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Ciencia y sociedad

El invierno extremo de 2026: el calentamiento global reorganiza el frío y lo vuelve más peligroso, según un informe

El científico Fernando Valladares y su equipo advierten que el cambio climático no elimina el frío, sino que lo intensifica y lo desplaza, causando fenómenos meteorológicos extremos como los de 2026

Al menos 30 muertos por las fuertes nevadas en Japón en las últimas dos semanas

Al menos 30 muertos por las fuertes nevadas en Japón en las últimas dos semanas / EFE/EPA/JIJI PRESS

Alejandro Sacristán.

Madrid

Enero de 2026 dejó nieve histórica en Estados Unidos, lluvias devastadoras y vientos huracanados en España y Portugal. ¿No se suponía que el planeta se estaba calentando? Un informe coordinado por el científico Fernando Valladares responde: el calentamiento global no elimina el frío extremo, lo reorganiza, lo desplaza y lo vuelve más destructivo.

Fernando Valladares, científico del CSIC, ha realizado un informe que llama a la acción y que pretende responder a esta pregunta: “¿tantas tormentas intensas son normales? No ¿Tiene que ver el cambio climático? Sí, pero no es tan sencillo...”

El documento elaborado por La Salud de la Humanidad y dirigido por Valladares muestra cómo un planeta más cálido puede producir inviernos puntualmente más fríos o lluviosos, más extremos y socialmente devastadores, como el vivido en enero de 2026 a ambos lados del Atlántico. El calor que trae frío.

En enero de 2026, una potente tormenta invernal en Estados Unidos y la borrasca Kristin en Europa colapsaron simultáneamente infraestructuras, movilidad y servicios básicos. El sur de EE. UU. sufrió lluvia engelante (lluvia gélida), aguanieve y más de 30 cm de nieve en el Medio Oeste, mientras que Portugal y España registraron rachas de viento de hasta 140 km/h, inundaciones en cuencas como Jaén y Málaga y nieve en cotas inusualmente bajas.

Lo que debes saber: la paradoja del invierno de 2026

  • Colapso de las redes eléctricas: Las líneas de energía resultaron incapaces de soportar el peso de la carga de hielo, lo que dejó a más de 800.000 hogares sin luz en Portugal y a cientos de miles más en el sur de EE. UU. Las fuentes consultadas en el Informe destacan que la lluvia engelante y la aguanieve son mucho más destructivas para la infraestructura eléctrica que la nieve seca convencional.
  • Saturación del drenaje y encauzamientos: Los sistemas de drenaje y contención de cauces se vieron superados por lluvias torrenciales, lo que provocó una erosión crítica de los suelos y desbordamientos peligrosos de ríos en provincias españolas como Jaén y Málaga. De igual manera, el riesgo de desborde de balsas de residuos mineros en Sevilla y Cádiz durante las intensas lluvias de enero y primeros días de febrero expone una vulnerabilidad crítica: instalaciones mineras también obsoletas, sin adaptación a tormentas de mayor envergadura, que podrían liberar contaminación masiva sobre ecosistemas y comunidades.
  • Parálisis del transporte y movilidad: Se produjo un cierre masivo de carreteras y la suspensión de servicios educativos a lo largo de la Península Ibérica. El sistema de transporte colapsó especialmente en zonas no habituadas a este tipo de meteorología extrema, lo que evidenció una grave falta de preparación ante cambios repentinos.
  • Daños por escombros y caída de árboles: La violencia de las tormentas provocó la caída de árboles y la generación de escombros que causaron daños materiales severos y fatalidades tanto en entornos urbanos como rurales.
  • Impacto ferroviario: En España, los ejemplos son particularmente aleccionadores. El accidente ferroviario en Rodalías con un maquinista fallecido, precipitado por el derrumbe de un muro durante la borrasca Kristin, y el incidente de Ademuz -atribuido, en parte, a fatiga de materiales y mantenimiento inadecuado frente a las nuevas condiciones climáticas extremas- revelan cómo la infraestructura ferroviaria, diseñada para un clima más estable, se desmorona bajo estrés inédito.
La paradoja del invierno de 2026 explicada gráficamente.

La paradoja del invierno de 2026 explicada gráficamente. / IA/T21

Calor global, frío extremo local

El informe explica que estos episodios no contradicen el calentamiento global, sino que lo expresan: un planeta más cálido altera la atmósfera, vuelve más ondulada la corriente de chorro ártica (Jet Stream) y facilita irrupciones de aire ártico hacia latitudes templadas. El rápido calentamiento del Ártico desestabiliza el vórtice polar estratosférico, que pasa de un estado estable, donde confina el aire frío, a uno dislocado que derrama masas gélidas hacia el sur. Valladares remacha “Es fácil confundir el clima local con el calentamiento global. Sin embargo, el frío extremo de 2026 no refuta el cambio climático; es un síntoma de su mecánica”.

Océanos más cálidos, especialmente en el Golfo de México y el Atlántico, aportan más vapor de agua a una atmósfera también más cálida, que puede retener mayor humedad. Cuando esa humedad tropical choca con aire ártico desplazado por la ondulación dislocada de la corriente de chorro polar, se desencadenan nevadas récord, hielo y tormentas intensas encapsuladas en una cadena: calentamiento del Ártico → vórtice polar dislocado → corriente de chorro ondulada → inyección de humedad oceánica → evento extremo 2026.

De la nieve a la lluvia engelante: un nuevo riesgo

Aunque la cantidad total de nieve tiende a disminuir globalmente, las tormentas individuales se vuelven menos frecuentes, pero más feroces, en un contexto de creciente volatilidad. Un ambiente más cálido transforma buena parte de la nieve en lluvia engelante y aguanieve, formas de precipitación especialmente dañinas para redes eléctricas y transporte, como evidencian los masivos cortes de energía y colapso de carreteras observados en Portugal, España y el sur de EE. UU.

Las tormentas de 2026 exponen que seguimos confiando en infraestructuras del siglo XX para un clima del siglo XXI: redes eléctricas frágiles al hielo, drenajes urbanos saturados por lluvias torrenciales y sistemas de transporte no diseñados para estos extremos. El informe insiste en que la reparación reactiva, tras cada desastre, se ha vuelto económicamente insostenible y exige una transformación estructural.

Adaptación, resiliencia y ciencia

Como respuesta, el informe plantea una agenda de adaptación: restaurar humedales y bosques de ribera, rediseñar ciudades con suelos permeables y drenaje sostenible, mejorar la eficiencia energética y desplegar mejores sistemas de alerta temprana. A escala doméstica, propone reforzar el aislamiento térmico, preparar kits de emergencia de 72 horas, conocer los planes locales de respuesta y reducir la huella de carbono mediante una movilidad más responsable.

El informe subraya que no se puede gestionar lo que no se mide, y que la capacidad de anticipar eventos como Kristin depende de modelos robustos y centros de investigación como el NCAR. Los recortes de financiación y la presión política sobre la ciencia climática son descritos como una amenaza directa a la seguridad humana, al debilitar nuestra primera línea de defensa frente a la inestabilidad climática.

De la excepción a la nueva normalidad

La gran lección del invierno 2026 es que el calentamiento global no es un proceso lineal ni suave, sino un motor de extremos que convierte el “invierno loco” en una nueva normalidad volátil, que desequilibra y rompe el sistema climático, nos sitúa frente a un nuevo clima “caótico y loco”.

Frente a ello, la resiliencia debe dejar de ser un eslogan y convertirse en estándar: invertir en adaptación, ciencia y cooperación internacional ya no es opcional, sino la condición mínima para proteger nuestra economía, nuestra infraestructura y, en última instancia, nuestra salud como humanidad.