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La emoción anticipada: por qué jugamos a la lotería si las probabilidades de que nos toque son tan bajas

Una lotera vende décimos para la Lotería de Navidad.

Una lotera vende décimos para la Lotería de Navidad. / Archivo

La publicidad y la presión social se convierten en aliadas de la incapacidad del cerebro para valorar racionalmente una emoción tan fuerte como la de imaginarnos ganadores

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Charlie Bucket es un niño pobre que se convierte en heredero de la majestuosa fábrica de chocolate de Willy Wonka. El excéntrico jefe de la industria de los oompa loompa había dejado cinco billetes dorados en cinco de sus cientos de miles de chocolatinas que circulaban por todo el mundo, y el pequeño Charlie tuvo la extraña fortuna de, comprando apenas tres de los dulces, lograr un boleto ganador. La historia de Roald Dahl es un cuento infantil, no solo por sus dosis de fantasía, sino por las bajas probabilidades de que Charlie acabara siendo agraciado. Sin embargo, como si de una historia de Dahl se tratara, cada año millones de españoles juegan a la lotería de Navidad obviando la estadística y con la esperanza de que el suyo sea el billete dorado.

Según las estimaciones de la Sociedad Estatal de Loterías y Apuestas del Estado (SELAE), cada persona gastará de media 69,36 euros en el sorteo de Navidad de este año. Pero los números no estarán de su parte: comprando un décimo, las posibilidades de que toque son de 1 entre 100.000; es más probable morir al caerse de una escalera, tener gemelos o nacer un 29 de febrero.

Se dice que la Lotería es el impuesto voluntario de los que no saben matemáticas, la manera que encontró el Estado durante la Guerra de la Independencia en 1811 de “aumentar los ingresos del erario público sin quebranto de los contribuyentes”. El mecanismo funciona desde entonces, pese a que la población sabe cada vez más matemáticas y es consciente de que no es un buen negocio. Y el principal motivo se halla en nuestro cerebro y su habilidad para anticipar emociones, como la de imaginarse ganador del sorteo, y su torpeza para valorar su baja probabilidad racionalmente, con la publicidad y la presión social como aliadas.

“El cerebro humano tiene una capacidad única: la de adelantar emociones, emocionarse solo con imaginar las cosas que pueden pasar. Y, sin darnos cuenta, la utilizamos continuamente para tomar decisiones”, explica Ignacio Morgado, catedrático de Psicobiología del Instituto de Neurociencia en la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Barcelona. En ese juego de emociones, siempre gana la más poderosa. “Una persona, presionada por el espectáculo mediático que se monta ese día, imagina la posibilidad de que le toque. Y esa emoción positiva tiene mucha más fuerza que la emoción negativa que supone gastar 20 euros en el décimo”, insiste Morgado.

Olga, de 36 años, asegura que no tiene especial interés en los juegos de azar. “No juego durante el año, pero cuando llega la Navidad, hay una cierta superstición que hace que compre”, explica. “Lo hago por la presión de la posibilidad de que toque, el '¿y si no compro y toca?'. Y así acabo gastando más de lo que me gustaría”, se lamenta.

Álvaro, que a sus 33 años sí ha tenido afición por la apuestas y otro tipo de juegos, dice detestar la Lotería de Navidad. “Nunca toca. Me gasto entre 40 y 60 euros que aprovecharía mejor en una o dos cenas”, se queja. Compra décimos porque se siente "obligado". La obligación de no quedarse con cara de tonto si, inesperadamente, acabara tocando ese número que tuvo en sus manos.

Una mujer compra un décimo de lotería a una vendedora ambulante.

/ EFE

Un evento social

“El ser humano no es tan racional como se nos hace creer”, explica el psicólogo de ‘Activa Psicología’ José Antonio Tamayo. “La Lotería está institucionalizada, es un evento social incorporado en nuestras tradiciones”.

Los medios de comunicación siguen en directo el sorteo, que se convierte en todo un acontecimiento, y recogen las historias de quienes lo ganan, cuyas estampas de felicidad descorchando botellas de champán junto a su lotero o lotera se acaban grabando en el imaginario común. También la presión social: “parte de la publicidad consiste en insistir en la necesidad de compartir”, explica Antonio Cano, catedrático de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid. Es muy difícil salir de la rueda, porque cuando alguien regala un décimo, pone a la otra persona en la obligación de corresponder. “Te regalan la fortuna… la de comprobar que tu décimo, como el resto, no está premiado”, ironiza el psicólogo.

A sus 73 años, a Eugenio nunca le ha tocado ningún premio de la Lotería de Navidad. Si acaso, lo jugado en algunos décimos. Tenía un bar que llevaba siempre el mismo número, que vendía a sus clientes. Años después de haber cerrado sigue comprando una serie de billetes de ese número y empieza a intercambiarlos con sus conocidos ya desde agosto. Casi pareciera que los colecciona: los del trabajo de sus hijos, los que cambia con los vecinos del pueblo, los de las ciudades que visita, los bares que frecuenta, los que se juega en la partida de cartas de la sobremesa… La lista es tan grande que Eugenio se gasta, de media, unos 800 euros cada Navidad. Asegura que lo hace “por tradición”, y repite un “y si toca…” que acompaña de decenas de planes que permiten intuir que no es la primera vez que se imagina con el premio. “A alguien le tiene que tocar, ¿por qué no aquí?”, asegura.

'Pon tus sueños a jugar'

En el sorteo navideño de 2014, la ya fallecida Montserrat Caballé cantaba un convencido ‘Pon tus sueños a jugar’. Esa idea, la de soñar, es una de las razones por las que juegan más las personas de clase media o baja que las de clase alta. Morgado explica que, para las personas más humildes, “la única posibilidad que ven de cambiar su manera de vivir es tener la suerte, aunque remota, de acertar en un décimo de lotería”. Tamayo añade que, aunque es una costumbre generalizada, “el peso que se le puede poner a ganar ese premio que te cambie la vida será más poderoso para las personas con más necesidad económica”.

Muchas de las decisiones cotidianas que toma el ser humano no son racionales, como insisten los tres expertos, y tampoco lo es el intento de controlar un resultado que solo depende del azar. Ese control ficticio lleva a escoger fechas señaladas o a sentir falsos pálpitos hacia un número u otro. “Es una creencia supersticiosa, pensar que los números pueden compensar tragedias o anhelos, o que le atribuyamos más posibilidades de salir a unos números que a otros”, señala Tamayo. Si alguien nos asegura que ha soñado con el número agraciado, difícilmente podremos resistirnos a comprarlo pese a que racionalmente sepamos que tiene poco sentido. La superstición, la duda irracional, siempre se abre hueco.

Distorsión cognitiva

En Madrid, las colas a las puertas del local de Doña Manolita dan vueltas a la manzana y la gente espera horas pese al frío para comprar un número que se vende en otros locales o incluso por internet. Están convencidos de que la administración da suerte, pero lo que ocurre es que Doña Manolita vende miles de números, por lo que la probabilidad de que uno de ellos sea el ganador es mayor que en otras administraciones más modestas. Quienes hacen cola frente al local se agarran a la irracionalidad de la emoción, lo que la Psicología llama “distorsión cognitiva”. Las distorsiones están en la base de la ludopatía, pues la persona adicta al juego cree que, para recuperarse de haber perdido, tiene que seguir jugando, porque eso aumentará su probabilidad de ganar.

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Esas distorsiones funcionan también en las fobias. Hay personas que tienen miedo a viajar en avión y cuando el doctor les pregunta en consulta cuál es la probabilidad de que tengan un accidente, aseguran que es del 40%. “Están cometiendo un error de miles de millones, pero aún así no va a subir a un avión o lo hará temblando de miedo”, explica Cano. La emoción del miedo es más potente y se impone.

El 22 de diciembre, cuando los niños y niñas de la Residencia San Ildefonso vuelvan a cantar el número agraciado con ‘cuatro millooooones de eurooooos’, lo más probable es que no coincida con el que Eugenio, Olga o Álvaro tengan en sus décimos. Pese a todo, el año que viene volverán a jugar. Porque… ¿y si esta vez toca?