RESPÓNDAME | Baltasar Garzón

"No podemos confiar en quien tenemos que confiar. Todos somos potenciales víctimas"

El jueves salió su libro Disfraces del fascismo (Planeta), donde alerta de los que a su juicio son hoy microfascismos y otros menos micro. Tocado por las secuelas de un covid muy severo, la voz no le permite ya cantar copla en la intimidad, pero sí dar un buen repaso a la judicatura

"No podemos confiar en quien tenemos que confiar. Todos somos potenciales víctimas"

JOSÉ LUIS ROCA

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Karmentxu Marín

Produce mucho desasosiego leerle. ¿Estamos rodeados?

El libro refleja un poco lo que yo veo. Quizás me fijo más en pequeños detalles, en las actitudes humanas y en los movimientos sociales, lo que me lleva a hacer unas observaciones que, efectivamente, son desasosegantes, pero es que basta con mirar alrededor para ver que estamos en una época de desasosiego total.

Pasolini decía que el fascismo somos todos; Primo Levy, que cada época tiene su propio fascismo; y Miguel Ríos, que nos están metiendo el fascismo con vaselina. ¿Con qué se queda?

Comparto casi todas estas tesis. Cada época tiene sus particularidades. El fascismo tiene la desvirtud de apropiarse de todo aquello que le interesa y desarrollarlo en cada momento. Y a veces sin vaselina.

Es usted muy duro con los jueces. ¿Respira por la herida o es que son lo peor?

No respiro por la herida, porque yo formo parte de la carrera judicial. Mucho más después de que el Comité de Derechos Humanos de la ONU haya reconocido la parcialidad de la sentencia que me condenó. Lo que ocurre es que son cuarenta años de ejercicio judicial o con la justicia, y conozco los entresijos. Defiendo al buen juez, pero ataco a aquellos que utilizan la posición y el cargo para algo diferente del servicio público.

¿Quién controla mejor la justicia, el PSOE o el PP?

El PP la controla más, sin duda alguna. Históricamente es así, y en el libro indico una fecha, 1998, en la que organizan un plan para ocupar la justicia. Hay muchos ejemplos, como toda la historia de Gurtel. Es triste, pero es así. El PSOE es más torpe en ese sentido. No acaba de conocer lo que es poder político de los jueces. Es difícil que los partidos no sientan la tentación de controlar la justicia, en España y fuera de aquí.

Falta de inteligencia de los servicios de inteligencia”, dice de Estados Unidos. ¿Lo opina también de los de casa?

Sí, sí, claro. Para mí los servicios de inteligencia, aunque parezca una contradicción, deben ser absolutamente transparentes. Aquí hay varias cosas mezcladas: Una, la Operación Cataluña, que se trazó presuntamente en el Ministerio del Interior del Partido Popular, del ministro Jorge Fernández, y en la que hubo graves violaciones de derechos fundamentales de personas vinculadas al independentismo. Otra situación es la de Pegasus, que es un malware, un virus que ha sido infectado, según parece ahora, tanto por el CNI como por otros Gobiernos externos. Y lo que se demuestra, como decía John Le Carré en El espía que surgió del frío, es que la única ética o moral de los servicios de inteligencia son los resultados. Los resultados aquí son bastante pobres. Si abres, como se ha abierto, el melón, estamos exponiendo las vergüenzas sin una respuesta previsible. Y hay algo muy importante, que es el control de la inteligencia. Según la Ley del CNI de 2002 está en el Tribunal Supremo. Y nadie se está preguntando hasta ahora qué ha pasado. Por mucho menos, porque intercepté las comunicaciones con la aquiescencia del fiscal, y con indicios raciones de criminalidad, a mí me cascaron once años de inhabilitación. ¿Qué ha pasado con ese control? No podemos confiar en quienes tendríamos que confiar, pero que han demostrado que no son dignos de esa confianza. Todos somos potenciales víctimas.

Siempre ha cantado copla, jondo, incluso a los Beatles. ¿Por qué no se deja de leyes y de escribir libros y se centra?

Bueno, porque me gusta mucho. Ya no tengo voz, pero me gusta seguir oyendo música y procuro relajarme. Pero no me ganaría yo la vida ni cantando ni bailando.

A mí me gusta mirarme al espejo, y lo que veo allí no me desagrada”. ¡Torero!

Yo no sé si torero, pero por lo menos coherente sí. Me puedo equivocar y, sin duda, me he equivocado muchas veces. Pero lo malo de mirarte al espejo y no aguantar tu propia imagen es saber que te estás mintiendo a ti mismo. Hasta el día de hoy no he tenido esa sensación.

¿Le ha seguido creciendo el ego conforme pasan los años?

No, al revés. Al contrario de lo que piensen muchos, yo nunca lo he tenido. Quien diga que no tiene ego puede ser san Francisco, o algo así. Yo sé cuáles son mis limitaciones. Me gusta hacer las cosas bien, y si se me reconoce, pues tampoco me echo a llorar.

¿El amor alumbra o entontece?

Siempre alumbra.

En el libro hace una defensa encendida de la fiscal general del Estado.

Porque creo que lo merece y que está haciendo grandes cosas, no porque sea mi pareja, que lo es. Lo digo también de otras personas, como Lula da Silva, por ejemplo. Y no es mi pareja. Soy bastante magnánimo en reconocer los éxitos de los demás. En el caso de la fiscal general, creo que, a pesar de todos los ataques que ha sufrido, en un tanto por ciento elevadísimo por desconocimiento y mala fe, está intentando cambiar el sesgo de la Fiscalía, que es una institución ultraconservadora, lo mismo que la justicia. En los tiempos que corren, la justicia tiene que ser progresista. No de izquierdas, progresista, interpretando el derecho en progreso para proteger a los ciudadanos de todos los retos y desafíos que hay. Los jueces tienen que sudar la camiseta.

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