CONFLICTOS

Kosovo, ¿la próxima guerra de Europa?: “Putin intentará desestabilizar nuestro país”

Este es el puente que une las zonas serbia y albanesa en la ciudad de Mitrovica

Este es el puente que une las zonas serbia y albanesa en la ciudad de Mitrovica / DLF

  • Esta zona de los Balcanes es independiente desde 2008, aunque países como España no reconocen su soberanía

  • Las tensiones entre albaneses (95% de la población) y serbios (aliados de Rusia) son patentes en la ciudad de Mitrovica

  • La presidenta de Kosovo, Vjosa Osmani, cree que Putin es un peligro y pide la ayuda de Estados Unidos para que su país ingrese en la OTAN

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Mustafë es un joven albanokosovar de 35 años que atiende a EL PERIÓDICO DE ESPAÑA en una cafetería de Mitrovica Sur (Kosovo). Es su ciudad natal, la que fue testigo de la última gran guerra en los Balcanes. Mitrovica está partida en dos: al sur, albaneses (mayoría). Al norte, serbios (los amigos de Putin). Enemigos irreconciliables.

Ahora, en el contexto de guerra, la tensión entre ambos bandos va en aumento. La propia presidenta kosovar, Vjosa Osmani, rogó públicamente la semana pasada que su país sea aceptado cuanto antes en la OTAN y en la Unión Europea. Teme que Serbia, la histórica aliada de Rusia, pueda aprovechar la coyuntura de guerra en Ucrania y volver a ocupar Kosovo. "Sin duda, Putin tratará de utilizar a Serbia para desestabilizar nuestra región porque a través de nuestra región quiere llegar a Europa. Putin es ahora el carnicero de Europa"; advirtió en entrevista telemática con la Agencia EFE.Mustafë escucha atentamente. En un momento dado, el chico muestra su mano derecha. Le falta el dedo corazón y explica la historia de su amputación:

“El problema de Kosovo no es que la ciudad de Mitrovica esté partida por la mitad o que haya nacionalistas alimentando la sensación de conflicto. El problema es este. Mi dedo. Me lo cortaron el año pasado. No fue un accidente laboral. Fue una infección simple que se extendió. Pero Kosovo está en una situación de limbo porque no obtenemos el pleno reconocimiento internacional. Países como España no nos reconocen. Eso hace que, entre otras cosas, la economía o el sistema de salud no funcionen. Cuando llegaron los resultados del análisis de infecciones de mi dedo, ya hacía tres días que me lo habían amputado. Ese es nuestro problema: que somos un gueto en mitad de Europa”.

Mustafë nos muestra su dedo cortado, consecuencia del insuficiente sistema de salud kosovar

/ DLF

Mitrovica es la ciudad más al norte de Kosovo. Hace frontera con Serbia, país que reclama este territorio como propio. La ciudad está dividida por el río Ibar. Al sur viven ciudadanos de origen albanés, que son el 95% de la población de este país con 1,8 millones de habitantes. En el norte de la ciudad reside el 5% restante de habitantes, que son kosovares de origen serbio y reclaman este territorio para Serbia, la histórica aliada de Rusia.

La Mitrovica serbia y la albanesa están unidas por un puente custodiado por carabinieri italianos. Desde que acabó la guerra (en 2008), sólo los perros abandonados utilizan este puente, porque ni los habitantes del norte ni los del sur se atreven a cruzarlo. O esa era, al menos, la versión que teníamos hasta ahora. EL PERIÓDICO DE ESPAÑA ha viajado hasta Mitrovica para comprobar in situ cuál es la situación en Kosovo, desmentir algún bulo y evaluar y buscar claves para saber si podría ser este el escenario de la próxima gran guerra europea.

Vjosa Osmani es la presidenta de Kosovo. Habla ante la bandera del país y la enseña albanesa.

/ EPE

Tierra de nadie

El viejo Sami, a sus 78 años, practica en una plaza de Mitrovica Sur el deporte favorito de los albaneses: tomar café en una terraza. En Tirana, capital albanesa, cuentan con orgullo que son la ciudad con más cafeterías por habitante del mundo. Sami vive a 5 horas de coche de allí, pero honra a diario esta costumbre albanesa. “Porque yo soy albanés. He nacido en Mitrovica y mis antepasados también. Pero Kosovo es Albania”, canturrea.

Vive en la ribera sur de la ciudad, que está llena de banderas rojas albanesas. Allí se paga en euros y se escribe en alfabeto latino. Un edificio reúne las fotos de todos los alcaldes de la ciudad. Todos tienen nombres albaneses. Nadie habla serbocroata y en las casas se destila un licor artesanal llamado raki. Los albanokosovares se sienten profundamente albaneses. Una anécdota como ejemplo: para decir 'farmacia', en Albania se usa la adaptación 'farmaci'. Pero en Kosovo se usa la palabra albanesa 'barnatore'. 'Barna' significa 'pastilla'. Sería algo así como 'pastillería'. Una palabra puramente albanesa que no se usa en Albania y sí en Kosovo.

Los albanokosovares usan una palabra albanesa para referirse a las farmacias que no se usa en Albania

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Justo al otro lado del puente, en Mitrovica Norte, hay una tienda de ropa que se llama Olga, igual que su dueña. La propietaria habla español porque adora nuestro país y ha visitado Andalucía varias veces. Nos muestra un mural que han pintado en la puerta de su establecimiento que pone “Kosovo es Serbia”. Ella confiesa que “no he sido yo quien lo ha pintado, pero lo he dejado porque estoy de acuerdo: Kosovo es Serbia”.

Olga vive en la parte norte de la ciudad. Allí se paga en dinares serbios, la enseña colgada en las calles no es roja sino tricolor y los carteles están en cirílico, que por algo Serbia es el único país de la antigua Yugoslavia donde se usa ese alfabeto. Retratos de Vladimir Putin en coches y casas. El licor que se destila artesanalmente en las casas es casi el mismo que en el sur, pero le llaman slivovica. Sólo unos metros de distancia, pero dos mundos diferentes que viven de espaldas al vecino.

República-limbo

Kosovo es, para los serbios, su provincia más al sur. Para los albaneses, su región más al norte. Para países como Estados Unidos, una nación independiente. Para otros como España, un territorio sin consideración de estado. En ese limbo viven desde su independencia, que se aprobó unilateralmente por el Parlamento el 17 de febrero de 2008 tras años de hostilidades. Una independencia que casi nadie quería. El objetivo de la población albanesa era unirse con Albania. El de los serbios, volver a formar parte de Serbia.

Aún hoy, pocos se identifican con la bandera nacional que salió de aquel experimento, que es el contorno de Kosovo sobre fondo azul y seis estrellas en la parte superior. Pocos la usan, porque ha sido un invento de los americanos. En el norte de Mitrovica siguen luciendo la tricolor serbia (blanca, azul y roja, los colores eslavos), con un águila bicéfala dorada. En el sur cuelgan la enseña roja albanesa con otro águila bicéfala, pero en este caso negra.

Un mural en la parte norte une las banderas de Serbia y Rusia: "Kosovo es Serbia y Crimea es Rusia".

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En Kosovo tuvo lugar la última gran guerra europea, antes de las ocupaciones de territorios georgianos y ucranianos por parte de Rusia. En los últimos días, espoleados por la invasión de Putin a Ucrania, han salido a la calle centenares de nacionalistas serbios protestando porque se consideran maltratados por el gobierno albanokosovar. Los políticos, por su parte, no dejan de alimentar esta tensión. De uno u otro bando.

El uso electoral

“Hay mucha propaganda. El ambiente pre-electoral en Serbia también influye para que los nacionalistas salgan a la calle a provocar con pancartas. Son sólo un 5% de la población, pero quieren que todo el país quede en manos serbias. Son ellos los que buscan la confrontación”, contaban varios chicos albaneses en una cafetería a EL PERIÓDICO DE ESPAÑA, justo antes de los comicios. Unas elecciones que se celebraron el pasado 3 de abril y en las que se proclamó vencedor Aleksandar Vucic, una especie de ultraderechista reconvertido a europeísta.

Ljubisa, un serbokosovar de Mitrovica, tiene un concepto antagónico de lo que cuentan los albaneses del sur. Nos atiende en la orilla norte, entre banderas tricolores. Nos explica por qué las calles están llenas de coches con pegatinas blancas en las matrículas: “Los coches con matrícula serbia que quieran cruzar al lado sur tienen que taparse el escudo serbio con un sticker. Es una muestra más de la tontería en la que vivimos y de la opresión al pueblo serbio. Como somos minoría, no se nos tiene en cuenta en nuestro propio país. No existimos”.

Los coches con matrícula serbia que quieran cruzar al lado albanés, deben tapar el escudo 

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Junto a Ljubisa toma café su amigo Branko, otro serbokosovar que hace un apunte sobre la relación entre ambos territorios: “Kosovo, aunque no lo quiera, depende de Serbia. Te pongo un ejemplo: es una región en la que no hay agua potable. Toda llega desde Serbia. Si de verdad no nos quisieran, cerrarían el suministro. Pero ahí está Belgrado, surtiendo de agua a los kosovares albaneses, y aguantando que nos humillen. Yo no apoyo a Putin, pero sí a los rusos y a su causa, porque lo que está pasando en Ucrania es algo parecido a lo que tenemos aquí”.

"España no nos quiere"

En el mundo hay 170 países que reconocen a Kosovo como nación, 38 que no y otros 4 que la reconocen con limitaciones, según el cómputo del Gobierno de Kosovo. Entre los que no reconocen su independencia se encuentra España. En la Unión Europea somos minoría junto con Chipre, Rumanía, Grecia y Eslovaquia.

El caso de España es especialmente hiriente para los kosovares. Hasta el punto de que, cuando las selecciones de fútbol española y kosovar se enfrentaron en partido oficial el 31 de marzo de 2021 en Sevilla la televisión española no puso la bandera en la retransmisión ni usó las letras mayúsculas para ubicar a Kosovo en el marcador. Todavía colea aquel episodio entre los kosovares de una u otra orilla, que lo consideraron una humillación innecesaria.

Una foto de Vladimir Putin en una de las ventanas de la parte norte de Mitrovica

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“Nos encanta España, pero ellos parece que no nos quieren a nosotros. Tendrías que ver los bares, cómo se ponen cuando se juega el Clásico entre el Real Madrid y el Barça. Hay mucha gente que quiere aprender español, pero aquí no se dan clases. Nos encantaría que hubiese una relación más fluida con vuestro país”, reconoce Mustafë.

¿Por qué España no reconoce a Kosovo? Según la periodista Teuta Arifaj, de la cadena ATV Live, "hay dos tipos de países que están en contra de la independencia de Kosovo, o son países que apoyan a Rusia o porque tienen movimientos secesionistas dentro de sus propios países. Temen que el reconocimiento de Kosovo siente un precedente en ley internacional. En el caso de España, el motivo es sus problemas internos como Cataluña y el País Vasco”.

Cree la periodista que España podría cambiar la tendencia: “En caso de que España reconociera a Kosovo, creo que otros países europeos harían lo mismo. Kosovo no quedaría fuera de algunos procesos europeos, sería más fácil obtener la liberalización de visas, buscar la membresía en la UE o incluso ingresar en la ONU”.

La periodista kosovar Teuta Arifaj, habla con EL PERIÓDICO DE ESPAÑA de la actualidad de su país 

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El bloqueo

Más allá de las tensiones provocadas por las cuestiones nacionalistas, el delicado estatus de este territorio hace de Kosovo un estado fallido. No está en la ONU. Para muchas naciones, no existe. “En realidad no hay un bloqueo de facto, como sucede en otros países. No podemos decir que Kosovo esté en la misma situación que Cuba o Venezuela, porque aquí hemos hecho la transición a una economía de mercado. No hay comunismo, que es el problema de esos países”, aclara Teuta.

Pero sí que reconoce que “por supuesto que hay pobreza". "Tenemos una alta tasa de desempleo, un salario medio bajo y un mal sistema de salud. Todos estos factores se están acumulando desde el final de la guerra. Ningún gobierno hizo nada para mejorar el nivel de vida o el sistema de salud o educación. Kosovo está asfixiado por la corrupción, de ahí la falta de liberalización de visados”, añade.

Esa es la realidad de Kosovo. Una nueva generación sobradamente preparada, pero sin horizontes fuera de sus artificiales fronteras. La mayoría de jóvenes hablan varios idiomas. La omnipresencia norteamericana hace que todos ellos hablen inglés, además de su lengua natal y la del otro lado del puente (albanés y serbocroata respectivamente), así como alemán (porque la mayor parte de refugiados kosovares de la guerra fueron a parar a Alemania o Suiza) e incluso ruso.

Un mural serbio en la parte norte. Aquí, las farmacias ya no tienen nombre albanés

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Pero no les sirve de mucho. “La situación del país hace que los visados tarden entre 8 y 12 meses en llegar… si es que llegan”, cuenta Yll, un amigo de Mustafë, en la cafetería. "Vivir en Kosovo es como hacerlo en el far west", sentencia. Les encantaría poder viajar a España, pero con su pasaporte es una misión casi imposible. La mayor parte de ellos, sin embargo, dice estar al margen de polémicas nacionalistas.

¿Otra guerra?

Entonces, ¿es Kosovo el escenario potencial de la próxima guerra en Europa? La presidenta del gobierno, Vjosa Osmani, considera que es probable, y por eso ha pedido al presidente de Estados Unidos, Joe Biden, que facilite su entrada en la OTAN. También los serbios temen un conflicto: en la otra orilla, el nuevo presidente serbio Alexander Vucic acusa al primer ministro kosovar de querer atacar a la población serbokosovar de Mitrovica.

Los carabinieri que custodian el puente no creen, sin embargo, en ese riesgo. "Llevamos aquí desde 2008 y no hay una tensión social suficiente. De vez en cuando hay alguien que provoca con las banderas, pero no es lo normal. La gente cruza el puente a diario y no tienen ganas de otra guerra”.

El puente sobre el río Ibar, visto desde la ribera albanesa. Un puente construido por la UE.

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Porque ese es otro de los problemas a erradicar para los kosovares: las leyendas negras en torno a su país en general, y a Mitrovica en particular. El delicado equilibrio de la ciudad ha sido aprovechado allende sus fronteras por publicaciones sensacionalistas que hablan de que sólo los perros cruzan ese puente, dado el odio extremo que se profesan los de una y otra ribera del río.

Lo desmienten los carabinieri y los habitantes de uno y otro lado. “La semana pasada montamos un festival de música llamado ‘Mitrovica Rock Camp’ en el que actuaron grupos de la ciudad. Había serbios, albaneses, bosnios… todos juntos. Y no hubo ningún problema”, cuenta Yll, uno de los amigos de Mustafë. En la otra parte, Olga, la nacionalista serbia de la tienda, reconoce que “voy a almorzar todos los días a la parte albanesa de la ciudad, porque me gusta mucho la comida que hacen allí”.

El puente

Para hacer la comprobación empírica, dos jóvenes albaneses (Murat y Rita) acompañan a EL PERIÓDICO DE ESPAÑA a cruzar el puente sobre el río Ibar, haciendo bromas a cada paso: “Ten cuidado, ese es un perro serbio y puede tener una bomba para albaneses”, vacilan a llegar a la zona serbia. La visita se salda sin ningún tipo de incidentes, mientras otras decenas de personas cruzan el puente en ambas direcciones.

Conocen en Mitrovica estas leyendas negras y agradecen al periodista extranjero que venga a desmentirlas. Por eso acabaron emitiendo un reportaje en un canal de televisión kosovar sobre la visita de EL PERIÓDICO DE ESPAÑA a su país. Creen que esos bulos sólo contribuyen a que Kosovo siga en el limbo. Y que erradicar esos mitos también podría contribuir a mejorar la imagen de su país en el exterior.

“Claro que puede volver a haber una guerra aquí, pero principalmente porque todo el mundo tiene armas en su casa desde la época de la guerra. Es ilegal, pero está aceptado y todos lo sabemos. Entonces ya depende de cómo quieran aumentar la tensión los políticos. Pero no porque la gente de Mitrovica se odie ni rechacen cruzar el puente", resume Yll. Cree que la relación entre unos y otros no es ideal, pero que no serán los vecinos los que empiecen otra guerra. Que, si llega, vendrá de más arriba.

De los políticos depende. Son los que azuzan las presiones y en su mano está evitar una nueva fractura social. En Mitrovica aún quedan rencores desde la guerra, pero la nueva generación no está, a priori, por la labor de volver a pelearse. Tienen otras prioridades: que les dejen viajar, moverse libremente con sus pasaportes, inversión extranjera y un gobierno que funcione correctamente y no genere un sistema de salud tan precario como el que se llevó el dedo de Mustafë por una infección simple, en Europa en pleno siglo XXI.

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