DAME UNA NOCHE

Achacoso, febril, moribundo Proust

Además de genio, el autor de ‘En busca del tiempo perdido’ era un pesado que se pasaba la vida contando a sus amigos y conocidos qué le dolía cada día

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Marcel Proust

Marcel Proust / EPE

Me compré Cartas escogidas (1888-1922), de Marcel Proust (Acantilado), y, como cada vez que me enfrento a esta clase de obras, me volví a preguntar: ¿por dónde empiezo? Comenzar un libro por la primera página es una tentación, una costumbre, una manía, una admirable y utilísima práctica. No digamos si el volumen es una novela. Pero una recopilación de cartas se presta a esquivar el orden natural de lectura. Es lo que hice. Empecé por la página 156, continué por la 338, retrocedí hasta la 30, pasé a la 252, y así sucesivamente, ignorando esa dictadura que a menudo representa el orden numérico.

Pasó algo curioso, que, en realidad, habría pasado igual de haber leído el libro por el inicio: constaté que Marcel Proust, además de genio, era un pesado que se pasaba la vida contando a sus amigos y conocidos qué le dolía cada día. Después de cincuenta páginas sueltas, leí el prologo de Estela Ocampo, que ya destaca que "prácticamente todas las cartas contienen alguna alusión" a sus enfermedades. 

"Esta noche he estado trabajando con mucha fiebre en Ruskin y estoy exhausto. Tal fatiga me domina tan a menudo que muchas veces me impide hacer frente a los obstáculos que la vida opone", escribe a su madre en un marzo de 1903. "Discúlpeme si me limito a un breve agradecimiento. Estoy muy mal", confiesa a George de Lauris en septiembre de 1904. "Le agradezco infinitivamente sus breves palabras que han sido para mí un gran placer. Yo estoy aún en cama, pero de un día para otro estaré en condiciones de salir y mi primera o segunda visita será para verla a usted", dice a Geneviève Straus en febrero de 1902. "Anteayer mis molestias se calmaron momentáneamente. Aproveché para acostarme hacia las tres de la noche o incluso antes y para no tomar Trional. Dormí a rato y, en suma, bien, salvo el asma", otra vez a su madre, en agosto de 1902.

"Como estoy muy fatigado, perdóname que no te responda para repetirte las mismas cosas en las que te niegas a creer, a saber, que te quiero como siempre", a Louis D’Albufera en mayo de 1908. "Quería dar con Fouquières una cena de la que nuestra amiga De Mornand fuera la reina y la razón secreta, así habría sido menos intimidante para mí no verla sola para no tener que expresarle mis reproches. La cena no pudo organizarse debido a un ataque de fiebre y otras razones", otra vez a Louis D’Albufera, por las mismas fechas.

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"Poco después de llegar de Évreus descendimos a un pequeño valle desde el cual se veía de lejos la bruma y se adivinaba el frescor. Desde entonces, y quién sabe hasta cuándo, he tenido de continuo problemas de respiración, ataques de asma", a la señora Straus en octubre de 1907. "Le pido perdón pro no haberle escrito, pues he estado malísimo en este período", confiesa a Hélène de Caraman en junio de 1907. "He salido muy pronto y he regresado muy enfermo, lo que me hace temer que jueves y viernes será muy necesario que haga inhalaciones", a la señora Straus en noviembre de 1918. "Mi enfermedad, un poco agravada en estos tiempos, se ha complicado a tal punto que por poco que escriba no puedo evitar acto seguido las jaquecas", a Robert de Mostesquiou en febrero de 1909.

"Gran emoción esta noche. Pese a estar medio muerto he ido a una sala de la rue du Rocher para oír la Sonata de Franck", a Antoine Bibesco en abril de 1913. "Sería el mayor honor de mi vida. Un honor doloroso, quizá, porque es tan raro que me encuentro en condiciones de levantarme por la tarde", a André Gide, en febrero de 1919. "Me gustaría mucho responder por extenso a sus preguntas, pero estoy prácticamente moribundo", a Camille Vettard en marzo de 1922. En noviembre murió.