mágico (2005), un libro luminoso escrito en la oscuridad de la pérdida, y Noches azules (2011), la carta de amor filial que una madre nunca habría querido tener que escribir. La crítica y los lectores la arroparon, y sus amigos más fieles la cuidaron, pendientes, incluso, de que comiera en condiciones.

Cerca de ella, en todos esos años de duelo, estuvo su sobrino, el actor y cineasta Griffin Dunne (Nueva York, 1955). Fue él quien la convenció para rodar el documental El centro cederá (2017), un recorrido por su vida y por su obra que se puso en marcha gracias a una campaña de crowdfunding y terminó siendo uno de los mayores fenómenos televisivos de los últimos años, plataforma mediante. Y con él me reúno en Veselka, un restaurante ucraniano fundado en 1954 en el East Village.

Griffin Dunne y Joan Didion, en el Festival de Cine de Nueva York en 2017

/ EPE

"He elegido este sitio porque vivo cerca, pero, además, Ucrania está pasando por un momento terrible, y me parecía un lugar muy agradable", me dice nada más sentarnos en una de las mesas al fondo del local. "Murió justo en Navidad, casi el mismo día que John. Ha sido una pérdida tremenda. Pensar en que no volveré a verla… No me hago a la idea. De su generación, era la única familia que me quedaba. Era mi tía, pero es como si hubiera perdido a mi madre. Es terrible no tener a alguien con quien hablar como hablaba con ella, las cenas que compartíamos en su casa...". Me cuesta pararle, detener ese torrente de emociones que yo he precipitado. No hay nada más impúdico que la intromisión en el dolor de los demás. Pero sé que ese momento, como todos los que vendrán después, no se repetirá, y continúo.

Sufrimiento

Me cuenta lo mucho que sufría debido al párkinson, que físicamente el último año fue muy difícil, muy duro, que no podía hablar con sus amigos, que tenía enfermeras que la cuidaban las veinticuatro horas del día… "Pero estuvo rodeada de amor, se sentía querida, sabía que la querían. Yo estaba trabajando en California, pero pude volver y estar con ella las últimas semanas. Estaba en paz, cómoda, sólo perdió la conciencia por un momento".

Cory Leadbeater, su asistente personal, iba a diario al apartamento del Upper East Side, en la calle 71, al lado de Central Park, en el que Didion vivía, el mismo en el que vio morir a su marido. "Hacía tiempo que no podía escribir, no era capaz –en 2021, se publicó su último libro, Lo que quiero decir, una colección de ensayos escritos entre 1968 y 2000–. Estaba atenta a lo que pasaba en el mundo, veía la televisión, pero realmente no podía sostener un libro, así que Cory la leía. Siempre le gustó la poesía y Cory la leía un poema diferente cada día".

En la última etapa de su vida, no podía ni sostener un libro, pero su asistente personal la leía poesía a diario"

Griffin Dunne

Escucho a Griffin y en mi cabeza resuenan, al tiempo, los versos de W. H. Auden: "Detengan los relojes / desconecten el teléfono / denle un hueso al perro / para que no ladre / Callen los pianos y con ese tamborileo sordo /saquen el féretro...". Didion valoró leer ese poema, Funeral Blues, en el funeral de su marido, celebrado en la Iglesia Catedral de San Juan el Divino. Allí están sus cenizas, junto a las de su hija Quintana. Y allí reposarán también las de ella.

Joan Didion y su marido, John Gregory Dunne, junto con su hija Quintana Roo en una de las casas en las que vivieron en Los Ángeles

/ EPE

Muy lejos, parte de otra vida ya, queda el día en el que, estando de viaje en París, el matrimonio habló de los epitafios que pondrían en sus tumbas. "Lo pasaron bien" fue el elegido. "Estamos organizando un homenaje que se celebrará allí en septiembre. Ahora estamos decidiendo quiénes hablarán y todo eso". Pienso en que allí estará, seguro, la actriz Vanessa Redgrave (Greenwich, Reino Unido, 1937), íntima amiga de Didion y encargada de llevar a las tablas de Broadway, primero, y del West End londinense, después, El año del pensamiento mágico. Ambas se acompañaron en el luto innombrable, porque no hay un término que lo describa, de perder a una hija.

Recuerdos

Didion adoraba el teatro. Su sobrino recuerda, a lo Joe Brainard, el día que la llevó a ver el musical Hamilton cuando se estrenó en el Rodgers Theatre. "Conseguí la mejor entrada de la historia. Verla allí fue una gran alegría, estuvo en éxtasis durante toda la obra. Cuando acabó, preguntaron si queríamos ir al backstage para conocer al reparto, y a ella le encantó la idea, así que fuimos y todos los actores esperaron en fila en las escaleras para saludarla y coger su mano".

En aquella época, Griffin ya estaba trabajando en el documental, y se dio cuenta de que debía retener esa imagen, apresarla para después poder compartirla. "Pero no podía irme de su lado, no la podía dejar, así que le di mi teléfono a una enfermera y le pedí que lo grabara, pero puso el dedo sobre el objetivo, así que no se grabó nada". Y es bonito que así fuera. Nada hay más bello que el recuerdo narrado, trasladado a cada página de la imaginación lectora.

"Es sorprendente la influencia que tiene en la gente joven, sobre todo en las mujeres"

Griffin Dunne

"Lo más importante que ha sucedido en los últimos años es que ha crecido el interés de la gente joven, sobre todo mujeres, por su obra. Es sorprendente la influencia que tiene en sus vidas, al elegir profesión, en las decisiones que tienen que ver con la moralidad y el respeto por uno mismo, en las relaciones, en la política… Están inspiradas e influidas por su código moral". Griffin reconoce que una de las cosas de las que más orgulloso está es de haber conseguido hacer el documental sobre su vida.

Icono

Aquello la revitalizó en el ámbito privado, pero también en el público. Y eso que Didion venía de haber protagonizado, dos años antes, en enero de 2015, la campaña de primavera de la firma de moda Céline. "Yo había viajado solo al Amazonas. No había cobertura hasta que llegué a un pueblo y, en ese momento, mi teléfono empezó a vibrar insistentemente. Tenía un millón de mensajes de amigos que me hablaban de la campaña de Céline. Pensaba que algo había pasado, pero no, era por esa fotografía… Incluso en el Amazonas tuve noticias increíbles relacionadas con ella. Ahora, su imagen está en todos lados, en camisetas, en bolsos, en Instagram… Es un icono".

Joan Didion

/ EPE

"Sencillamente, estaba enamorada de Nueva York. No me refiero a amor de una forma coloquial. Quiero decir que estaba enamorada de la ciudad de la misma manera en la que amas a la primera persona que te toca y nunca vuelves a amar a nadie así". Eso escribió Didion en el ensayo Slouching Towards Bethlehem (1968), cuyo título está inspirado en el poema –poesía, una vez más– de Yeats The Second Coming (1919). Y ese amor perduró, inalterable y aun así cambiante, como un hermoso oxímoron vital, incluso al trasladarse a Los Ángeles en 1964, poco tiempo después de haberse casado con John Gregory Dunne. Allí pasaron veinticuatro intensos años, hasta que él quiso volver a Nueva York, y ella no se opuso.

Regreso

"Volvió a Nueva York por John, porque él estaba harto de California, pero Joan amaba esta ciudad. Le encantaba caminar por Madison Avenue, iba al Whitney, a la Frick Collection, que tenía justo a la vuelta de la esquina. A veces, Corey organizaba visitas privadas para ella temprano, antes de que los museos abrieran, para evitar las multitudes".

Uno de los restaurantes favoritos del matrimonio era Elio’s, un italiano ubicado en la Segunda Avenida en el que tenían su propia mesa. Una elección, según su sobrino, bastante peculiar, ya que era –lo sigue siendo– un lugar muy ruidoso y Didion hablaba muy bajo, medio susurrando. Nada más llegar, el camarero les servía. "Siempre bebían lo mismo. Joan, whisky y John, vodka, creo recordar". También eran clientes habituales de Da Silvano, toda una institución culinaria que estuvo abierta durante 41 años en el Greenwich Village, el Three Guys, el lujoso Hotel Carlyle...

"Siempre pareció frágil, pero era más dura de lo que parecía. Era silenciosa. Escuchaba"

Calvin Trillin

A Chinatown iban en compañía del escritor Calvin Trillin (Kansas City, 1935). Me recibe, enjuto y encantador, en su casa de Bedford Street. "Nos conocimos a principios de los años 60, porque John y yo trabajábamos juntos en Time. La gente solía decir que podían acabar las frases el uno del otro, pero él acababa más las frases de ella que ella las de él. Joan terminaba diciendo lo que nadie pensaba, lo que se le escapaba a todo el mundo. La echo de menos". Al decirlo, Calvin levanta la vista, con los ojos vidriosos, y mira hacia la enorme biblioteca que preside el salón, repleta de títulos de sus dos amigos.

Joan Didion y Calvin Trillin

/ EPE

"Cumplíamos años el mismo día –el 5 de diciembre–, aunque ella era un año mayor que yo. Siempre pareció frágil, pero era más dura de lo que parecía. Era silenciosa. Escuchaba.  Cuando te veía decía hola de un modo que pensabas: Oh, qué placer volver a verla. De algún modo, todo surgía gracias a ella. Le gustaba la comida mexicana, la comida picante. Era una gran comedora para ser una persona tan pequeña".

Me despido de Calvin y vuelvo a las palabras del sobrino de Didion. "Era una estupenda cocinera. Tenía un cuaderno de recetas escritas a mano con los platos que más disfrutaba preparando»". Toffee, cangrejo a la diabla, borscht, alcachofas gratinadas... De hecho, un libro de próxima aparición recogerá esas recetas.

Alegría

Mi último día en Nueva York lo paso caminando por Central Park. Era uno de sus lugares preferidos. Lo recorro evocando la conversación con Griffin. "Ella iba al parque a diario, y observaba. Había un perro, un Terrier, que siempre estaba con su dueño. A Joan le encantaba, quería tener uno igual. Mi pareja y yo hicimos una búsqueda para dar con un perro que fuera exactamente como ese. Finalmente, encontramos a una familia en Boston que lo tenía y nos fuimos a por él. En cuanto el perro vio a Joan en su silla de ruedas, no volvió a apartarse de ella, nunca se fue de su lado. Estoy convencido de que la alegría que le dio alargó su vida un par de años. Iba con él al parque cada mañana".

El banco de Central Park que lleva los nombres del marido y la hija de Joan Didion

/ EPE

En uno de los más de diez mil bancos repartidos por Central Park, hay una placa con los nombres de su marido y de su hija. La leo: "John Gregory Dunne (1932-2003). Quintana Roo Dunne Michael (1966-2005). In Summer Time and Winter Time". Pronto, otro llevará el de Didion y ya nada, ni la tierra, podrá separarlos.

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