Testimonios

Cómo el paro afecta a la salud mental: "Cada euro que gastas te genera una angustia terrible"

Tres testimonios explican cómo conviven con la precariedad y la falta de empleo, que pueden generan estrés, ansiedad e incluso depresión

Cómo el paro afecta a la salud mental: "Cada euro que gastas te genera una angustia terrible"
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Gabriel Ubieto

"Tengo 63 años y casi 40 cotizados. Estoy a puntito de caramelo [para la jubilación], pero ahora me queda lo más difícil. Porque a mi edad que te vuelvan a contratar es muy difícil". Así se presenta José, natural de Barcelona y un todoterreno laboral. A su edad no es la primera vez que ve -y sufre- los actuales niveles de inflación. La crisis del petróleo de los 80 ya lo pilló dentro del mercado de trabajo, ejerciendo en lo que aquel entonces se conocía como maestro industrial. La entrada de España al mercado común europeo y la desindustrialización que la acompañó lo desbancaron y se reinventó en la logística. Se especializó, consiguió capear la crisis del 2008 pero estalló la pandemia y "me dieron la patada", recuerda.  

José, de 63 años, lleva los dos últimos en paro. / JORDI OTIX

En los últimos dos años ha estado sin empleo, salvando un par de contratos temporales como conserje que duraron poco. “Tienes la traba de la edad. Muy buen currículo, lo tienes todo, pero aunque digan lo contrario las empresas no te llaman por la edad. No valoran la experiencia", afirma. Sentir que todavía tienes cosas que aportar y no te dan oportunidades es uno de los lamentos más repetidos entre los veteranos que han perdido su empleo en la recta final de su carrera profesional. "Impotencia", así lo define José. "No ves lo que implica estar en paro hasta que lo estás, porque antes no te dabas cuenta y pensabas ‘a mi no me va a pasar’. Al principio me sentía un extraterrestre”, añade. 

Estrés, angustia, depresión o ansiedad son algunos de los síntomas de no tener trabajo o de tener uno en malas condiciones. Desde el estallido de la pandemia el cuidado de la salud mental ha adquirido una preponderancia que hasta ahora no había tenido. La precariedad es un desencadenante y agravante de dolencias físicas que históricamente no se habían asociado a la misma. Hasta el punto de que el Ministerio de Trabajo está ultimando un informe -con expectativa de publicarlo antes de finalizar el año- sobre esa relación entre vulnerabilidad laboral y psique.  

Lorien, de 28 años y diseñadora industrial, llegó hace apenas un mes desde Venezuela con su marido, para que este cursara unas prácticas como médico traumatólogo en un reputado hospital barcelonés. Vendieron todo lo que tenían allí –"estuvimos muchos años trabajando para tener nuestra casita", rememora- para iniciar una nueva vida en la capital catalana. Lo que les dejó, al cambio, un colchón para aguantar cuatro meses con el coste de la vida en Barcelona.

Lorien, recién llegada desde Venezuela, no encuentra trabajo. / JORDI OTIX

"Cada euro que gastas te genera una angustia terrible. Mi esposo no cobra por sus prácticas, así que los dos estamos sin ingresar nada. No tenemos esa lucecita a final de mes que te permite decir ‘ya cobro y repongo lo que gasté’. Todo son gastos”, afirma la joven.

Julián, de 29 años, vino hace algo menos de un año con su esposa desde Colombia en busca de oportunidades y huyendo de amenazas de chantaje. Sin permiso de trabajo por el momento, de nada le vale su título y experiencia de ingeniero mecatrónico, una profesión demandada por las empresas. "Genera mucha impotencia. Después de haber estado formándome siete años… llegar a un país a pintar casas, a cargar escombros, a hornear pan… No tengo problema con ello, son oficios honrados, pero yo no he estudiado para eso y golpea", cuenta Julián. 

Julián, ingeniero que lleva casi un año en Barcelona, va encadenando trabajos 'en B'. / JORDI OTIX

En ‘B’ va cogiendo todos los trabajos que le salen para poder ir tirando, a la espera de poder regularizar su situación. Muchas horas, sin seguro ni garantía de que le volverán a llamar. Unas condiciones que le pasan factura, física y mentalmente. "Intento verlo como algo temporal. Es un tema de resistencia", afirma.

José, Lorien y Julián ven que el mundo sigue girando, que a sus ojos todo se mueve y que ellos se quedan quietos. "Sin hacer nada", dicen, aunque no paran en todo el día. Buscar trabajo, pese a que desde fuera es algo que pueda parecer poco exigente, es un ejercicio que consume muchísima energía. "Tienes que buscar la manera de ayudarte. No importa si es de diseñadora, de camarera, de dependienta… de lo que sea. Ir dejando y dejando currículos y que no te llamen genera mucho estrés. Mi marido va al hospital, pero yo estoy sola, sin hacer nada, y llega un punto que eso te deja como anémica", explica Lorien.  

"Cuando estás en paro los días son eternos, tienes la sensación de que el tiempo vale más que nunca y que tú no lo estás aprovechando", apunta Julián. "Trabajar te permite ser independiente. Y cuando no trabajas te conviertes en carga para otra gente. Mi primo, que nos ha acogido cuando llegamos, tengo la sensación de que dejan de hacer cosas porque estamos nosotros acá. Tienen una niña y pienso que dejan de ir al cine porque nosotros no podemos pagarlo y no quieren hacernos sentir incómodos", explica Lorien. 

Unidos por T'Acompanyem

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José, Lorien y Julián se conocieron en T’Acompanyem, una asociación con sede en la calle Biscaia de Barcelona que ayuda a personas en desempleo. Tanto a encontrar uno nuevo, como en el mientras tanto. Se explican sus penas, comparten cómo se sienten y ven que no tener trabajo no es fruto en la gran mayoría de casos de malas decisiones personales, sino de falta de oportunidades. Es una bombona de oxígeno, un salvavidas para cuando las fuerzas fallan, coinciden.

"Cuando alguien dice que ‘solo’ hay tres millones de parados se le debería de caer la cara de vergüenza. Son tres millones de personas con sus historias y muchos problemas", denuncia José, disgustado mientras escucha las historias de Lorien y Julián. Sus dos hijas también tuvieron que marcharse fuera de su país para buscarse la vida. Hoy tienen buenos empleos en Suiza. Él explica que el lunes empieza en un nuevo trabajo, como conductor para una conocida multinacional de transporte urbano. No es ni mucho menos el trabajo de su vida. “Es duro”, afirma desde el conocimiento de haber trabajado ya para otra hace años. Pero es lo que ha podido conseguir. "Con lo que pueda ahorrar al cabo de un año en vez de irme una semana a Blanes a la playa me iré a ver a mis hijas. A estas alturas lo que no quiero es ser una carga para ellas", comenta.