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Luka Doncic, la última esperanza del viejo baloncesto en el mundo moderno

El base esloveno se despide de una temporada en la que ha registrado 35,4 puntos, 9,1 rebotes y 8,7 asistencias en la fase regular, y 31,7 puntos, 9,8 rebotes y 6,4 asistencias en los play-offs

Imagen de archivo del base esloveno Luka Doncic. EFE/Fernando Bizerra

Imagen de archivo del base esloveno Luka Doncic. EFE/Fernando Bizerra

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Punto y final para Luka Doncic este año en la NBA. Su equipo, Dallas Mavericks, cayó la madrugada del viernes ante Golden State Warriors (110-120) en el quinto partido de las finales de conferencia del Oeste, que se saldan de esta manera con un 4-1 en su contra. Su abrazo al rival Stephen Curry a la finalización del encuentro es una señal de respeto. Del respeto de un superdotado a otro superdotado.

Doncic ya no es Wonderboy (Chico maravilla), ahora es un adulto de 23 años, un prodigio que ha certificado su transición a la mejor liga del mundo y que va acumulando récord tras récord, superando los que habían registrado anteriormente baloncestistas míticos como Kareem Abdul-Jabbar, Magic Johnson o Michael Jordan.

Luka dice adiós así a una temporada en la que ha promediado por partido 35,4 puntos, 9,1 rebotes y 8,7 asistencias en la fase regular, y 31,7 puntos, 9,8 rebotes y 6,4 asistencias en los play-offs. Son unos números escandalosos, un sello de calidad y la constatación de que el esloveno ha respondido a la llamada para hacer historia. Está en ello.

13 años, 54 puntos

El pequeño Luka, hijo de un jugador de baloncesto y de una modelo y bailarina de baile deportivo, creció con una pelota en las manos y, antes de romper récords en la NBA, ‘fracturó’ un buen número de ventanas y cristales en la pequeña casa de sus padres en Liubliana, la capital eslovena. Tras asombrar a ojeadores de media Europa en un torneo infantil en Roma, donde anotó 54 puntos en la final, recaló en el Real Madrid. Tenía entonces 13 años. A los 16 debutó en la ACB con el equipo de Pablo Laso, siendo el jugador más joven en la historia del club en hacerlo.

El Madrid le enseñó a familiarizarse con la presión y la exigencia constantes. Laso le hizo entender la necesidad de mejorar y mejorar. Tras ganarlo todo en Europa con los blancos (tres ligas ACB, dos Copas, una Euroliga y una Copa Intercontinental), y después de llevar a la selección eslovena a la conquista del campeonato de Europa, puso rumbo en 2018 a las américas. Allí le esperaban los Mavericks donde antes un alemán, Dirk Nowitzki, había colocado a Dallas en lo más alto.

Ese es ahora el objetivo de Doncic, un jugador que ejecuta todo tipo de movimientos sobre el parqué con una pulcritud y una perfección inusuales, cada vez menos frecuentes en la NBA, donde los árbitros hacen ya en demasiadas ocasiones la vista gorda a infracciones del reglamento. Allí manda el espectáculo.

Pero el esloveno no se sube a esa atracción de la feria. Él respeta el viejo baloncesto, el ortodoxo, el de los jugadores que saben marcar los pasos, hacer los reversos sin patinar sobre la cancha y usar su cuerpo en las penetraciones a canasta sin usar el brazo que no lleva balón como si fuera el aspa de un molino gigante que aparta a los quijotes de su camino.

Doncic es el máximo exponente de ese baloncesto de raíz y acento europeos que llega a la competición más exigente del planeta, donde abundan los jugadores que colocan sus cabezas a la altura del aro y muchos exhiben su poderosa musculatura (“Es el gimnasio, amigo”). Luka es distinto. Él va a lo suyo con su propio recetario, con el libro de las normas del baloncesto bajo el brazo y respeta los mandamientos de este deporte.

Su padre dijo de él que tenía un poco de Kukoc, la visión de juego de Bodiroga, que se movía como Drazen Petrovic y pasaba como Teodosic. Y eso no hace un Frankenstein, sino lo más parecido al jugador perfecto, el baloncestista total.

MVP europeos

Doncic y el serbio Nikola Jokic son la última esperanza del viejo baloncesto en el mundo moderno. El pívot de los Denver Nuggets acaba de lograr esta temporada su segundo MVP consecutivo, sucediendo así al griego de Milwaukee Bucks Giannis Antetokounmpo, y constatando que ya son cuatro años seguidos en los que un europeo se hace con el galardón. Antes, el único europeo nombrado MVP había sido el alemán Dirk Nowitzki, que lo logró en 2007 jugando en los Dallas Mavericks.

Jokic es otro jugador paradigmático, otro oasis, un jugador tan versátil como imprevisible, que derrocha talento en todas las facetas del juego. Descartado hace unos años por el Barcelona por su sobrepeso, el pívot serbio anota, asiste, rebotea, bota y se mueve en el rectángulo de juego como nadie en la liga de los mejores. Sencillamente, lo hace todo bien. Inventa pases por la espalda, dirige el contraataque con un dominio de balón inusual en un “grande” y muestra un catálogo de recursos ofensivos casi a la altura, en variedad, del de Amazon.

Pero volvamos al esloveno, porque si Jokic lo hace todo bien, Doncic, desde sus 2,01 metros de altura, no solo es bueno, sino que cada día se hace mejor. “Tengo 23 años y sigo aprendiendo”, ha dicho. Y así es: desde que llegara a la NBA, hace tres temporadas, ha mejorado su dominio técnico, su templanza, ese step-back (paso atrás) que lo convierten en un ‘francotirador’ de precisión infalible, imparable para la defensa rival.

Ese movimiento logra forzar la apertura de la defensa rival y, entonces, el 77 de Dallas, juega a placer, porque es cuando tiene la opción de penetrar, de cambiar el balón de mano cuando ya está cerca del aro, como si sus movimientos dependiesen del azar, y fueran del todo imprevisibles e indefendibles. Es como si se tratase de una ruleta rusa en la que el defensor no sabe a qué número apostar.

Doncic posee también una insultante frialdad para jugarse los balones decisivos unos segundos antes de que suene la bocina. Esa frialdad contrasta con la efervescencia de su juego y con ese carácter indómito que lo han convertido en coleccionista de faltas técnicas. Ahí, Luka tiene trabajo para septiembre. Y, como diría un cantante español afincado en Miami, “lo sabe”.

"El futuro es suyo"

Este año se acabó lo que se daba para él. Ha estado cerca de meter a los Mavericks en la final de la NBA, pero los Warriors son palabras mayores. Aún le quedan años. Y lo volverá a intentar. Eso también lo sabe. No en vano, en uno de sus tatuajes, Doncic lleva escrito en latín 'Non-desistas, non exieris' (Algo así como ‘No desistas, no te rindas’).

Ese lema parece haberlo llevado siempre a rajatabla, porque, aunque muchos le auguraban un gran futuro, muy pocos podían imaginar que llegaría tan alto. Su excompañero Sergio Llull dijo de él: “El futuro es suyo”. Y Alberto Herreros, director deportivo de la sección de baloncesto del Real Madrid señaló que no había visto nada igual en su vida.

Pero el que más se acercó a lo que está sucediendo fue el seleccionador esloveno Igor Kokoskov, quien tenía muy claro dónde estaba el futuro de Doncic: “El cielo es su límite”. De momento, Luka ya es una estrella.  

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