ENTREVISTA

Enrique Vila-Matas: "Cuando escribo necesito distanciarme de Barcelona"

El escritor Enrique Vila Matas en su domicilio.

El escritor Enrique Vila Matas en su domicilio. / Ferran Nadeu

El escritor catalán comparte ciertas curiosidades de su extensa obra que aún se mantenían ocultas al público

9
Se lee en minutos
Mariana Sández

Tras casi cincuenta años dedicado a responder entrevistas sobre su treintena de libros, resulta difícil entrevistar a Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) sin caer en el temor a repetirse. Calma saber que es un experto en aquello de la escritura y la modificación de la repetición, concepto de Kierkegaard que ha incorporado a su obra, y que por tanto cualquier conversación con él siempre trae algo original.

Anima también conocer que, pese a su aspecto grave, más temprano que tarde aflora el humor y resulta imposible no compartirlo, tanto por las cosas que dice como porque es el primero en reírse de ellas. Así decidimos hacer un repaso un poco lúdico de todo, acaso reinventando nuestro propio repertorio.

Si hace una revisión de su obra, cuál de sus libros disfrutó más.

El que va a salir el próximo septiembre, no porque sea el último sino porque me he tomado mucho más tiempo en corregirlo. Hasta el punto de que me ha costado entregarlo, algo que no me había pasado nunca. En la revisión final, al deslizarme por lo ya escrito –lo que Alan Pauls llama "surfear"–, he ido parándome en muchos instantes y he ampliado detalles, algo insólito en mí. Me he asustado incluso con lo que introducía cuando la daba ya casi por terminada. Cuando trataba de ampliar el foco sobre ciertas escenas (cruzar, por ejemplo, una puerta ignorando lo que podía haber detrás de ella) he acabado conociendo el terror que yo mismo acababa de engendrar.

¿Y el libro que le dio más trabajo o menos placer?

Tengo un conflicto con el último publicado, Esta bruma insensata (2019), pero creo que es porque, para escribir un nuevo libro, siempre necesito entrar en conflicto con el anterior. Me ha pasado mucho en los últimos veinte años: al terminar una de esas novelas que acostumbraba a conducir a un cul de sac y ponían muy difícil la puesta en marcha de un siguiente proyecto, los amigos me preguntaban qué iba a hacer después de haber llegado a aquel callejón de salida.

Me parece haber descubierto que escribo novelas para, al final de las mismas, iniciar lo que de verdad me interesa: desarrollar una esforzada y heroica búsqueda de una salida de ellas, un nuevo objetivo, que siempre acaba siendo el mismo. En la inevitable sesión de preguntas que sigue a la presentación del nuevo libro, una señora quiso saber cuándo dejaría de escribir sobre lo mismo. "Cuando me salga bien", le dije.

El escritor Enrique Vila Matas en su domicilio.


/ Ferran Nadeu

Y el que más le preguntan.

Bartleby y compañía (2000) es un libro que está siempre ahí, cuando me citan en los lugares más insospechados, en los países menos esperados. Lo peor es que Preferiría no hacerlo se ha convertido en un cliché a veces insoportable.

Sobre el que menos le preguntan y querría que le preguntaran.

Chet Baker piensa en su arte (2011), que hace poco –en 2020– he vuelto a publicar por una editorial distinta, Wunderkammer, separado del conjunto de relatos con el que había salido antes. Trata sobre un crítico que, encerrado en un hotel, decide pasar la noche planteándose cuestiones como las que median entre la ruptura radical del Finnegans Wake de Joyce y la literatura más tradicional de Simenon. Es un libro a la altura de los que me gustan a mí. Lo he retomado de algún modo en el nuevo libro que saldrá ahora. Y, por supuesto, cuando me salga bien del todo (risas) dejaré esa obsesión.

Es del estilo de Perder teorías y Marienbad eléctrico, dos libros brevísimos pero tan repletos de reflexión literaria. ¿Son Vila-Matas concentrado?

Perder teorías (2010) también tuvo poco alcance entre los lectores, pero quienes lo leyeron profundizaron bien en él. Marienbad eléctrico (2015) se pregunta sobre qué es al final la literatura y qué alcance tiene; es mi poética reunida, pero no ha llegado mucho a los lectores. Además, es la historia de mi amistad con una artista plástica partidaria de lo que ella llama "la literatura expandida", Dominique González–Foerster, una persona enormemente creativa; nuestros intercambios siempre resultan estimulantes. Quizás esos libros no funcionaron porque son los más cerradamente literarios y no hacen ninguna concesión fuera de eso.

Un libro que volvería a escribir.

Ya he reescrito Una casa para siempre (1988), que transformé en Mac y su contratiempo (2017). Este es precisamente un libro sobre la repetición. Tomé todo el esquema de aquel libro –la biografía oblicua de un ventrílocuo– que estaba muy bien construido, pero lo dejé irreconocible. En ese el tema de la modificación en la repetición, de Kierkegaard, es central.

Es curioso que, en Wikipedia, Una casa para siempre esté explicado como "libro de relatos y novela a la vez". Y que Historia abreviada de la literatura portátil figura como "mezcla de ficción y ensayo". Ahora parece antiguo.

Lo explica muy bien Anna María Iglesia en su introducción a Ese famoso abismo (2020), el último libro de entrevistas que hice. En su momento propagué en este país lo que hoy en literatura es visto como menos chocante que entonces.

Ella comenta que durante mucho tiempo no encajé en el canon español que algunos habían confeccionado, y sin embargo nunca caí en la tentación de sucumbir a lo que otros imponían como literatura. Explica cómo hace ya trece años yo veía que el gran reto de la literatura española (y, por supuesto, el de la catalana) consistía en situarse en el mundo, mirar hacia afuera, "porque nunca le gustó estar dentro, haciendo concesiones, adaptándose, siendo el escritor que no era", dice ahí.

Después del que llama "colapso" de salud de 2006 y tras la publicación de Exploradores del abismo (2007) decía que se sentía como si se hubiera convertido en un gestor del autor que fue. ¿Sigue pensándolo?

Lo de creerme el gestor de mi obra duró muy pocos días. Terminó el día en que quedé en el bar Belvedere de Barcelona con Ricardo Piglia. Ignoraba todavía ese día que él defendía como manifestación más elevada de la autenticidad creadora aquellas obras a través de las cuales un "autor-autor" perseguía una sola e invariable gran obsesión a través de todos sus libros. No sabiendo esto, nada más llegar al Belvedere, le conté que, tras el "colapso", había iniciado una nueva vida como escritor y sentía –le dije– que era "otro".

Piglia siempre era irónico. Me habló entonces del gran Gatsby, aquel personaje de Scott Fitzgerald "que se esforzaba por cambiar su pasado". Y me preguntó si detrás de esa "historia" de mis dos vidas estaba o no la ilusión de seguir siendo yo mismo. Me sentí contrariado. ¿Acaso no me había contundentemente presentado (o re-presentado) ante él como otro? Pero comprendí rápido, vi que Piglia me recriminaba que me engañara creyéndome sumergido en la vida y obra de un escritor distinto al que había sido y seguía siendo. En otras palabras, quiso indicarme que nos damos falsos impulsos a base de historias nuevas.

¿Qué libro podría releer infinitamente?

Uno es el de Fitzgerald, El gran Gatsby, por la construcción perfecta. Suele pasarme con los diarios de Kafka, incluso lo leo, veo que ya lo había leído y me doy cuenta de que no me acordaba, además de que se renueva continuamente. Con El libro del desasosiego también me sucede. Pero, bueno, aquí la lista es interminable.

Algún libro de otros autores que le hayan impresionado últimamente y con el que se sienta identificado.

Muy recientemente, Rodrigo Fresán en Melvill. Y el chileno Alejandro Labatut en Un verdor terrible; una especie de Sebald, pero a lo bestia.

Fuera del espacio "obra", ¿cuál sería un entorno que le representa?

Una habitación única, la que hizo Dominique para mí en el Centre Pompidou de París. Incluyó en su retrospectiva (imitaba un hotel al que llamó Hotel Splendide) una habitación única de la que solo yo tenía la llave. Cuando fui, esperé a que la gente me mirara para con gran naturalidad abrir "mi habitación", entrar en ella, donde solo había una maleta roja: me dijo que había pertenecido a Marlene Dietrich. Tal vez esa "habitación única" debería haberse llamado "la habitación verdadera", en la que siempre estamos de viaje, con una maleta prestada. Es la habitación que me gustaría conocer.

Mi espacio abierto preferido es el mar, que siempre crea sensación de libertad. Solo en invierno, para que no haya mucha gente tomando la paella con la suegra"

¿Y un espacio abierto?

Frente al mar, que siempre crea cierta sensación de libertad. Solo en invierno, para que no haya mucha gente tomando paellas con la suegra y tal (se ríe). Cogiendo el tren por la Costa Azul, tienes las playas desiertas más ideales en invierno. O el lago Leman, en Suiza, en la población donde vivía Nabokov, el hotel en Montreux. El tren bordea el lago y la sensación es extraordinaria.

No hay viaje en tren en el que la ventanilla no me lleve, por un momento, a recordar la historia que se cuenta del poeta W. H. Auden, que iba cruzando en ferrocarril los Alpes junto a unos amigos y leía con atención un libro, pero sus acompañantes no dejaban de lanzar exclamaciones de éxtasis ante lo majestuoso del paisaje; durante unas décimas de segundo, despegó la vista del libro, miró por la ventanilla y regresó a su lectura diciendo: "Con una mirada alcanza y sobra".

Una ciudad.

Iba a decirte, a bote pronto, Lisboa, pero la ciudad principal es París. Como últimamente no se ha podido viajar, me doy cuenta de que es París donde sitúo las cosas, los pensamientos, donde me siento muy libre porque no es Barcelona. Lisboa también, solo que en París sé que puedo vivir, en Lisboa no lo tengo tan claro. Y luego Nueva York, que siempre me fascinó, aunque he ido pocas veces.

Barcelona me gusta mucho, pero necesito distanciarme de ella y, aunque escriba en mi casa de Barcelona, siempre lo hago distanciándome bastante de esa ciudad de mis amores y de mis horrores. Pero, vamos, como cantaba El Último de la Fila: "Que soc de Barcelona i em moro de calor".

En sus últimas notas en Café Perec, su columna de El País, se nota un deje de nostalgia por otros tiempos y otra calidad artística, disuelta en el imperio de lo breve y lo audiovisual.

Necesito escribir contra algo y ahora me concentro en la estupidez general de este tiempo que nos está tocando vivir. Pero jamás he practicado la nostalgia. Siempre, y últimamente más que nunca, siempre miro hacia delante. En cuanto a lo artístico, me parece que a estas alturas comprendo mejor cómo funciona todo y soy consciente de que se está simplificando la literatura.

Por ejemplo, quienes se ocupan de vender derechos, en las ferias, se ven obligados a resumir en cinco minutos el argumento de un libro y, como todos sabemos, no es solo una línea argumental que pueda describirse de esa forma. Es mucho más rico y complejo. Como si le hubieran preguntado a Proust: "¿De qué va su libro?". Él diría: "De los celos". Rápidamente hoy le contestarían: "Pues no, eso no interesa. No sirve para el titular de un periódico ni para resumir el libro".

'Chet Baker piensa en su arte'

Autor: Enrique Vila-Matas

Editorial: Wunderkammer

208 páginas. 9,50 euros

Noticias relacionadas