CRÍTICA

'El desierto blanco', de Luis López Carrasco, Premio Herralde de Novela 2023: perdidos

En esta novela sobre la distancia entre lo real y lo imaginado el autor trata de explicar el tiempo presente

El escritor Luis López Carrasco

El escritor Luis López Carrasco / Jordi Cotrina

Ricardo Baixeras

El desierto blanco, obra con la que Luis López Carrasco (Murcia, 1981) ha ganado el Premio Herralde de Novela, es un texto que, desde la primera página, sume al lector en un universo extraño, no diré distópico, y de cuyo laberinto no sale algo airoso hasta que encara la parte quinta y última del libro, La línea del horizonte. Lo que ha tratado de hacer el autor con esta ficción -palabra que aquí no es solo sinónimo de novela, sino que implica sentidos más profundos ligados a un espacio continuo de multiplicidades en red- es, diría, narrar el mundo desde una distancia sideral, desde fuera -literalmente- y tratando de aunar desde el pasado los sentidos no evidentes de un presente marcado por una serie de futuros imaginados para "sobrevivir a ciertos peligros invisibles".

La novela presenta una serie de mundos posibles, futuros y ajenos, desde los que imaginar una contemporaneidad que clausura "el presente desde un futuro aterrador". Y ese futuro se erige en el punto nuclear del libro: ¿cómo cabe imaginar no tanto lo venidero cuanto el presente desde una distancia que vendrá? ¿Qué cantidad de realidad cabe en la capacidad de imaginar lo inimaginable? ¿Hasta qué punto idealizamos el pasado? ¿Es la melancolía la piedra de toque de nuestra época?

Lo real y lo imaginado

Esta es una novela sobre la distancia entre lo real y lo imaginado que trata de explicar el tiempo presente, de ahí que el lector se tope con una serie de notas al pie en las que el narrador explica quiénes son Irene Villa y José Luis Rodríguez Zapatero, en qué consistía Guantánamo y la TDT, y qué significó la serie de Perdidos y Equipo de investigación. Y entre situaciones intensas que no pretenden resolverse (y que no desvelaré por motivos evidentes), una sensación constante de extrañeza: ¿qué se está narrando?, ¿quién está narrando? y, sobre todo, ¿desde dónde se está narrando? Como si el autor quisiera indicar que lo real absoluto demanda un distanciamiento sin paliativos para poder dar cuenta, entre "la ebriedad y el vértigo", que no hay ni principio ni final y que ningún "espacio era tan solo un espacio, sino una red…, no, no una red [...]. Cada espacio era a la vez cientos de espacios".

El desierto blanco parece una descripción exacta de las mónadas de Leibniz: figuras simples, indivisibles y autárquicas que contienen en su sencillez toda la complejidad del mundo. Sujetos independientes que no parecen determinados por la causalidad de lo que sucedió: "No había por tanto separación en mi memoria -en mi percepción- entre lo acontecido y lo imaginado, porque lo imaginado había acontecido, había sido experimentado. Mi percepción era mi memoria y mi memoria era mi percepción".

Lo que sí parece claro es que el autor ha querido ofrecer un retrato de la época actual, en la que las historias están inevitablemente interconectadas, en la que la memoria es frágil, la vida es precaria y el futuro es dependiente de una cobertura que salva vidas. Si algo queda es un fondo de esperanza melancólica al que el narrador no renuncia nunca: estamos irremediablemente perdidos, como perdidos están aquellos que compiten por un puesto de trabajo en el que está en juego la vida, como están perdidos los hermanos que se escriben cartas tratando de explicarse el uno al otro sus propios mundos, sí, perdidos, pero en "el templo de la ficción" contar lo que somos es lo que nos queda. No es poco.

'El desierto blanco'

Luis López Carrasco 

Anagrama

168 páginas

17,90 euros