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ESPEJO DE PAPEL

Borges cantando por Madrid

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El escritor Jorge Luis Borges.

El escritor Jorge Luis Borges. / ARCHIVO

Dirán que fue un sueño, que nunca ocurrió, pero yo escuché a Borges cantar en Madrid. No cantaba cualquier cosa, no tarareaba un tango, ni un aria italiana, ni recitaba a los poetas ingleses de su legendaria apetencia, cantaba sin rubor en un islandés que se quedó en mis oídos como parte de una leyenda que ahora cuento. Una vez estuve en la biblioteca Miguel Cané de Buenos Aires, sentado justo donde él se sentaba para hacer su trabajo cuando ya no necesitaba ni espejos ni paisajes ni siquiera paredes con afiches, porque era ciego, y sentí que en ese momento, mientras evocábamos a sus amigos y decíamos sus inolvidables ocurrencias, experimenté la fascinación de oírle cantar, pero eso era imposible, eso sí que fue ficción, ocurrencia de un apasionado.

Aquel hombre que iba en nuestro coche era Jorge Luis Borges, no un heterónimo, ni ese otro que lo habitaba y formaba parte de una autobiografía sin él, el misterioso otro Borges que se burlaba de sí mismo y de todos los que le pusieran solemnidad al tratamiento que merecía y que él desdeñaba así, diciendo que él era el otro. Era el Borges que aquí retrató por vez primera un argentino que luego arraigó en Madrid y en Santander y que se llama Marcos-Ricardo Barnatán, que escribió su biografía, prolongó éstas en una amistad que hizo legendaria la bonhomía del autor del Aleph, y además logró hablar como él, y de hecho lo hizo anoche mismo cuando le dije que iba a escribir para Clarín sobre el artista que marcó su vida.

Pues yo estuve con esa leyenda por algún tiempo. Juan Cueto me pidió que lo reflejara en un texto de una revista que fue la mejor muestra de contemporaneidad de la España posterior a la dictadura (Cuadernos del Norte) y nunca me olvido ni de una sílaba de aquel encuentro, como si estuviera en mis sueños y no fuera realidad, porque a lo mejor, quién sabe, aunque yo y mis compañeros de aquel momento nunca hemos dudado de ello, el encuentro nunca tuvo lugar.

No tengo el dato preciso, el día o el mes, pero sé que era subiendo por la calle Marqués de Riscal, esquina a Almagro, qué nombre tan argentino, entonces él iba en nuestro automóvil color marrón jaspeado, matrícula Madrid 18160, y alguien de los que habíamos allí dentro, entre ellos una niña de nueve años que ya tiene 49, pronunció la palabra Islandia, y entonces Borges empezó a cantar endechas en un lenguaje impronunciable que él decía a la perfección, como si tuviera el don de lenguas, el don de ser Jorge Luis Borges.

Vestía un traje oscuro, como casi siempre iba con corbata, y esa vez también, preguntaba por los nombres y los apellidos de la gente, y tenía la propensión a buscar símbolos en esos apellidos. Se detuvo mucho en el origen de uno de los que lo acompañaban, el apellido Acevedo, que también estaba entre sus ancestros próximos, y ahí estuvo casi todo el trayecto, contando los nombres de sus incontables antepasados, y cantando, a veces volvía a cantar en islandés o en cualquier lengua, entre nosotros parecía que había decidido ser el Borges de Buenos Aires que en Madrid se suelta a cantar, y a reír.

Juan Cueto, que disfrutó en el norte de España una célebre gira de Jorge Luis Borges, también lo recordaba cantando, y riendo, igual que Guillermo Cabrera Infante lo recordaba habitualmente, cuando citaba a Borges, que era casi siempre, gastándole bromas mientras andaba por un paso de peatones en Gloucester Road. En esa ocasión que tanto repetía el autor de Tres triste tigres, el gran argentino, el hombre más simpático que yo he conocido entre los escritores, se quedó solo ante el paso de cebra, Guillermo lo dejó ir, por si titubeaba, y así llegó solo el autor de El Aleph a la otra orilla de la calle. Llegó por intuición o por lo que fuera, pero el autor inolvidable llegó al otro lado sin incidentes, y allí esperó a que lo alcanzara el divino cubano que, con su puro de entonces, ya tuvo materia para decir, durante años, que en realidad Borges veía, no era aquel ciego que pretendía ser.

Aquel día de Madrid era de noche, para Borges y para nosotros. El editor Javier Pradera, que le publicaba entonces sus libros en Alianza Editorial, le había encargado a un servidor que se ocupara de su autor más querido, porque por alguna razón en ciertas horas aquel hombre sin noches, animado solo por lo que inventara más allá de la ceguera, debía tener una cena, una mañana, algún tiempo en Madrid con otros, y por alguna razón me escogió entre los posibles acompañantes.

Luego he tenido la duda de si he soñado todo esto, pero ahora que Madrid se llenará, gracias al festival Ñ de noviembre, de tantos escritores argentinos, he querido evocar aquellos momentos que quizá fueron un sueño. Borges bajó del hotel, entró en nuestro coche chiquito y nos dirigimos, él sentado atrás y yo junto a la conductora, que era mi mujer, Pilar, con él iban mi hija Eva y también un escritor y periodista, Fernando Delgado, que nos acompañaba a la cena. Ésta iba a ser en un restaurante que ya no existe, cerca de la Residencia de Estudiantes, donde años antes cantaron y rieron gente como Salvador Dalí, Federico García Lorca y Luis Buñuel.

Era noche cerrada, pero Madrid era una ciudad feliz, casi todas las calles estaban vacías y con buen clima, y nosotros le íbamos contando a Borges los sucedidos más famosos de la ciudad reciente, que se despertaba a la democracia y en la que él era recibido como un genio al que todavía no le habían dado aquí tantas medallas, aunque ya había tenido el Cervantes que, bobadas del destino, le hicieron compartir con Gerardo Diego. Es célebre la broma de Borges, al encontrarse con su gemelo de premio: "¿Cómo es de veras su nombre? ¿Gerardo o Diego?"

En el restaurante Borges miraba como si viera, esa cara y esos ojos que parecían sonreír preguntando, y preguntaba como si todo tuviera respuestas, y si no él se las inventaba, pues le gustaba jugar con los que le rodeaban como si siempre estuviera al frente de lo que debiera ser una conversación: una ocasión interminable de saber más, aunque ya él mismo fuera una enciclopedia.

Entre las cosas que ocurrieron esa noche (¿o no ocurrieron?) fue que Borges, naturalmente, también debía comer, aparte de cantar y entretenerse, así que uno de nosotros le leyó la carta y a él le gustó la palabra vichisoisse, así que eso pidió, diciéndolo varias veces, como si ya paladeara en la palabra el líquido que había en ese plato. Le pregunté yo mismo a Borges por qué pedía precisamente vichisoisse, algo que ni era sólido ni podía ser ingerido con facilidad por alguien que no veía el contenido de aquella sopa fría…

Borges tenía respuestas para todo, su literatura es una combinación fantástica de preguntas y de respuestas, un festival inolvidable de palabras precisas, como si las sacara de un arcano que sólo estaba a su alcance, de modo que nos dijo que él pedía ese plato porque era el que mejor sonaba entre todos los que le habíamos leído de la carta. Vichisoisse, una palabra que se come.

En el hotel buscó un sitio concreto donde esperar a quien fuera, así que me condujo como si ya él mismo fuera el amo del sitio, hacía un asiento concreto bajo el gran fanal de luz que es el hall del Hotel Palace, y se sentó allí, mirando al cielo que se tenía prometido. Me dijo entonces que ese era el sitio del mundo en el que verdaderamente podía ver los colores, y ahí, sentado, sonriendo, viendo los colores que no podía ver en su pupitre de la biblioteca Miguel Cané, lo veo siempre, como si hubiera sido una aparición o un sueño, una memoria que quizá fue irreal pero que para mi existió con todos los detalles. Borges cantando en Madrid, viendo luces en el Palace. Luego me pidió que le cerrara maleta. Y me dijo: "Deje que haya alguna ranura por la que respiren las camisas". Borges. Inolvidable aparición de nuestras vidas. 

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