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El alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida, en una fotografía de archivo. EFE/Juan Carlos Hidalgo

El alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida, en una fotografía de archivo. EFE/Juan Carlos Hidalgo

Este 2022 se cumplen los 100 años del libro que ha dado la metáfora fundamental de nuestro país. Me refiero a España invertebrada, de Ortega, y hay que preguntarse qué sigue hoy vigente de aquel libro polémico y angustiado. Esta es una pregunta que podrán hacerse muchos lectores, y es fácil pensar que orientarán sus respuestas desde una interpretación del sentido del libro y desde su experiencia del presente. Ahora bien, el sentido de ese libro, lleno de ambivalencias y de segundas intenciones, apenas puede ocultar la clave de todos los particularismos que, en opinión de Ortega, destrozaban España. Era el particularismo de Madrid y, con ello, de las elites centrales del Estado. Ortega dijo que el primero que se había particularizado era el monarca, luego el ejército, después habló de la iglesia y luego de todos los demás, que los imitaban. Llegó a decir que vascos y catalanes, con su particularismo, no hacían sino imitar el separatismo central.

Cuando se lee esta obra de Ortega en su contexto, con sus antecedentes y sus consecuentes, apenas tenemos dudas de que este era su principal diagnóstico. Inmediatamente antes de que comenzara la publicación de los artículos del libro, Ortega se quejaba del "descenso del espíritu madrileño, otro tiempo verdadera capital de España, hoy lugar provinciano, sin las elegancias de ingenio que suelen ser patrimonio de las grandes urbes directoras". Cuando estos días escuchaba a Martínez Almeida justificar que desconocía el desvío de cinco millones de euros de las arcas públicas hacia bolsillos privados de la alta sociedad, me acordé precisamente de este pasaje.

El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida.

/ EFE

Por eso, a la pregunta de qué resulta todavía vigente de España invertebrada podríamos responder: el particularismo del tinglado de Madrid. Por ello, cuando Ortega publicó después los artículos de La redención de las provincias, exigió una acción urgente que rectificase la política centralista. Entonces sentenció que "la provincia era mala porque a su vez Madrid no había sabido cumplir su misión de capitalidad, que es mejorar las provincias, nutrirlas de vitalidad, incitarlas y refinarlas". Por supuesto que la posición de Ortega tenía problemas, pero no cabe duda de que consideraba que la mala gestión del Estado por parte de las elites centrales de la capital condenaba todas las tierras españolas al atraso y la modorra.

Esta no es la situación actual. A pesar de todas las debilidades del Estado autonómico, de todas sus imperfecciones y de que no se cumplan las expectativas de todos los territorios -bien porque no se llegue a aquello de lo que disfrutaron cuando disponían de haciendas propias, bien porque no sea suficiente la política fiscal actual-, ha logrado algo que es completamente nuevo en la historia de España. Por supuesto que todavía se necesita mejorar, pero desde la generalidad del Estado español jamás antes en nuestra historia se había logrado una distribución de los recursos públicos tan favorable a las tierras que los producen.

Sin embargo, el particularismo de Madrid sigue ahí, ofreciéndonos una clase política carente de la altura que necesita una capital europea, incapaz de hacerse cargo de la razón de España, haciendo dumping fiscal y absorbiendo población de las tierras abandonadas del solar hispano. Y mientras que en el resto de España la corrupción generalizada parece contenida, después de las terribles experiencias que hemos sufrido en las dos últimas décadas, en Madrid no cesan de estallar escándalos que nos avergüenzan, pues testimonian la voluntad de delinquir con el refinamiento de los procedimientos de desviación de fondos que dificultan las investigaciones de la justicia.

En 1925, Ortega fue a una conferencia a la Residencia de Estudiantes a petición de los jóvenes madrileños. Entonces elogió las virtudes de la mocedad y habló de la risa, la amistad, el amor y el entusiasmo. Con fuerza, dijo que el alma que ríe es clara y limpia y esas eran las almas que podían amar hasta el entusiasmo. Pero hay un papel que desechó como inicio de su conferencia. En él confesó que soñaba transformar sus "derrotas innumerables" en un "ansia infinita de victorias". En este espíritu épico llamó a considerar la colina de los chopos sobre la que se alza la Residencia como "promontorio espiritual" para dar desde ella "la grande batalla a Madrid". Hablaba de las elites seculares instaladas en el negocio privado de administrar el Estado.

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