El figura que retrató como nadie la España del pelotazo

Blas Marín, pintor de brocha gorda y artista, se fotografió durante años con políticos y artistas, deportistas y toreros, músicos y presentadores de TV. Sus álbumes son ahora un retrato único de una época. Siempre vestido de blanco, con el pelo cardado, anillos de oro y cubierto con un abrigo de pieles, Marín (1944-2010) parecía a menudo más importante que sus famosos.

Blas Marín era un figura. A poca gente le cae tan bien la definición de la RAE. “Persona que sobresale o se distingue entre otras”. Porque si algo buscó siempre fue destacar. “Mi padre llegaba al Camp Nou regalando puros y jamás le pedían el abono. Yo iba detrás y siempre tenía que enseñarlo, pero él se colaba hasta donde quisiera”, recuerda su hijo, Rafael. Porque Blas Marín (Úbeda 1944-Barcelona 2010) fue un vividor que ha dejado un legado único: decenas y decenas de álbumes de fotos en los que retrata como nadie la España del pelotazo y la Barcelona Olímpica. Blas sale con todos ellos: políticos, deportistas, artistas, escritores, toreros… Y lo más interesante es que a menudo la estrella es él. Hay quien ve a Blas y ve un cazaautógrafos más. Se equivoca. Blas tiene una historia.

“Mi padre nació en Úbeda. Mi madre también. Ella estaba casada con un marido que le pegaba y un día escapó. Blas se fue detrás de ella por amor”, cuenta Rafael ante un café. Después de pasar por Francia, Madrid y Valencia, la pareja se estableció en Barcelona, en el barrio de Les Corts, en un pisito a la espalda del Camp Nou. A finales de los 60 eran dos inmigrantes más en el aluvión que llegaba a Barcelona.

Blas se hizo pintor. Pintor de brocha gorda. Aunque rara vez se le vio dando pasadas con el rodillo. “Mi padre siempre era el jefe. Él formaba la cuadrilla y negociaba los presupuestos y los contratos, pero llegaba y dejaba allí a la gente pintando y se iba”.

Las galerías de arte lo contrataban para pintar las paredes después de una exposición. Había que eliminar las marcas de los cuadros. Ahí conoció a galeristas, pintores… y se dio a la noche. “Mi madre se quedó en casa, pero mi padre se hizo a la ciudad. Empezó a conocer gente famosa y a salir y a volver tarde”.

Cobijado por la noche, Blas fue adoptando su estética única. Siempre iba de blanco impoluto, como un pintor, aunque rara vez iba salpicado de restos de pintura. Cuando hacía frío se ponía encima un abrigo de pieles. Llevaba colgantes de oro y gruesos anillos dorados. Se cardaba el pelo. “A él le gustaba destacar, no ser uno más, y le sobraba personalidad”.

En 1987, cuando su hijo se sacó el carné de conducir al cumplir los 18 años, Blas le regaló un Mercedes 190. El padre no sabía conducir pero ese sería su medio de transporte en el trabajo. Le puso una baca y allí llevaba las escaleras y los utensilios para pintar. “Cuando llegábamos a las casas a pintar, la gente se asustaba. Veía a mi padre en un Mercedes y lleno de oro y se preguntaba cuánto le iba a cobrar”. La escena que cuenta Rafael es propia de ‘Esta casa es una ruina’, cuando los contratistas iban con Ferrari. “Hoy ya nadie pinta su piso. Cuando la gente ahorra unos euros se va de viaje”, lamenta Rafael.

Fue por aquella época, o poco después, cuando Blas comenzó con su obsesión: conseguir fotos y autógrafos de todos los famosos posibles. Pero no lo hizo de forma esporádica. Se convirtió en su dedicación. “En las fotos se ve que siempre llevaba plumas en el bolsillo de la camisa blanca. También llevaba puros. Iba regalando puros para que le abriera puertas y conseguir autógrafos”.

Con una cámara buscaba a alguien que pasara por allí y le hiciera la foto junto al famoso. En una página del álbum lograba la dedicatoria y días después tras revelar la foto, la pegaba al lado del famoso. Eso fue a principios de los 90. Los encuadernaba en unos álbumes con unas letras doradas grabadas en la portada: B. M. C. Blas Marín Campos.

Los álbumes son hipnóticos. Allí está todo el mundo. Todos los años 90, toda la España del pelotazo se fotografió con Blas Marín. Están Ruiz Mateos y Jesús Gil, pero también Xavier Sardá y Marlène Morreau, Rappel y Llongueras, Mariscal y Aute, Pujol y Maragall, Josep Lluis Núñez y Jesulín de Ubrique, Regina dos Santos y Sonia Monroy, Mijatovic y Roberto Carlos, Camilo José Cela y José Feliciano, Miguel Durán y Duran Lleida, Pep Guardiola y Stoichkov, Fernando Fernán Gómez y el señor Galindo, Albert Pla y Kiko Veneno

Hay fotos que dan pistas sobre la época. Cuando Blas se acerca a Aznar, Vidal Quadras se hace un hueco entre ellos para asomar en la foto. Sale Julio Anguita sin traje y Felipe González con una chaqueta de esas de sport que usaba en los mítines.

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Es imposible al pasar los álbumes, de los que hay decenas, no ir recordando aquellos años de televisiones excesivas, escándalos de corrupción, millonarios estrafalarios y dinero. Marín no le hacía ascos a nadie famoso. Se colaba en el Liceu y se fotografiaba con directores de orquesta rusos que pocos autógrafos habían firmado en su vida.

Con el paso del tiempo da la impresión de que el personaje es más Marín que el famoso. Blas se gusta al posar. Cruza los brazos sobre su abrigo de pieles o abraza a la celebridad de turno. “Le llamaban de los hoteles cuando había alguien famoso porque conocía a los recepcionistas, o regalaba un puro y se colaba en todas partes. A veces era por la noche y volvía a casa a las tres o las cuatro de la mañana y se levantaba pues a saber a qué hora”, recuerda su hijo.

Sobre Blas circulan historias que merecen ser ciertas, como aquella de que Woody Allen en Barcelona estuvo con Blas pero después no quiso recibir al alcalde. O que comió un plato de pasta con Freddie Mercury una vez que el cantante de Queen había pedido que nadie le molestara. Son escenas que lo sitúan en la estela de otro ilustre caradura barcelonés como 'El gran Vázquez'.

Los álbumes sueltan pelotitas de plástico negro al leerlos. Es la cubierta que se desintegra. Están ya gastados y han seguido su propio periplo. Blas Marín murió en 2010 sin decirle la verdad ni al médico. “Le diagnosticaron un cáncer y sobrevivió a la primera operación y bien. Pero seguía viviendo a 200. Íbamos al médico y le decía que se iba a cuidar pero a la salida ya me llevaba a comer y empezaba a beber vino. Comió, bebió y fumó siempre muy bien. Vivió a 200”.

El piso de 50 metros que dejaba en herencia estaba lleno de cosas: antigüedades, arte, cuadros, cachivaches varios y álbumes. Su hijo, que necesitaba dinero para cuidar a su madre ya enferma de alzhéimer, vendió lo que pudo.

Un anticuario amigo y vecino del barrio vio los álbumes e hizo una oferta. Así se dispersó gran parte del legado. Esos álbumes fueron después a manos de Jordi Baron, un especialista en colecciones de fotos. “Estas cosas nos interesan a ti, a mí y a gente un poco rara”, bromea. Él compró, por ejemplo, una caja con carretes de fotos de un soldado desconocido de la Guerra Civil. Ahora unos amigos han abierto una cuenta en instagram donde de vez en cuando, y sin ninguna prisa ni método, van digitalizando las fotos de Blas.

Cuentan que la segunda muerte de una persona se produce cuando fallecen todos los que lo conocieron. En el caso de Blas, si se extiende a sus álbumes de fotos, queda bastante para eso.

El Periódico de España


Texto: Rafael Méndez
Diseño: Nacho García