ENTREVISTA

Lara Moreno: "Las relaciones de maltrato funcionan con los mismos códigos que la cacería"

La escritora entrelaza en su nueva novela, ‘La ciudad’, las historias de tres mujeres que deben hacer frente a diferentes violencias en un Madrid de formas blandas y fondo despiadado

Lara Moreno en la ciudad, aunque en este caso no sea Madrid.

Lara Moreno en la ciudad, aunque en este caso no sea Madrid. / Jairo Vargas Martín

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La editorial me cita en la plaza de la Paja porque allí sucede la novela y porque allí Lara Moreno (Sevilla, 1978) tiene antes la entrevista del programa televisivo Página Dos. Van con un poco de retraso, así que puedo ver a la autora grabando uno de esos difíciles planos de transición, en los que la entrevistada camina impostando como puede la naturalidad, porque en realidad no está yendo a ninguna parte. Es lo contrario de lo que le sucede a las tres protagonistas de su última novela, La ciudad (Lumen): ellas no dejan de caminar, pero lo hacen por necesidad, porque necesitan huir de un presente nublado.

Estas tres mujeres tienen en común que pierden, de algún modo, su ciudad. A Damaris, colombiana de origen, se le cae la suya encima, literalmente, a causa de un terremoto, y decide venir a España para enviarle dinero a su familia. Horía, marroquí, se arriesga a cruzar el Estrecho antes de que pueda hacerlo su hijo adolescente, y emigra para trabajar de temporera en Huelva y después como conserje en Madrid. Y Oliva, española, ve cómo el maltrato que le inflige su novio le va privando de su autoestima primero, y de varias de sus relaciones sociales después, hasta dejarla aturdida y encerrada en su casa de la plaza de la Paja. En ese mismo edificio trabajan las otras dos mujeres, pero la distancia de clase y la desconfianza imposibilitan en esta novela el apoyo mutuo que empieza a aparecer como salida fácil en algunas ficciones. Aquí se miran, se estudian, recelan.

Boletos para todos los géneros

En la presentación en la madrileña librería Tipos infames, María Fasce, su editora, bromeaba con la etiqueta de "joven autora" que persigue a la escritora desde sus inicios. A pesar de la evidente ironía, Moreno dio un respingo. Le pregunto por su experiencia con esta etiqueta. "Vivimos en una sociedad bastante edadista. Ya fuera de lo literario, es que parece que no podemos envejecer, especialmente las mujeres. ¿Cuándo podemos ser mayores?¿Cuándo voy a poder ser una señora? Porque se supone que ya lo soy. Pues literariamente igual. Empecé a publicar muy joven, con 22 o 23 años. La primera novela la saqué diez años después. Y considero que ahora estoy en plena madurez, tanto personal, como física, como literaria. Quiero que me dejen envejecer, joder, y cumplir años, de hecho quiero cumplir muchísimos años y escribir muchísimos más libros".

La primera vez que me enfrenté a la novela, me di cuenta de que para mí era el género más complicado, por las exigencias técnicas y por lo que requiere de la vida de una para escribirla"

No lleva pocos. A sus 43 años, Lara Moreno ha publicado dos libros de cuentos, un ensayo autobiográfico, tres poemarios, un volumen con su poesía completa y, con esta, tres novelas. "La primera vez que me enfrenté a la novela, me di cuenta de que para mí era el género más complicado, por las exigencias técnicas y por lo que requiere de la vida de una para escribirla". A pesar de que la autora dice sentirse cada vez más cómoda con la ficción en prosa, aclara que al mismo tiempo siente que se le van mezclando más los géneros y los temas: "se está convirtiendo todo en un parque donde me han dado boletos para todas las atracciones".

Efectivamente, en la obra de Moreno aparecen preocupaciones y obsesiones que van reformulándose de una obra a otra. El poemario Tuve una jaula fue un primer acercamiento a la voz de una mujer maltratada, que ahora encuentra su expansión en el personaje de Oliva. "La diferencia es que en la poesía tengo que excavar un agujero en la tierra y en la novela miro desde arriba, a vista de pájaro, para tener en cuenta más elementos. Esa distancia, independientemente del narrador que utilice, es esencial, en ella reside la magia de la novela. Aunque luego lo que pretendes es que toda esta realidad le caiga encima al lector o lectora y le manche completamente, como si la tuviera delante".

Madrid, un 'vientre con dientes'

Hay más conexiones entre sus obras. Deshabitar es el texto de no ficción en el que Moreno contaba su experiencia en las distintas casas en las que había vivido para, en realidad, hablar de un Madrid de suelos locamente encarecidos, que es una carrera de obstáculos para sus habitantes. Ese Madrid es el que contempla y condiciona las vidas de nuestras protagonistas: "¿Por qué elegí Madrid? Porque vivo aquí, pero también porque es la ciudad de España donde más gente viene a buscar trabajo. Madrid te da muchas oportunidades, pero también es una ciudad que tienes que asumir. Las tres mujeres se tienen que ir adaptando, sobre todo Damaris y Horía, porque Madrid te da el sustento pero también te hace creer que no vas a tenerlo en ningún otro lugar. Y ese es el círculo vicioso".

'La ciudad' es la tercera novela de Lara Moreno.

/ Jairo Vargas Martín

Como la propia autora aclara, la ciudad no es la misma para las tres mujeres. No es el mismo Madrid el de La Latina, donde Oliva contempla apesadumbrada cómo los mercados de barrio se van vaciando, que el Carabanchel al que se mudará Damaris cuando le suban el alquiler, donde los coches se amontonan en las aceras y la publicidad de prostitución inunda los parabrisas; ni tampoco el Madrid de Horía, quien dada su situación irregular, tiene miedo incluso de entrar en un bar. "El mismo lugar que te acoge y que te deja perderte entre la gente y entre sus barrios, al mismo tiempo te pone una losa: hay gente que no puede moverse con tranquilidad porque está arriesgándose a ser expulsada. Este vientre, 'el vientre con dientes' que decía Monterroso, claro que ofrece oportunidades, pero ¿a costa de qué? De gastarte la mitad de tu sueldo en alquiler. Muchísimas Damaris encuentran aquí trabajo a costa de coger luego tres metros para volver a casa. ¿Qué entendemos por oportunidad? El contrapeso es demasiado grande".

¿Literatura para dar voz?

Hablando de las mujeres migrantes de su novela, en varias ocasiones Moreno rehúye el tópico de "dar voz". "Yo no doy voz, cada quien tiene la suya". En un momento en que en la cultura se debate sobre representación y privilegio —¿quién debe hablar de qué temas?, ¿quién debe interpretar qué subjetividades?— la autora deja ver que ha reflexionado a fondo sobre el tema, que ha escrito desde el respeto por esas realidades que no son la suya, pero que no ha dejado que ese respeto se convierta en parálisis. "Alguna gente me pregunta '¿pero conoces alguna mujer marroquí?' No. No tengo cerca nadie que arranque la fruta que luego me como. Lo he mirado desde fuera. Cada vez me interesa más la realidad social como materia prima, pero por mucho que me informe luego tengo que contar qué hace esa mujer cuando llega a su cuarto por la noche, cómo habla con sus patrones, cómo se siente cuando está atravesando la plaza para ir al mercado…".

En algún momento Moreno hace alusión al proceso que siguió para "barrer fantasmas" de la novela y le pregunto qué hay detrás de esa metáfora. "Yo puedo meterme en el terreno de Oliva con total comodidad, porque sé que todo lo que diga de ella está despojado de racismo, de condescendencia, de clasismo… pero las otras personajes son territorios que no son el mío. Afortunadamente he contado con alguna amiga escritora, que no es española y que me hizo el favor de leerse la novela para ver si había sido condescendiente, si había construido estereotipos. Ella me aportó cosas: quita esta frase o 'este personaje no tiene una camita, tiene una cama'. Los fantasmas que quería que me ayudaran a desalojar eran los de mi clase, los de mi raza y los de mi posición social". En los días posteriores al lanzamiento, está recibiendo muchas opiniones favorables sobre la construcción de estos personajes, pero intuye que eso tiene trampa. "Es que la mayoría de la gente que lee el libro son personas blancas españolas. Yo sé que puedo haber fallado y que hay una parte importante, que tiene que ver con desde dónde se mira, que no se puede solucionar".

Más allá de un relato en mi primer libro, nunca había abordado el tema de los migrantes, porque eso es lo que hacemos todo el rato, ¿no?, cerrar los ojos".

Recientemente se han publicado libros importantes de autoras latinoamericanas que visibilizaban el racismo en España, como son Huaco retrato, de Gabriela Wiener, y Ceniza en la boca, de Brenda Navarro. Autoras residentes en Madrid y que, más allá de sus libros, en presentaciones y entrevistas no dejan de señalar la discriminación que sufren por su acento, por su origen... Y se echaba en falta una prolongación de ese diálogo desde las letras españolas.

Le pregunto a Lara Moreno si cree que hay pocos personajes migrantes en nuestra literatura. "En la literatura española se han retratado las desigualdades desde siempre, pero, fíjate, que me voy casi más al Pijoaparte de Últimas tardes con Teresa. Allí se retrataba a las internas. El problema es que ahora las internas ya no son españolas. Yo, de lo que me he dado cuenta, es de que faltaban personas migrantes en mi literatura. Tengo un relato en mi primer libro, súper jovencita, que precisamente hablaba de los temporeros, de muchas mujeres del Este que vienen a Isla Cristina a trabajar en los campos, y de cómo hace muchísimos años que nuestro paisaje social había empezado a cambiar. Pero más allá de ese relato, nunca lo había abordado, porque eso es lo que hacemos todo el rato, ¿no?, cerrar los ojos".

'Toda relación de maltrato es la misma relación de maltrato'

Oliva, al contrario que Horía y Damaris, no tiene el sustento en peligro, pero su ciudad se va haciendo más pequeña, hasta verse encerrada en casa. Y sin embargo tanto ella, como sus amigos, como las instituciones, tardan en entender qué le pasa, cuál es la naturaleza exacta de su problema; y es que el problema no es de ella, sino de la persona con la que convive, aunque se materialice en su cuerpo en forma de moratones autoinfligidos. Es así como la barrera entre la violencia física y la psicológica, que debiera servirnos para establecer categorías, para comprender más y mejor, termina por convertirse en una barrera que imposibilita la solución. "Yo intento contar que toda relación de maltrato es la misma relación de maltrato. Una mujer que llega a sufrir violencia física por parte de su pareja, o que llega a ser asesinada, antes ha sufrido toda esta violencia psicológica. Siempre. Lo que pasa es que en el maltrato puedes llegar al capítulo siete, o al ocho o a… Estas relaciones funcionan con los mismos códigos que la cacería. ¿Cómo haces para que la presa no se te escape? Vas dando pasos para anularla, para someterla. A lo mejor tienes también que pegarle, a lo mejor tienes que matarla".

La clave es aprender a distinguir lo que es una relación sana de lo que no. Hace poco alguien decía que nos enseñan cómo comportarnos con los desconocidos, pero no con los conocidos"

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El lector ve cómo Oliva se va convirtiendo en una experta intérprete de signos. Poco a poco abandona todo rol social que no sea el de leer el estado emocional de su pareja. Necesita calcular cuándo puede plantearle algo, cuándo es mejor no traer amigas a casa, cuándo mejor dejar una conversación. Y sin embargo esa experiencia que acumula le sirve de poco, pues no consigue aplacar sus estallidos ni sortear los insultos. "La clave es aprender a distinguir lo que es una relación sana de lo que no. En una entrevista hace poco alguien decía que nos enseñan cómo comportarnos con los desconocidos, pero no con los conocidos. Tampoco a tratarnos con respeto. Y más allá del personaje de Oliva, podemos ampliar: ¿cómo tratamos a las personas que trabajan para nosotros?, ¿cómo nos vamos a quitar de encima el machismo, el racismo y el clasismo?".

La escritora apunta la importancia de la educación, pero también que eso no es suficiente, tiene que ir acompañada por leyes, como la del "solo sí es sí", "que hagan barrera. Porque las leyes en realidad van más rápido que la sociedad. Ayer leía en un artículo que las leyes se hacen sobre un montón de cadáveres. En muchas partes del mundo todavía es perfectamente legal que un hombre pegue su mujer. Toda esa violencia que nos sorprende cuando aflora, pero que en realidad no está tan escondida. Es algo que forma parte de nosotros y ahora estamos intentando desanudarlo".