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Dos hermanas

Dominique Barbéris convierte una historia sin argumento, nudo ni desenlace en una narración breve e inteligente sobre la sugerencia y la elipsis

Dominique Barberis.

Dominique Barberis. / ARCHIVO

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Ricardo Menéndez Salmón

Contamos muy poco de nuestras vidas. Además, gran parte de lo que de ellas trasladamos en forma de relato resulta falso. No necesariamente mentira, pero sí manipulación, recuerdo de un recuerdo. Y como tal, ficción consentida, buscada, incluso necesaria para cobijar la cordura. Esa podría ser la tesis de Un domingo en Ville-d’Avray, de Dominique Barbéris, una narración tan breve como inteligente, construida sobre el difícil arte de la sugerencia y en torno a la eficaz tradición de la elipsis, la obra abierta, la negación de la trama.

Porque nada sucede en realidad en esta historia que responda a la lógica de cierta literatura estandarizada. No hay en ella argumento; no hay en ella nudo; no hay en ella desenlace. Y sin embargo raudales de vida, de vida oculta, perdida e inaprehensible, de vida violentamente intensa, fluyen a través de estas páginas dueñas de una caligrafía diáfana y sosegada, meticulosa en su descripción de los barrios residenciales, los jardines segados, las estrategias del tedio.

Es justamente ese tedio, de hecho, el protagonista principal de la historia. Como ese domingo epítome del aburrimiento y de la existencia insatisfecha, esa terca fecha que cada semana, en el calendario, nos arroja al laberinto sin salida de las vidas ausentes de fiebre, sancionadas por las rutinas y por los falsos ídolos.

En esos domingos en que no acontece nada absolutamente, salvo la espera de que el reloj de las obligaciones se ponga de nuevo en marcha, dos hermanas satisfacen otro tipo de ritual, el de la visita protocolaria, y en la cual, en torno a comidas poco memorables y sobremesas carentes de atractivo, se tributa el peaje de la fraternidad.

Hasta que en otro domingo cualquiera, nada excitante sobre el papel, la hermana que vive en Ville-d’Avray le cuenta a la hermana que viene de París que hace años, impulsada por esa sensación de cafard que coloniza tantas vidas, se embarcó por unos meses en una aventura extraña, desquiciada y sin objeto, que a la postre sirvió al menos como reveladora de un vacío imposible de colmar.

Ese vacío que en un momento del camino, sutil pero agresivo, cambió a las hermanas que de niñas soñaban con ser raptadas por Edward Rochester, el inquietante antagonista masculino literario de Jane Eyre, para acabar compartiendo su vida junto a hombres a cuyo lado resulta complejo soñar con algo más excitante que el adulterio.

Barbéris prima en su relato lo posible a lo cierto, abre ventanas que prefiere no cerrar e invita a comprender que no hay nada ineludible en esta aventura, salvo el testimonio de que, tras los pulcros visillos, los muebles de inspiración nórdica y las barbacoas mensuales entre cuñados, late, insidioso, el fantasma de la vida no cumplida.

Y que ese fantasma, que se adueñó de los sueños hace mucho, sin violencia ni odio, apenas demanda de sus víctimas una educada forma de rebeldía, el apaciguado transcurrir de los domingos en que esas vidas improbables, que ya nunca tendremos, aceptan encarnarse en una historia sin final.

'Un domingo en Ville-d’Avray'

Autora: Dominique Barbéris

Editorial: Libros del Asteroide

Traductora: Regina López Muñoz

144 páginas.17 euros

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