ENTREVISTA

Lucía Lijtmaer: "Muchas mujeres no están construidas desde el feminismo, pero tampoco les cuelan ya ciertos discursos"

La escritora y periodista catalana publica una novela escindida en dos historias, una en la Barcelona contemporánea y otra en la Nueva Inglaterra puritana del siglo XVII, que sirven para apuntalar el mismo relato: el de las mujeres que pelean por ser libres y felices en un mundo en el que siempre lo han tenido complicado.

Lucía Lijtmaer, en un jardín cercano a su casa en el centro de Madrid.

Lucía Lijtmaer, en un jardín cercano a su casa en el centro de Madrid. / Alba Vigaray

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En los últimos años, Lucía Lijtmaer (Buenos Aires, 1977) se ha convertido en una de las voces más relevantes y versátiles de nuestro panorama cultural. Además de sus colaboraciones en prensa y radio, esta periodista con una fortísima pulsión literaria ha publicado una novela con forma de crónica (Casi nada que ponerte, Libros del Lince, 2016), un ensayo sobre la toma de conciencia feminista (Yo también soy una chica lista, Destino, 2017) y otro en el que fustigaba los lugares comunes de los nuevos reaccionarios (Ofendiditos, Anagrama, 2019). También ha organizado un festival de humor feminista, Princesas y Darthvaders, e impartido conferencias y cursos de crítica cultural. Pero sobre todo, Lijtmaer ha construido, junto a su amiga y compañera de fatigas Isa Calderón, un podcast cultural, con mucha comedia y con sesgo de género, que es uno de los más escuchados en España y que sus miles de seguidoras han convertido en religión: Deforme Semanal Ideal Total, un formato en Radio Primavera Sound que además les ha valido ya dos premios Ondas en el último año.

Barcelonesa nacida en Argentina, la autora lleva ya varios años instalada en Madrid, y en ella, igual que conviven diferentes identidades, también lo hacen unas cuantas almas culturales. Porque Lijtmaer puede hablar con la misma pasión y conocimiento de causa del caso Britney Spears y de Virginia Woolf, de antropología urbana y del psicoanálisis que lleva en los genes, de Suede y de Missy Elliott. En la novela que publica ahora con Anagrama, Cauterio, confluyen varias de esas vetas, y es un libro destinado a colocarla en la primera línea de nuestra literatura. Una historia que en realidad son dos, entrecruzadas en capítulos consecutivos. La primera narra la odisea de una mujer joven, en la Barcelona de hace pocos años, que vive aniquilada por el desamor con un hombre que no la trata bien. La segunda nos lleva a la Nueva Inglaterra puritana del siglo XVII, y nos presenta a unos personajes históricos femeninos que se salieron de la norma. Ambos relatos describen, con maestría narrativa y salpicados de retazos de humor, terror y aventura, los esfuerzos que las mujeres llevan siglos haciendo por ser libres. No solo respecto de los hombres, sus poderes y sus religiones, sino también respecto de la misma idea del amor.

¿Con cuál de las dos historias empezó todo?

Todo empezó con dos imágenes que tenía en la cabeza y no se me iban: la de una mujer en una isla, enterrada, lejos de casa. Y también la de un animal que se estrella contra un cristal. Dos imágenes paralelas que tenían en común la idea de aislamiento. Y pensaba, ¿quién es esta mujer? Por otra parte, siempre me ha interesado la historia de los primeros puritanos en Estados Unidos, y me puse a investigar. Ya conocía la historia de Anne Hutchinson, que fue una de las primeras disidentes dentro del puritanismo. Pero encontré que había otra mujer, Deborah Moody, que había hecho el mismo tránsito pero era mucho menos conocida, y su historia menos trágica. Deborah había logrado montar su propia comunidad, y había fundado lo que hoy se conoce como Gravesend, en Brooklyn (Nueva York). Ella hizo el primer trazado urbanístico moderno y fue considerada la mujer más peligrosa del mundo en ese momento. Cuando dí con Deborah Moody dije: ya lo tengo. Esta mujer es ella.

¿Y la otra?

Estaba en Barcelona, a finales de 2019, y me vino la idea de esa voz que representa a todo este cúmulo de mujeres que yo he conocido, de mi generación, que pueden contar una historia mucho más contemporánea de lo que les pasa en torno a la idea del amor. Del amor como trampa para las mujeres, que es un poco la idea del libro.

Lo que le pasa a muchas de mis contemporáneas con el amor, el amor como trampa para las mujeres, es un poco la idea del libro"

¿La caza de brujas puede servir para explicar el presente de alguna manera?

Tanto Hutchinson como Moody son anteriores a la caza de brujas de Salem. Ellas viven una persecución sobre todo política, porque en ese momento lo político y lo religioso van de la mano. Evidentemente tiene algo que ver, porque son mujeres expulsadas de sus comunidades. Pero bueno, no las matan. Al ser una novela y no un ensayo, me resulta más difícil encontrar un paralelismo con la cosa contemporánea, que sí lo tracé más en Ofendiditos. Pero me parecía interesante ver cómo entre las mujeres de esa época, las que tenían cierta libertad social eran curiosamente las parteras, las que tenían un oficio, o las que ya habían enviudado y tenían una capacidad económica. En este momento, en cambio, la caza de brujas se asocia absurdamente a una idea de puritanismo contemporáneo que es el feminista. Eso es lo que oímos en la prensa: “vivimos una nueva era puritana que no nos deja decir nada”. Es como que se ha invertido el debate.

La parte del siglo XVIII está construida con muchísimo detalle, tanto en la atmósfera como en la forma de contar.

Supongo que es por haber estudiado Filología inglesa y por tener determinados referentes literarios. Haber leído a Hawthorne en su momento. O aunque sea posterior, a Edith Wharton, que es una escritora que te sirve para los dos ambientes, porque menuda antropóloga social que era en La edad de la inocencia. A mí me gustaba que el personaje contemporáneo tuviera algo irónico. Retrata a las mujeres y hombres de nuestra generación, el tiempo social, la gentrificación, lo que pasa cuando te dejan, cambiar de piso… Y eso claro que lo conozco de primera mano. Pero con el otro yo, intentaba que fuera universal. El hecho de decir: ¿cómo empiezo de nuevo? En el fondo eso es lo que las dos historias tienen en común. Cómo empiezo de nuevo. Y eso se puede narrar de una manera muy literaria o de una manera muy contemporánea.

¿Escribió cada una de ellas de manera diferente?

Curiosamente sí, pero por una cuestión de disciplina. La parte del siglo XVII casi en su totalidad la escribí entre las 6 y las 9 de la mañana. Cuando estamos todos sometidos a tantos estímulos, si tú te levantas al alba y te pones a escribir, hay algo que tiene que ver con estar fuera del mundo. El amanecer, los primeros pajarillos... hay algo que está en total calma, aunque pueda sonar un poco cursi, que te saca de la contemporaneidad. A partir de las nueve empieza a sonar el WhatsApp y es mucho más difícil meterte en Massachusetts en 1650 [risas]. En cambio la otra parte, aunque sí que requería disciplina y estar sentada unas horas al día, no exigía un ambiente tan concreto. También tuve la suerte de que me dieron una beca del Ayuntamiento en Barcelona y me pude dedicar a estar dos meses en una biblioteca escribiendo. En el fondo los escritores lo que necesitan es tiempo.

La escritora, el día de la entrevista.

/ Alba Vigaray

¿Qué le interesaba del personaje real de Deborah?

Explorar la idea de una utopía que el otro personaje no tiene, porque el otro personaje está destrozado. Deborah tiene un plan. Y me gustaba la idea de no quedarnos en la cosa de qué mal se pasa cuando se pasa mal. Qué arrojo subirte, como ella, a un barco, uno de esos barcos de Inglaterra a las colonias en los que mucha gente moría por enfermedades. Y además, me apetecía pensar que ellas construían un mundo pensado desde las mujeres. Aunque en la realidad no era así. Yo quería que Deborah fuera un personaje fuerte. Eso sí lo tenía claro. Decía: por favor, necesito la fuerza de la que la otra carece. Al menos al principio. Luego ya se lía la cosa [risas]

El personaje de la pareja de su protagonista contemporánea pone de manifiesto ese machismo que tanto han fustigado en el podcast: el de tantos hombres que se dicen feministas y de izquierdas. ¿Es un mal muy extendido?

No lo sé, depende de lo que te encuentres por ahí. Yo no puedo hablar de todos los hombres, pero todas podemos vivir situaciones difíciles de machismo, no solo en la pareja. Lo que siempre me ha interesado es la pregunta de por qué hay quien sale de un tipo de relación y por qué hay quien no sale. El cómo estamos construidas sentimentalmente, cuál es nuestra historia emocional. Y claro, la idea de la izquierda tiene que ver con que para mí sería muy fácil retratar a un tipo machista, de ultraderecha, que es una mala persona. Pero no. Se trata de hablar de los entornos que yo conozco.

Siempre me ha interesado la pregunta de por qué hay quien sale de un tipo de relación y por qué hay quien no sale. El cómo estamos construidas sentimentalmente" 

¿Hablaría de maltrato psicológico, en el caso de lo que sufre su protagonista?

Ponerle una palabra a algo que yo he hecho en la ficción me resulta difícil. Lo que sí me parece claro es la espesura de ese tipo de control. ¿Sabes? Hay una cosa espesa que sucede en las relaciones sentimentales donde hay control, y que es muy difícil de definir. Supongo que sí, supongo que es maltrato psicológico. Quizá para un terapeuta esté claro. Pero como yo no lo soy, no me atrevo a ponerle nombre. Este es un trabajo literario, muy emocional. Me resulta difícil ponerle etiquetas.

Varias de las mujeres que salen en la novela se autoengañan respecto a sus relaciones amorosas para poder seguir adelante. ¿Es una constante?

A las mujeres se nos educa para pensar que el amor es lo más importante. Entonces, cómo no va a formar parte de nuestra historia, de cómo nos construimos. Y la dependencia también. Todo para nosotras puede acabar girando alrededor de eso. Las mujeres podemos quedar para diseccionar -y no es un tópico- setenta veces la misma cuestión amorosa sobre el mismo tipo. ¿Cómo pasa eso? Además, más allá de que los personajes sean o no maltratados, ellas también se maltratan mucho a sí mismas. Se hacen mucho daño los personajes en esta novela. Por no poder escapar, por lo que sea. Hay una cuestión del cuerpo muy importante. Dejar de comer, por ejemplo. La relación de las mujeres con su cuerpo es una constante.

Lo refleja también con la vejez: Deborah, cuando es más mayor, también es más libre. Ya no la desean, no la miran.

Claro. Ella se vuelve invisible, y por tanto es poderosa.

Otro tema muy presente en la novela es el de las amigas. También lo es en su vida, hasta el punto de ha organizado su vida profesional con una de sus mejores amigas. ¿Por qué es tan importante la amistad femenina?

Igual que se enseña socialmente que el amor es lo más importante, cuando entramos en la adolescencia parece como si la amistad entre mujeres dejara de ser tan importante en pro de ser deseada. En cambio, ¿a quién acudes cuando tienes un problema, cuando algo te duele, cuando tienes que hablar de algo? Muchas veces no es a tu pareja, es a tu amiga. Y no sólo me interesa la amistad femenina, también la amistad en general. De hecho, lo siguiente que voy a escribir es sobre la amistad en general, los grupos de amigos. Me parece muy importante tratar esos vínculos, que muchas veces son los más sanadores y los más importantes. Y es verdad, sí. Para mí es muy importante. Fíjate eso que decías: hasta el punto de que yo trabajo con mi mejor amiga. Cuando acabé la novela, pensé que de alguna manera freudiana yo había puesto a dos mujeres apoyándose. Algo habrá ahí.

En el libro también es muy minuciosa con la geografía: la de Barcelona y la de la Nueva Inglaterra del XVII. Hay una pulsión de urbanista, ahí.

Es verdad, yo tengo un interés muy obsesivo por el urbanismo. El urbanismo define nuestra vida. Antropológicamente, económicamente... en todo. El barrio en que vivimos define nuestra vida. Hay marcas sociales constantes en los barrios de quiénes somos, de cómo somos. Las casas en las que vivimos, cómo están construidas. El tipo de avenidas, el tipo de calles, las estructuras. Pasear una ciudad es una manera de conocer muy bien dónde estás, pero también es historia viva. Las ciudades son historias vivas. Yo tuve una sección en El Periódico de Catalunya en la que hablaba sobre la relación entre la música y el urbanismo. Por ejemplo, cómo las casas de dos plantas en Detroit marcaron el sonido de la ciudad, porque los pianos que se hacían para esas casas eran de determinado tamaño y tenían un precio menor que hacía que las familias afroamericanas pudieran tener un piano en casa. Eso determinó absolutamente la música que se hizo allí. Ese tipo de cosas me fascina.

En su novela convierte la rica zona alta de Barcelona en un escenario casi de terror, muy sombrío. ¿Es solo un recurso literario, o realmente la ve así?

La zona alta de Barcelona es preciosa. Pero sí, me aterra. Me aterran especialmente los barrios pudientes en agosto, cuando no hay nadie porque todo el mundo se ha ido a sus segundas residencias. También el barrio de Salamanca, en Madrid. Una vez estaba en agosto en Madrid y salía de casa de un amigo que vivía por ahí, hice el tránsito caminando hasta mi casa y pensé, ¿dónde estoy? Era una película de terror. Siempre me hace mucha gracia que en las películas de terror sean los túneles o los barrios populares los que dan miedo, cuando realmente los barrios deshabitados son los pijos.

Como telón de fondo de la parte actual de su novela está la ola de cambio político que se vivió en España hace más de un lustro, con ese municipalismo que representa la pareja de la protagonista. ¿Qué queda de todo aquello?

En el caso específico de Barcelona, el municipalismo ha sido de los pocos optimismos políticos que aún perduran, más allá del color político de cada uno. La idea de municipalismo es una idea muy potente. Trabajar desde la ciudad. Cuando tú le cambias el trazado a una calle o le pones un semáforo, o pones luz donde no había… esa es la política que la gente nota y entiende, no la política maximalista. En ese sentido yo creo que sí que ha habido una cierta resistencia por parte de los municipalismos. Por supuesto, no en Madrid, donde se está muy lejos de donde parecía que se iba a estar. Yo lo situé en ese momento porque me pareció interesante política y socialmente. Fíjate que hablo de Joan Clos. Barcelona venía de una etapa tan faraónica hacia 2004 y justo antes de la crisis, de tanta bonanza económica pero también de un discurso tan, tan triunfalista, que aunque no sale específicamente en la novela me gustaba la idea de tratar la Barcelona posterior, que es la Barcelona de la crisis económica.

En Yo también soy una chica lista acuñó el concepto del “golpe en la cabeza”, el momento en que usted, ya no tan joven, tomó conciencia de cómo funcionaba el mundo realmente y se hizo feminista. A las protagonistas de Cauterio, de alguna manera, también les pasa. ¿Sigue siendo difícil?

Yo creo que cada vez hay más mujeres construidas desde el feminismo. Tú a una mujer de 20 años, que ya ha vivido las manifestaciones multitudinarias, que ya conoce el discurso feminista, ya no puedes construirla desde otro lado, por más que haya formaciones políticas que quieran hablar de ese otro lado. “La vuelta al hogar”. ¿Quién va a creer eso? ¿Qué mujer en 2022 no va a tratar su vida desde el control de su propio cuerpo, desde su propio deseo, desde su propio pensamiento...? Sí, hay muchas mujeres que no están construidas desde el feminismo, pero ya hay ciertos discursos que a ellas tampoco les cuelan.

¿Le preocupa o le gusta la idea de que califiquen su libro como “novela feminista”?

Lo tienen que definir los demás. E insisto en la cuestión íntima: cuando una escribe no sabe lo que está haciendo hasta que lo termina. Yo no tenía una intención cuando me puse a escribir esta novela. Es lo que me sale. Sí me importa decir que esto es una novela, no es un ensayo. Que es una ficción. La etiqueta feminista cómo me va a molestar, por supuesto que no. Pero no hay una construcción consciente por mi parte, como de "venga, voy a hacer una novela feminista". Luego ya cada uno que haga su lectura. Es el lector el que acaba definiendo tu libro.

La etiqueta feminista cómo me va a molestar, por supuesto que no. Pero no hay una construcción consciente por mi parte, como de "venga, voy a hacer una novela feminista"'

Como su protagonista, usted se vino de Barcelona a Madrid. ¿También huía de algo?

No, yo no sentí que huyera de Barcelona. Tampoco sé muy bien por qué me vine. Fue una decisión muy meditada, pero muy poco consciente. Sí es cierto que en ese momento en Barcelona, en plena crisis, no tenía trabajo. Y el trabajo que tenía estaba en Madrid. Había conseguido una colaboración con un periódico y había empezado a trabajar con La Casa Encendida. Y dije bueno, pues vamos a probar. Y aquí me vine.

¿Y qué papel representan las dos ciudades hoy por hoy en su vida?

Tengo una relación profunda con las dos. Madrid es el lugar en el que vivo, en el que soy muy feliz y tengo una vida que me gusta mucho. Pero claro, yo no me vine con 20 años a Madrid, sino con treintaytantos. Por eso Barcelona es... mi mapa sentimental. Y no soy nostálgica en absoluto. Pero cuando tú dejas de vivir en una ciudad en la que viviste, cada lugar está ligado a una memoria. Porque tú ya no vives ahí. Aunque yo voy lo suficiente como para sentirme barcelonesa total.

Esta es su segunda obra de narrativa, y también ha publicado dos ensayos. ¿En qué tipo de escritura se siente más cómoda?

Las dos me gustan mucho. Sí que es cierto que el ensayo me parece más fácil, porque requiere simplemente un rigor y un estudio. En cambio, en la ficción tienes que trabajar en el territorio de la imaginación, que es complicado. Pero lo más difícil de todo, en realidad, es hablar de gente real, porque en eso existe una responsabilidad. Cuando yo escribí Casi nada que ponerte, que aunque es narrativa está basada en gente real, sentí una profunda responsabilidad con las vidas de esas personas. Esa es la mezcla más difícil. Pero el ensayo… el ensayo lo disfrutas mucho. Muchas veces a la gente le resulta más serio, no entiendo por qué. En realidad es solo poner en orden unas ideas. Pero a mí la ficción me parece mucho más difícil. También más gozosa. Porque una vez que te inventas un mundo, lo puedes hacer como quieras. Y eso es genial. Yo lo disfruto más.

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Un nuevo lanzamiento siempre es territorio abonado para inseguridades. Llegar a este con él éxito de su podcast, con una trayectoria periodística más consolidada y con un premio Ondas, ¿le hace afrontarlo más tranquila?

¡En absoluto! Todo esto es genial que haya pasado, y haber sido periodista es un entrenamiento para muchas cosas. Pero, ¿cómo decirlo? Siempre es una preocupación que te tomen en serio. Porque tú lanzas ahí a tu criatura y dices: "mira mamá lo que he hecho, espero que te guste". Luego están los tópicos de siempre: que si esto va de ti, porque parece que las mujeres no podemos hacer ficción y que lo que escribimos siempre tiene que ser autoficción... La lectura mediática siempre genera mucha ansiedad. Y luego espero que los lectores lleguen y la disfruten. Pero vamos, relajada no estoy. Aunque ese es el signo de nuestros tiempos.

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