NEUROLOGÍA

Temblor esencial: ¿Es diferente del párkinson? ¿Cuándo debería preocuparme e ir al médico?

Si el temblor es suficientemente intenso, el paciente puede tener dificultades para realizar tareas cotidianas

Se produce por el mal funcionamiento de neuronas de un núcleo cerebral implicado en el movimiento

Me tiemblan las manos: ¿Es párkinson? ¿Cuándo es realmente preocupante?

Me tiemblan las manos: ¿Es párkinson? ¿Cuándo es realmente preocupante?

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Dra. María Cruz Rodríguez Oroz, neuróloga

En muchas ocasiones asociamos el paso de la vida a la aparición de numerosas patologías.

Sin embargo, cumplir años aumenta el riesgo, pero no implica necesariamente sufrir una enfermedad como el temblor esencial. Es decir, una persona acaba padeciendo un temblor porque desarrolla este problema, no por ser mayor.

El temblor esencial, la dolencia más frecuente en trastornos del movimiento, afecta al 6 % de los mayores de 60 años, aunque puede presentarse, como apuntábamos, desde edades muy tempranas.

De hecho, es habitual que los pacientes afirmen que conviven con él desde hace muchos años y que se ha incrementado con la edad, afectando a sus actividades cotidianas.

No se trata de una enfermedad neurodegenerativa, sino que está provocada por una disfunción de circuitos neuronales implicados en el movimiento.

Resulta frecuente que ocurra en varios miembros de la familia, por lo que existe un factor hereditario, pero todavía no se han detectado genes concretos en la mayoría de los casos.

Se manifiesta en las manos al realizar una acción, aunque puede revestir más gravedad en una de ellas. Si el temblor es suficientemente intenso, el paciente puede tener dificultades para realizar tareas cotidianas como escribir, sujetar un vaso de agua sin derramarla, manejar los cubiertos al comer, lavarse los dientes, maquillarse, afeitarse, atarse botones o cremalleras, ponerse pendientes, etc. Algunas personas también pueden experimentar temblor en la voz o en la cabeza.

Es, pues, una patología que puede impactar enormemente en la calidad de vida si alcanza una intensidad considerable. Por eso es importante buscar una solución personalizada a este problema.

El temblñor es uno de los signos más conocidos de la enfermedad de parkinson /

Imagen de Annick Vanblaere en Pixabay

No se conoce el desencadenante

El temblor se produce por el mal funcionamiento de neuronas de un núcleo cerebral (el núcleo ventral intermedio del tálamo) implicado en el movimiento.

En estas neuronas, el patrón de descarga necesario para que el movimiento sea correcto es reemplazado por una actividad oscilatoria que se impone en todo el circuito motor. Esto hace que, al ir a realizar una acción, las manos tiemblen a la misma frecuencia de la actividad oscilatoria de dichas neuronas.

Aunque no se sabe a ciencia cierta qué lo desencadena, los datos existentes indican que existe una disfunción del cerebelo sobre la actividad neuronal del núcleo ventral intermedio del tálamo.

Es una situación, por lo tanto, diferente a la de otras patologías que cursan con temblor, caso de enfermedades degenerativas como el párkinson.

En esta dolencia, el temblor –que suele ocurrir en reposo– surge por la muerte progresiva de neuronas que producen dopamina, un neurotransmisor encargado de modular el circuito motor y el movimiento normal. Además del temblor, los pacientes de párkinson sufren otros trastornos como torpeza, rigidez, etc.

El HIFU, un tratamiento que permite controlar el temblor

Cuando un paciente tiene temblor esencial, el objetivo es que su circuito motor vuelva a funcionar con normalidad. En consecuencia, los tratamientos están dirigidos a restaurar el patrón de actividad de las neuronas para que la ejecución del movimiento sea correcto.

Las terapias principales que se han venido utilizando para esta patología eran fármacos betabloqueantes y antiepilépticos. Sin embargo, su uso generalmente no es suficiente para mejorar la calidad de vida del paciente.

Afortunadamente, ahora podemos recurrir al sistema HIFU, un equipo de ultrasonidos focalizados de alta intensidad que permite lesionar sin cirugía craneal abierta y de un modo controlado las neuronas afectadas en el núcleo ventral intermedio del tálamo, que es una estructura profunda del cerebro. Este método permite el acceso a muchos pacientes, ya que es mínimamente invasivo.

Para llevar a cabo el proceso, el primer paso es rasurar el cabello del paciente y fijar un marco a su cabeza que lo anclará a la resonancia magnética donde se realiza el tratamiento.

Una vez tumbado en la camilla de la resonancia, se le coloca también en la cabeza una membrana por la que circula agua muy fría para refrigerar el cuero cabelludo y evitar que los ultrasonidos calienten demasiado la piel. La persona intervenida está en todo momento despierta, colaborando con los profesionales durante la intervención.

Los ultrasonidos son focalizados en el punto de cerebro donde están las neuronas que queremos eliminar. Al emitir una energía cada vez mayor, esta se transforma en calor para calentar el tejido en la zona seleccionada y realizar la lesión. Conforme la temperatura aumenta, el temblor desaparece progresivamente, lo que confirma que estamos apuntando al sitio correcto. Una vez obtenido este resultado, se sube la potencia de la energía para conseguir una temperatura que provoque la lesión irreversible en las neuronas y la mejoría definitiva del temblor.

Beneficio inmediato

Una de las mayores ventajas de este procedimiento es que la mejora del temblor suele producirse de forma inmediata. Teniendo en cuenta que el paciente no necesita ingreso hospitalario previo, puede recibir el alta a las 24 horas de someterse al HIFU.

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Es cierto que, como en cualquier tratamiento, pueden aparecer algunos efectos secundarios. Pero generalmente están relacionados con la aparición de un edema alrededor de la zona lesionada, lo que se solventa al poco tiempo. Por eso, el paciente suele mostrar un grado alto de satisfacción después de la intervención. No hay que resignarse a vivir con temblor esencial.

María Cruz Rodríguez Oroz es directora del Departamento de Neurología de la Universidad de Navarra. Este artículo fue originalmente publicado en The Conversation.