'LAS FORMAS DEL QUERER', PREMIO NADAL 2022

He venido a hablar de mi libro: Inés Martín Rodrigo

En ese juego de espejos que es la ficción, fui moldeando mis recuerdos hasta encontrar la historia que quería contar, la historia de Noray, que (no) es la mía

La escritora y periodista Inés Martín Rodrigo.

La escritora y periodista Inés Martín Rodrigo. / ALBERTO ORTEGA

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Inés Martín Rodrigo

Cuando supe que debía, que tenía la necesidad de escribir Las formas del querer (premio Nadal 2022, Destino), la tercera persona fue mi primera opción. Una narradora alejada de mí, de lo que sentía y de lo que sufría, como refugio para no tener que enfrentarme de nuevo a las heridas, todavía latentes pese al tiempo transcurrido, que han configurado mi identidad, que me han definido, que me han hecho ser quien soy, si es que lo sé.

Lo cierto es, ahora lo tengo claro, que me aterraba volver a abrir puertas que creía haber cerrado para siempre, asomarme y descubrir que faltaban muchas cosas por decir, tantas palabras por escribir. Y me correspondía a mí hacerlo. ¿Quién más podría?

Pero, a medida que fui avanzando en el proceso de escritura, descubriendo, incluso, zonas oscuras de mi pasado familiar que aún no estaban iluminadas, el trauma pendiente de resolver, el duelo como modo de vida, me di cuenta de que la voz de Noray era la más adecuada para la novela, esa primera persona tan propia que es casi mía, aunque no lo sea. Porque mi historia no es la suya. Yo no soy Noray. Pero su vida es un reflejo, a veces distorsionado por la imaginación, de todo lo que viví y, también, de cuanto mi memoria ha ido acumulando a lo largo del tiempo trascurrido.

Ambas tenemos muchas cosas en común, tantas que a veces me asusta y, otras, me reconforta. La principal, tal vez, la pasión por la literatura, por los libros, por las palabras, leídas, primero, y escritas, después, que nos han cobijado siempre en los peores momentos de nuestras vidas.

Como ella, empecé a esbozar esta novela, sin saber que lo estaba haciendo, claro, durante mi niñez, mientras observaba y escuchaba, desde la prudente distancia de una timidez nada impostada, de una introversión sin fisuras, a mis abuelos, a mis padres, a aquellas personas que me enseñaron a querer de formas bien distintas y extraordinarias.

Terminé escribiendo la novela a la que estaba destinada, aquella en la que mi memoria familiar y la de mi protagonista se mezclan

Como la de ella, mi infancia transcurrió, feliz, en un pequeño pueblo de la provincia de Cáceres donde la invención podía desbordarse gracias a escenarios de cuento y a personajes peculiares y estrambóticos, maravillosos.

Como ella, al comienzo de mi adolescencia, experimenté un trauma, la muerte de mi madre, que hizo que todo mi mundo se viniera abajo y me llevó al precipicio, desde el que estuve a punto de saltar. Como ella, tras la pérdida, sufrí una severa depresión que derivó en un trastorno de la alimentación, anorexia, cuyo fantasma todavía me persigue. Como ella, cuando la vida se me escapaba, me agarré a lo que más quería y salí adelante, siempre sin dejar de mirar atrás.

Como ella, después de todo el camino recorrido, de los muchos errores cometidos y otros tantos moratones emocionales, propios y ajenos, llegué a la conclusión de que lo que de verdad quería era escribir, ser escritora, y opté por el periodismo, pues me pareció el camino más corto para conseguirlo. Como ella, terminé escribiendo la novela a la que estaba destinada, la novela de mi vida, en la que mi memoria y la suya, la de Noray, se mezclan en una historia cuyo parecido con la realidad es pura ficción.

Nuestros caminos, por tanto, han discurrido paralelos, sin llegar nunca a tocarse. Los separa la imaginación, esa herramienta portentosa que me ha permitido fabular hasta llorar de alegría y tristeza mientras vislumbraba el mundo que todos, también yo, podríamos haber habitado. Ninguna de las personas que me quieren, a las que quiero, se reconocerán en Las formas del querer, porque no están en ella.

En ese juego de espejos que es la ficción he ido moldeando mis recuerdos hasta encontrar la historia que quería contar, la historia de Noray, que (no) es la mía. Aunque, al final, la literatura nos salvara a las dos. O no. Eso sólo el lector lo sabe, sólo él puede decidirlo.

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