INTERNACIONAL

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Todos contra todos

 Arrastramos desde hace años la sensación de que algo extraño está pasando en el mundo. Ya antes de la pandemia, con sus datos de muertos, contagios, hospitales intermitentemente saturados y mascarillas, vivíamos confusos en una realidad que superaba nuestra imaginación y que seguía unas lógicas desconocidas.

La toma de posesión de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, en enero de 2017, fue la constatación definitiva de que la política entraba en una anormalidad inquietante. Se derribaba ante nuestros ojos el muro de contención que separaba “las cosas importantes”, como el gobierno de una potencia, de “las cosillas” y refriegas cotidianas en las redes sociales.

A este lado del Atlántico, estábamos sacudidos por el triunfo del Brexit y la rebelión antidemocrática, primero soterrada y luego a cara descubierta, de los gobiernos húngaro y polaco. La lista global de aberraciones iba aumentando con la injerencia de Rusia en otros países con el objetivo de desestabilizarlos, la presidencia demente de Jair Bolsonaro en Brasil o la efectividad de la “democracia” china que Xi Jinping proclama a quien quiera escucharlo.

Lo más sorprendente, sin embargo, puede que no sea el extraño devenir del mundo, sino lo que nos está pasando a nosotros y la forma en que nuestras conversaciones incorporan realidades tan distantes, apenas imaginables el día anterior. Esta cotidiana normalización de lo impensable se produce a través de las herramientas que Internet y las redes sociales han puesto a disposición de todos; de Trump y de Putin, de Bolsonaro y de Xi. De usted y de mí.

La tecnología ha derribado ese muro entre lo importante y lo anecdótico, lo factual y lo inventado, transformando de paso el modo de comunicarnos, convertido en un todos contra todos. El acceso directo, inmediato y personal a mensajes, información y opiniones, en una magnitud desconocida hasta ahora, causa tanto la sensación de extrañeza ante lo que sucede como su rápida asimilación, simplificando y radicalizando nuestros argumentos. El resultado es una comunicación caóticamente organizada, que admite mal los matices porque lo que buscamos desesperadamente es orden y certezas.

Este sistema de comunicación ha surgido por la multiplicación de la oferta informativa en Internet y, sobre todo, por la explosión de las redes sociales. Las consecuencias ya las conocemos: polarización y desconfianza. Su efecto es desgarrador en las sociedades democráticas abiertas, donde el intercambio libre y respetuoso de las ideas desempeña una función reguladora y es base de la convivencia. En la misma medida, es útil para líderes autoritarios, que utilizan medios tecnológicos occidentales prohibidos o censurados en sus países para desestabilizar los nuestros y generar confusión. El problema, por tanto, lo tenemos aquí.

Dos libros recientes analizan la polarización y la pérdida de confianza. Fernando Vallespín se pregunta en La sociedad de la intolerancia (Galaxia Gutenberg, 2021) si la amenaza no viene de los “hombres fuertes”, sino de “comportamientos y actitudes que poco a poco van erosionando ese tejido imprescindible que sostenía las instituciones y prácticas democráticas”. El principal elemento de la cultura liberal que se halla en peligro es para Vallespín la tolerancia, y su libro es una indagación en el concepto y en otros elementos de la democracia liberal en peligro.

Con una perspectiva completamente distinta, Ezra Klein ha escrito ¿Por qué estamos polarizados? (Capitán Swing, 2021). Sus respuestas no son del todo válidas fuera de EEUU debido a su peculiar sistema electoral, el funcionamiento de los partidos Demócrata y Republicano y la vida política en torno a los medios de comunicación. Lo interesante de este análisis made in USA es, no obstante, la capacidad que tiene el país de proyectar fuera de sus fronteras todo lo que sucede dentro, y esto incluye hoy más que nunca sus debates ideológicos, sus fracturas y su división.

Como era de esperar, ninguno de estos libros tiene soluciones. Son diagnósticos paralelos que se cruzan en algunos puntos, como la transformación del ecosistema de medios de comunicación y las consecuencias de la tecnología tanto en el modo de acceder a la información como en el comportamiento de individuos y partidos políticos. Vallespín y Klein coinciden en el desasosiego que dejan sus conclusiones: esto irá a peor.

La preocupación por la polarización –sus causas, transmisión, efectos y vías para atajarla– está en gran parte detrás del desfile ya habitual de los altos ejecutivos de las tecnológicas por el Congreso de EEUU y el Parlamento Europeo. Ninguno ha salido de allí respondiendo de qué manera las redes sociales alteran nuestra conversación pública ni qué pueden hacer para impedir su manipulación y deterioro. La complejidad del fenómeno de la polarización y del funcionamiento de las tecnológicas supera a los legisladores, mientras las ganancias en juego para las compañías son demasiado grandes. Esperemos que los primeros encuentren la regulación que la sociedad necesita antes de que los segundos acumulen más dividendos y piensen en su siguiente gran experimento social.

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