ASTURIAS

Cuando la sidra asturiana estaba mal vista por el clero y las clases pudientes

Un estudio de la Cátedra de la Sidra firmado por José Manuel Fernández Prieto recupera la demonización que en el siglo XIX se hacía del consumo sidrero por parte de las clases populares

José Manuel ­Fernández Prieto, a la izquierda, y Luis Benito García, con un ejemplar del estudio «El sector sidrero asturiano (1814-1875) .

José Manuel ­Fernández Prieto, a la izquierda, y Luis Benito García, con un ejemplar del estudio «El sector sidrero asturiano (1814-1875) .

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E. L.

Hubo una época en la que la sidra natural asturiana estaba mal vista. En especial por los poderosos y pudientes, y por el clero. Era considerada como una bebida maligna. Las historias que mal justificaron esta mala opinión están recogidas en el libro “El sector sidrero asturiano (1814-1875), y su tratamiento en la prensa”, un trabajo editado por la Cátedra de la Sidra de Asturias, dirigida por el historiador Luis Benito García, y rescatado de la prensa del momento por José Manuel Fernández Prieto.

La sidra asturiana aspira a convertirse en patrimonio inmaterial de la humanidad declarado por la Unesco, toda vez que ha logrado convertirse en la única candidatura que presentará España al próximo proceso de selección.

En este pequeño volumen, fruto de la beca/premio de investigación de la Cátedra de la Sidra de la Universidad de Oviedo, queda claro que la bebida asturiana por antonomasia estaba un tanto criminalizada a mediados del siglo anterior. Y cuando no era culpable de los contagios por cólera, se la responsabilizaba de cosas mucho peores, como la propagación de la alegría y el pensamiento crítico entre las clases populares, sus principales consumidores.

Por ejemplo, el alcalde de Oviedo temía a la sidra como al cólera. El 26 de octubre de 1865, el periódico “La Joven Asturias” publicaba un edicto del munícipe ovetense Victoriano Argüelles prohibiendo el consumo de sidra en la ciudad para evitar la extensión de la epidemia de cólera “que aflige a otras poblaciones del interior del Reino”.

Al parecer, y según el bando del alcalde, aquella Vetusta que todavía no lo era (Clarín era aún un anónimo estudiante universitario) andaba “sobreexcitada” por la aparición de un “sujeto atacado por un cólico en la mañana de ayer”. Y aunque el sujeto mejoraba, parecía “evidente” de que la enfermedad “no pudo tener otro origen que el uso indiscreto de alimentos y bebidas perniciosas”. Así que el alcalde dictó la “ley seca” de sidra en Oviedo.

"Demonización en prensa de la época"

Luis Benito García apunta con ironía que “en la prensa de la época se refleja la demonización de la sidra por la perniciosa sociabilidad que proporcionaba y que, según algunos, podía resultar perjudicial para las clases bajas. Digamos que la sidra, por su baja graduación, entre las clases populares caldeaba los ánimos, pero suscitaba consensos más amplios que el aguardiente, que a la media hora de tomarlo ya no sabía uno lo que estaba haciendo”.

Se ve que la sidra era enemiga de las clases dominantes, que la veían como un repelente del control social que pretendían ejercer. De nuevo en “La Joven Asturias”, en ese mismo año 1865, se lamentaban del “profundo dolor” que causaban entre los responsables de aquel diario “los espectáculos que de continuo ofrecen las tabernas, esos sombríos lugares elegidos por el artesano y el labrador para derrochar sin provecho suyo y en manifiesto perjuicio de sus pobres familias, el fruto de sus penosos afanes”.

Este diario –que de “joven” debía tener muy poco– la había tomado con la bebida regional que, a sus ojos, era más bien el veneno para Asturias. Según aquella línea editorial eran los chigres foco principal de la destrucción de la economía asturiana ya que “el bracero que pase el día en la taberna, gasta una peseta y deja de ganar otra”. Eran tiempos en los que, claro, Asturias aún no vivía de la hostelería.

Los autores de aquella páginas, miraban al que se enfilaba y veían esto: “Despierta en nosotros lástima, ya que no profunda indignación, la presencia de cualquier embriagado, que ora solo, ora acompañado de su amigos en el vicio, tan falsos como este, ora seguido de su pobre mujer, víctima infeliz de sus criminales goces, marcha con incierto paso desde el sitio en que casi todos los días vende su razón, hasta la húmeda bodega o estrecha boardilla donde habita, no con el decoro de la honrada pobreza, si no con el abandono propio de quien derrocha lo necesario, lo que demanda la subsistencia de seres tan dignos de respeto y amor como los padres, las mujeres y los hijos”.

La sidra topó con la Iglesia

La sidra y las clases pudientes se ve que no maridaban. Y, eso no podía faltar, también topó la sidra con la Iglesia. El estudio de Fernández Prieto rescata una polémica ovetense de ese mismo año 1865 relativo a la levítica ciudad capital del Principado. “Cierto párroco de las inmediaciones de Oviedo” acudió a la “autoridad gubernativa” exigiendo que se prohibiera la venta de sidra en un llagar que había próximo a su casa rectoral.

Al párroco le pitaban los oídos porque “algunos de los que allí asisten pronuncian palabras no muy decentes”. Lo dicho: la sidra, que suelta la lengua sin atascarla del todo, no gustaba ni las alturas terrenales y en las celestiales.

No obstante, había gozosas excepciones. El trabajo de Fernández Prieto recupera la noticia de la jura en Gijón el 18 de febrero de 1821 de la milicia nacional, publicada por “El Constitucional. Correo General de Madrid”. Ese día cuenta el cronista que se llevó una pipa de sidra para distribuir al pueblo “y que el juez de primera instancia Dr. Mata Vigil, hombre identificado con el sistema, no pudo resistirse a la santa tentación de escanciar la sidra de los patriotas circunstantes, lo que hizo con gracia y expedición sin igual”.

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