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Sabina contra su cancionero

La ternura que da la vejez le sienta bien, pero da rabia que sea siempre la misma historia

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Joaquin Sabina.

Joaquin Sabina. / EUROPA PRESS

Para que a su cancionero envejeciera menos deprisa, Sabina se tendría que haber muerto en el ictus que le dio a los 50. Afortunadamente no fue así. Pero ahora queda al descubierto que sus canciones tenían mucho de fanfarronada y menos de honda exploración en las contradicciones del amor. Es algo que pasa cuando grabas a alguien durante 13 años. Que al final la película no va tanto de lo que dice esa persona, como del paso del tiempo y de lo que este revela. Ese es el tema de Sintiéndolo mucho, el documental que Fernando León ha rodado sobre Sabina. Y más concretamente: la forma en la que Sabina quedó brutalmente escindido de su personaje, que desde entonces vaga por inercia en escenarios y entrevistas, cada vez más desganado y menos creíble; mientras él, el Sabina real, dice que desde que no se droga y vive felizmente con Jimena ya no le salen canciones. Es decir, que no ha sabido componer una canción que hablara del tipo de amor que vive actualmente, más de juntar para mañana y de que elijan tu champú que de morir matando y matar muriendo.

A los seis años, para que no vomitara en el coche, mis padres me endilgaban siempre una Biodramina. Pero en un viaje por la ruta del Maestrazgo nos quedamos sin, y yo me puse tan blanco que nadie sabía qué hacer con el niño, si tirar para adelante o para atrás, hasta que en el casete rompieron a sonar unas divertidas trompetillas y un señor mientras un señor cantaba, una y otra vez, que era un gilipollas, ¡la palabra que yo tenía prohibida!, y me dio tanta risa que de golpe se me olvidó el mareo. La canción era «Marieta», de la Mandrágora: la cantaba Javier Krahe y acompañaban Sabina y Alberto Pérez. Mis padres pusieron en un lado de la balanza el decoro y en el otro salvar la tapicería del Renault, y ganó la tapicería, así que accedieron a poner la cinta en bucle hasta que encontráramos una farmacia. El siguiente impacto fue escuchar a Sabina en Adivina adivinanza hablar de «una teta disecada» y del «coño de la Bernarda». Yo creo que ahí mi madre, que aún hoy me corrige y sigue erigiéndose en guardiana de mi decoro verbal, debió de pensar que habría sido mejor sacrificar la tapicería, pero no dijo nada. No creo que sorprenda a nadie que un niño se enganchara a las canciones de Sabina por la vía de la procacidad.

Al año siguiente cayó en mis manos La del pirata cojo, de la que no entendía ni torta, pero ni falta que hacía porque hablaba de piratas. Tan poco la entendía que donde Sabina cantaba “de un barco que tuviera por bandera un par de tibias y una calavera”, yo entendía “un par de tías y una calavera”. Un equívoco, para lo que nos ocupa, nada inocente.

Ya en la adolescencia descubrí la canciones que me ayudaron a forjar un ideal donjuanesco y bohemio, en el que las mujeres, que tenían todas la falda demasiado larga o demasiado corta, se medían en conquistas y las putas eran un derecho sentimental del hombre despechado. Salvo en Rebajas de enero, para Sabina, y un poco para mí, las relaciones eran de pareja eran el peaje que había que pagar por las noches de pasión. Con mi novia Laura, con quien compartí los primeros años de universidad, escuchábamos una y otra vez Y sin embargo y Contigo y recuerdo que, aunque gozábamos con sus paradojas, ya empezábamos a tener problemas con algunas cosas, porque juntos estábamos descubriendo el encanto de los domingos por la tarde y porque no veíamos cómo querernos sin eso de besar la cicatriz del otro, que a los 20 ya empezábamos a tener alguna.

Me cae razonablemente bien el Sabina que aparece en Sintiéndolo mucho. Tiene el narcisismo y el infantilismo de la mayoría de los artistas de éxito, pero se le ve más tierno y entregado, reconciliado con su vulnerabilidad y sin tapujos para mostrarla. Desde luego me cae mucho mejor de lo que intuyo que me habría caído el anterior, si León de Aranoa lo hubiera filmado. De hecho, en una escena en la que Sabina lee después de un concierto la elogiosa carta que le ha arrojado una fan, él dice algo así como «si supiera que soy un miserable». Y él se ríe, pero uno intuye que es verdad.

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Aunque salga siempre al fondo, Jimena Coronado, su pareja desde hace más de veinte años, es el personaje clave del documental. Ella aparecía ya en “Aves de paso”, esa canción en la que Sabina incluye su nombre entre los “pañuelos curafracasos”, lo que, como él mismo ha contado “casi me cuesta un divorcio”. Dios mío, ¿¿y cómo no?? Ahora es su sombra: Jime esto, Jime lo otro, el cantante la necesita para que le cierre el grifo de la ducha, le calme el pánico antes de salir a escena y, básicamente, recoja sus pedacitos cada vez que se rompe. En definitiva, para que le bese la cicatriz y le haga todo aquello que antaño cantó que le sobraba. Antes que una pasión fatal, esas escenas revelan un vínculo basado en los cuidados, que tiene más de amistad que de ardoroso frenesí; un vínculo al que el artista, en los últimos años, no ha sabido, o no ha querido cantarle. Y que él no da muestras de saber ofrecer de vuelta.

Yo no quiero cancelar a Sabina ni sus canciones, que muchas me siguen gustando. A mí me ha bastado con cancelar la parte de mí que construyeron algunas de ellas. Y después de unos años, en los que fruto de ese proceso, le he cogido manía a Sabina, me alegra haberme reconciliado con él un poquito en el documental. La ternura que da la vejez le sienta bien, pero da rabia que sea siempre la misma historia, que los canallas se vuelvan tipos majos solo cuando ya no pueden permitirse ser otra cosa.

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