Del 5 al 9 de octubre. Semana Internacional del Plasma
El viaje del plasma: de una donación a un tratamiento esencial
Está presente en nuestra sangre, supone más de la mitad de su volumen y es la materia prima de medicamentos que necesitan miles de pacientes. Sin embargo, el plasma continúa siendo un gran desconocido. Su recorrido, desde el brazo de un donante hasta convertirse en un tratamiento, puede durar más de un año y ayuda a entender por qué garantizar su disponibilidad se convierte en un reto sanitario.
Del 5 al 9 de octubre. Semana Internacional del Plasma
El viaje del plasma: de una donación a un tratamiento esencial
Está presente en nuestra sangre, supone más de la mitad de su volumen y es la materia prima de medicamentos que necesitan miles de pacientes. Sin embargo, el plasma continúa siendo un gran desconocido. Su recorrido, desde el brazo de un donante hasta convertirse en un tratamiento, puede durar más de un año y ayuda a entender por qué garantizar su disponibilidad se convierte en un reto sanitario.
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Cuando pensamos en donar sangre, la imagen resulta familiar: una bolsa, una aguja y unos minutos de nuestro tiempo. Lo que ocurre después es mucho menos conocido. Dentro de esa sangre circula un líquido amarillento que representa aproximadamente el 55% de su volumen y que contiene proteínas fundamentales para el organismo. Es el plasma. Anticuerpos, factores relacionados con la coagulación y otras proteínas esenciales forman parte de él. Para la mayoría de las personas pasan inadvertidos. Para otras puede marcar la diferencia entre convivir con una enfermedad bajo control o sufrir infecciones graves, hemorragias y otras complicaciones.
El plasma es, además, el punto de partida de una cadena compleja. A diferencia de muchos medicamentos que pueden producirse mediante procesos químicos o biotecnológicos, determinados tratamientos derivados del plasma tienen un origen exclusivamente humano. Su materia prima procede de las donaciones. Y es aquí donde comienza un viaje que puede superar los doce meses.
Del donante a la fábrica
Tras la donación, el plasma entra en un proceso industrial altamente especializado. Primero debe ser analizado y sometido a estrictos controles. Después comienza el llamado fraccionamiento, mediante el cual se separan y purifican las distintas proteínas presentes en el plasma. De una misma materia prima pueden obtenerse medicamentos diferentes. Entre ellos se encuentran las inmunoglobulinas, la albúmina, el fibrinógeno o la antitrombina, cada uno destinado a necesidades clínicas distintas. Pero el proceso no es inmediato… desde que una persona dona hasta que un medicamento derivado del plasma está disponible para un paciente pueden pasar más de doce meses. La explicación está en la propia naturaleza de estos tratamientos. La fabricación requiere múltiples etapas de procesamiento, purificación y control destinadas a garantizar la calidad y la seguridad del producto final. Y, a diferencia de otros medicamentos, producir más no consiste simplemente en poner en marcha otra línea de fabricación: para aumentar la disponibilidad es necesario disponer primero de más plasma humano. Por eso, detrás de cada frasco de medicamento existe una cadena que comienza necesariamente con una donación.
La plasmaféresis es el procedimiento utilizado para la obtención de plasma que permite separar este componente de la sangre y devolver al donante el resto de los elementos sanguíneos, como los glóbulos rojos y las plaquetas. A diferencia de la donación convencional de sangre, este proceso está específicamente diseñado para la recogida de plasma y permite obtener mayores volúmenes en cada donación.
Pacientes que dependen del plasma
Al final de ese recorrido hay personas con enfermedades muy diferentes. Los medicamentos derivados del plasma se utilizan, entre otros casos, para tratar inmunodeficiencias primarias, un amplio grupo de enfermedades hereditarias que afectan al sistema inmunitario. Cuando este no funciona correctamente, el organismo tiene más dificultades para defenderse de virus, bacterias y otros agentes infecciosos.
También tienen un papel creciente en las denominadas inmunodeficiencias secundarias. En algunos pacientes con enfermedades hematológicas u oncológicas, por ejemplo, la propia enfermedad o determinados tratamientos pueden debilitar las defensas. Las inmunoglobulinas permiten entonces reducir el riesgo de infecciones graves. El plasma también está detrás de tratamientos utilizados frente a determinadas enfermedades raras. Es el caso del déficit de alfa-1 antitripsina, una alteración genética que puede producir daños progresivos en los pulmones y el hígado. Pero su utilidad no se limita a enfermedades crónicas. La albúmina puede emplearse en pacientes con determinadas situaciones de shock o con complicaciones asociadas a la cirrosis hepática. El fibrinógeno ayuda a controlar hemorragias y puede resultar necesario en determinados procedimientos quirúrgicos. La antitrombina, por su parte, se utiliza para prevenir o tratar episodios trombóticos en pacientes con ciertos déficits.
"Nos gustaría que la sociedad comprendiese que hay fármacos que solo se pueden obtener de plasma de donantes y que miles de personas dependemos de ellos, de forma periódica y durante toda la vida, lo que requiere una gran cantidad de donaciones. En España existe una fuerte cultura de donación de órganos y de sangre, pero la donación de plasma sigue siendo mucho menos conocida"
Mariano Pastor Sanz, presidente de la Asociación Alfa-1 España.
Son ejemplos de una característica que explica buena parte de la importancia sanitaria del plasma: en muchos casos estos medicamentos no tienen una alternativa terapéutica equivalente. Además, para numerosos pacientes no se trata de tratamientos puntuales. Algunas personas necesitan recibirlos periódicamente durante años o incluso durante toda su vida.
Una demanda en aumento
Ese carácter esencial coincide con otro fenómeno: cada vez se necesitan más medicamentos derivados del plasma. En España, el consumo hospitalario de inmunoglobulinas pasó de 6,2 millones de gramos en 2023 a 7,5 millones en 2025. Es un incremento acumulado del 21% en apenas dos años. La perspectiva de una década permite apreciar todavía mejor el cambio. Entre 2015 y 2025, la demanda de inmunoglobulinas aumentó un 114%, según los datos del Ministerio de Sanidad. Y no existe una sola causa detrás de este crecimiento, pero se apunta a que la población va envejeciendo.
También sobreviven durante más tiempo pacientes con enfermedades hematológicas y oncológicas. Es una excelente noticia desde el punto de vista médico, pero implica que algunas personas viven durante más años con alteraciones de su sistema inmunitario y pueden necesitar terapia con inmunoglobulinas. A ello se suman nuevas indicaciones terapéuticas, el desarrollo de tratamientos personalizados y avances en ámbitos como el cribado genético. El resultado es una tendencia estructural: todo apunta a que la necesidad de plasma y de sus medicamentos derivados continuará siendo elevada.
El reto español (Y europeo)
Aquí aparece una de las principales dificultades. Mientras la demanda crece, la oferta no avanza al mismo ritmo: la autosuficiencia española en inmunoglobulinas se situó alrededor del 26% en 2025, frente al 29% del año anterior. Dicho de otra manera, España necesita recurrir de forma importante a plasma procedente de otros países para cubrir sus necesidades. Cerca del 70% del plasma necesario para los medicamentos plasmáticos más utilizados, las inmunoglobulinas, procede de fuera de España.
La distancia hasta una hipotética autosuficiencia es considerable: la brecha estimada supera actualmente los 1,5 millones de litros de plasma. Y el problema no es exclusivamente español. Europa también mantiene una dependencia estructural del exterior. Se estima que aproximadamente un 37% del plasma utilizado para fabricar medicamentos en el continente procede de Estados Unidos. Esta dependencia convierte el plasma en algo más que una cuestión relacionada con la donación. Es también un recurso estratégico para los sistemas sanitarios.
Disponer de un suministro suficientemente estable permite garantizar la continuidad de tratamientos de pacientes que, en algunos casos, no cuentan con otras opciones terapéuticas.
El gran desconocido de la sangre
Existe, sin embargo, una paradoja. Cuanto mayor es la importancia sanitaria del plasma, menor parece ser su presencia en el imaginario colectivo. Una encuesta reciente de Grifols elaborada por Kantar señala que el 42% de la población española desconoce que a partir del plasma se fabrican medicamentos esenciales. Además, un 16% afirma directamente no saber qué es el plasma sanguíneo. Quizá parte de esa falta de conocimiento tenga que ver con que su recorrido ocurre lejos de la vista del ciudadano. Entre el momento de la donación y el tratamiento que recibe un paciente pueden transcurrir muchos meses. En medio hay centros de donación, análisis, plantas industriales, procesos de separación de proteínas, controles de calidad, hospitales y profesionales sanitarios. Y el donante y el paciente probablemente nunca se conocerán.
Una manera sencilla de entender el plasma consiste en dejar de verlo únicamente como uno de los componentes de la sangre y pensar en él como un depósito natural de proteínas. De ese líquido amarillo pueden aislarse sustancias que nuestro organismo utiliza para defenderse de infecciones, controlar hemorragias o mantener funciones esenciales.
El viaje
Para una persona sana esas proteínas forman parte de un mecanismo que funciona de manera prácticamente invisible. Para alguien cuyo organismo no consigue producirlas en cantidad suficiente, pueden convertirse en un medicamento. Ese es, en esencia, el viaje del plasma.
Comienza con un gesto relativamente sencillo y termina, muchos meses después, en un hospital, una consulta o el domicilio de una persona que necesita ese tratamiento para mantener su enfermedad controlada y continuar con su vida. La complejidad está en todo lo que sucede entre ambos extremos. Y comprender ese recorrido ayuda también a entender por qué el plasma se ha convertido en un recurso sanitario cada vez más necesario y, al mismo tiempo, todavía demasiado desconocido.