LA CRÓNICA DEL ARTE

Un carnaval de creación joven

Piezas de la exposición ’Cabeza de lobo’, de Blanca Gracia, en la Sala de Arte Joven de la Comunidad de Madrid.

Piezas de la exposición ’Cabeza de lobo’, de Blanca Gracia, en la Sala de Arte Joven de la Comunidad de Madrid.

El crítico de El Periódico de España recorre tres exposiciones de la ‘rentrée’ artística madrileña: las de Blanca Gracia, Luis Vassallo y Leonor Serrano Rivas. Con diferente balance

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Los cuentos infantiles son una colección de salvajadas: orfandad, maldiciones y fieras antropófagas. En un singular acto de sadismo, una generación espanta a la siguiente enseñándole, con exageración y a destiempo, las crueldades que reserva la vida. En aquello que se da a los niños hay una curiosa mezcla de candidez y brutalidad que no se encuentra en otra parte: moralejas truculentas con colores chillones, canciones de cuna llenas de resentimiento. Las nanas, escribió atónito Lorca, han "reservado para llamar al sueño del niño lo más sangrante, lo menos adecuado para su delicada sensibilidad".

En el derecho medieval inglés existió una fórmula de destierro digna de protagonizar una película de Disney. "Dejad que la suya sea una cabeza de lobo. Te proclamo libre como los pájaros en el aire y las bestias en el bosque y los peces en el agua. No tendrás paz, ni compañía en ningún camino o dominio del emperador". Fuera de la sociedad, privado de todo vínculo, solo queda la autonomía de las alimañas. Ya lo dijo Aristóteles: quien vive solo, o es un monstruo o es un dios.

Blanca Gracia (Madrid, 1989) se sirve de esta idea para vertebrar su reciente exposición en la Sala de Arte Joven de la Comunidad de Madrid. Cabeza de lobo se compone de tres espacios en los que, mediante recursos escenográficos, el espectador transita desde lo civilizado hasta lo salvaje, desde lo racional a lo absurdo o desde la vigilia hasta los sueños. En la primera sala se plantea un juego de sombras, observable a través de los agujeros de un muro. Pequeñas siluetas coloreadas proyectan ánforas, fuegos, Sísifo con su pedrusco, un dogal, danzas macabras y René Descartes. Abandonando este remedo de la caverna platónica, se cruza una cortina que franquea la segunda sala, donde, mediante elementos textiles, se crea un espacio boscoso que envuelve las columnas de la estancia con enredaderas y hombres que, mientras suben por ellas, se animalizan. Entre la calidez de las telas se destacan unas pequeñas plantas de latón de las que florecen faunos, soles y animalillos. Finalmente, en la última sala, el visitante presencia un desfile carnavalesco, en el que seres de toda clase (una mujer embarazada de una mandrágora, un demonio, un cazador, una pareja sexual moteada, un caracol con un sintetizador en la grupa o un heraldo que porta un floripondio) procesionan alegres, incesantemente, día y noche.

Las plantas de latón de la exposición de Blanca Gracia.

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Cabeza de lobo es un gran carnaval, una celebración en la que personajillos con aires infantiles cuentan una historieta que es a la vez trivial y profunda. Es una de esas raras exposiciones que se visitan gozosamente. Al trabajo de la artista se suma el hábil comisariado de Pilar Soler Montes, que ha logrado 'domesticar' la aparatosidad y las pobres condiciones de la sala con un montaje inteligente, que logra sustanciar una propuesta que fácilmente podría haberse desparramado tanto plástica como narrativamente.

Cualquiera que se haya interesado por los cuentos y relatos que conforman nuestra cultura habrá reparado en cómo las mismas estructuras se repiten una y otra vez. Vírgenes que paren, hermanos que se matan o niños abandonados que resultan ser hijos de grandes señores. Levi-Strauss llamó 'mitemas' a esta porción irreductible del relato mítico, creando un concepto análogo al lexema lingüístico. El pintor Luis Vassallo (Madrid, 1981) ha escogido este palabro para titular su exposición en Espacio Valverde, sirviéndose de esta noción para trazar una genealogía de la pintura que emparenta el barroco con las vanguardias históricas. Que nadie se asuste: los vínculos heterodoxos y contingentes son una valiosa prerrogativa de las artes. La propuesta de Vasallo consiste, esencialmente, en sintetizar esos grandes cuadros de titanes y dioses para, una vez reducidos a elementos esenciales, insertarles elementos extemporáneos.

Luis Vassallo, 'La fragua de Vulcano IV (Vulcano's Forge IV)', 2022./ Espacio Valverde


A través de este ejercicio, Vasallo demuestra la agudeza de su mirada y su notable habilidad para construir imágenes con elementos improbables (de Velázquez al diseño gráfico). Encuentro, sin embargo, que las obras en las que se explica el procedimiento (por ejemplo, la versión de La fragua de Vulcano), donde todo es más obvio, resultan mucho menos interesantes que aquellos en los que la operación ha sido aplicada con mayor severidad y sin agarraderas: la serie de jeroglíficos que cierra la muestra, donde los solemnísimos asuntos de la exposición han sido reducidos a un mensaje casi cifrado (apenas unas líneas, un color predominante, algún elemento iconográfico).

Leonor Serrano Rivas (Málaga, 1986) ha inaugurado recientemente su individual en el Reina Sofía, dentro del programa Fisuras, que programa exposiciones de artistas de media carrera. Se trata de una muestra articulada en tres espacios inconexos del museo, en los que la artista presenta el despliegue de unos mismos motivos en tres artefactos diferentes, 'inspirados' en recursos teatrales y en la tramoya propia de la magia y el ilusionismo. Así, en el Espacio 1 se proyecta un vídeo en el que unos personajes juegan, voltean y se encuentran en una sala llena de dispositivos giratorios. El vídeo está enmarcado por dos enormes superficies reflectantes, que remiten a los cuartos de espejos. La Sala de Bóvedas acoge una proyección en 16 milímetros que 'se lanza' desde un extremo de la sala hasta una pantalla que cuelga, horizontal, del techo. La proyección se logra haciendo rebotar el haz de luz mediante un mecanismo de espejos que logran salvar los impedimentos de la sala. La imagen está formada por pigmentos sometidos a los sonidos de la película del Espacio 1, formando esos patrones que se llaman placas de Chladni, en una secuencia que se nos insiste que no ha editado para esta revisión de la linterna mágica. El Dogma 95 sigue de moda, caray.

Vista de la exposición de Leonor Serrano Rivas, 'Magia natural', en el Espacio Uno del Reina Sofía.

/ Archivo fotográfico Museo Reina Sofía

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Finalmente, en la Sala de Protocolo, volvemos a retomar la dichosa melodía del vídeo que da origen a todo: primero mediante unas cajas de música amplificadas por unos platos de batería; después, en unos tapices inspirados en el telar de Jaquard (un invento que permitía tejer con la guía de tarjetas perforadas) y en un desplegable al modo de las tablas lunares de E.W. Brown.

Magia natural, que así se llama la exposición, nos ofrece un discurso grandilocuente, lleno de referencias históricas que reunidas por los pelos (la propia alusión a ese momento en el que ciencia, filosofía y magia compartían procedimientos es bastante peliaguda) se despliega en un montaje aparatoso y frío, que enmarca unas obras que de tan sofisticadas resultan anecdóticas. Tampoco ayuda la distancia que el visitante debe recorrer entre una sala y otra, en la que, perfectamente, uno se puede olvidar de dónde venía y para qué iba. Lamentablemente, se trata de una de esas exposiciones que, contadas, resultan más interesantes que vistas: uno de esos casos en los que la inflación retórica juega en contra de la obra.